La primera vez que escuché hablar sobre el ciclo de la vida me pareció una idea muy simple: “Naces, creces, te reproduces y mueres”. Yo era un niño que soñaba con convertirme en un arqueólogo como cualquier otro niño después de ver una película de Indiana Jones.

Al terminar la universidad me había convertido en un estudiante inconforme e idealista. Discutía constantemente con mis padres y amigos, exponiendo mis ideas sobre las injusticias del sistema capitalista, aunque fueran ideas que probablemente habrían hecho que Marx se revolcara en su tumba. Se piensa que a esa edad es un comportamiento bastante común, citando a Salvador Allende “Ser joven y no ser revolucionario, es una contradicción hasta biológica”.

Pero hoy, después de haber sido obligado a tragarme mis discursos y a renunciar a mis sueños infantiles, podría pensar que todo lo que me enseñaron alguna vez sobre el ciclo de la vida estaba mal, pues nuestra sociedad parece haberlo distorsionado en un nuevo esquema: “Naces, creces, eres godínez, mueres”. Siendo así, también parece válido extender el planteamiento de Allende y afirmar que “dejar de ser tan joven y no convertirte en un godínez, es también una contradicción biológica”, aunque al salir a la calle es fácil ver que esta realidad pertenece únicamente a un grupo reducido de personas que hemos contado mejor suerte que los demás.

Nunca me había quedado tan claro cómo fue que Gregorio Samsa se había podido convertir en un insecto de la noche a la mañana en La Metamorfosis de Kafka, hasta que desperté una vez después de un día muy largo en la oficina y noté que tenía una segunda piel sobre mi cuerpo; me cubrían algunas migajas y manchas de café, tenía un apéndice extraño que colgaba de mi cuello: me había convertido en un godínez mientras dormía. Sin embargo, a diferencia de Samsa, mi metamorfosis era más psicológica que física: depresión, frustración, enojo… era un autómata sin ilusiones. Como dato curioso, he leído que Kafka también tenía problemas para soportar su empleo como abogado, una profesión que se vio obligado a estudiar por la presión que ejercía su padre sobre él.

Como podrían imaginarlo, tuve que salir a buscar trabajo cuando la diferencia entre ideologías comenzó a amenazar la relación que tenía con mis padres; yo necesitaba un poco de tiempo para seguir mi propio camino, mientras que para ellos ya era el momento de que comenzara a comportarme como un adulto y debía seguir sus pasos.

Hace unos días hablé con una amiga sobre los motivos que podría tener una persona para cambiar sus ideales por una vida en la oficina de forma permanente. Para ella lo principal es la incertidumbre: mientras que no existe garantía de que nuestros sueños resulten como esperábamos, un empleo formal te da cierta estabilidad en el futuro y la posibilidad de responder cuando alguien cercano a ti lo necesita. Así es como algunos papás punks han terminado vendiéndose al sistema, cediendo ante la tiranía del amor que sienten por sus hijos. Fue cuando comprendí que mis papás valoraban tanto  este estilo de vida por lo que habían podido ofrecerme a mí y a mis hermanos a través de él.

Entonces, ¿qué nos queda por hacer cuando ha llegado el momento de convertirnos en godínez? La conclusión de aquella plática puede resumirse en una frase que, a pesar de ser un poco deprimente, tiene cierto toque de ironía: “No renuncias a tus sueños, solo bajas tus expectativas”. Con estas palabras, mi amiga trataba de decirme que se puede hacer algo por la sociedad sin sacrificar la estabilidad de trabajar para una empresa, mediante pequeñas acciones en lugar de grandes proyectos.

Pero cada persona enfrenta esta fase de su vida de una forma diferente. Por ejemplo, hay quienes dicen que la literatura de Kafka está influenciada por la insatisfacción que sentía con ciertos aspectos de su vida y de la relación que mantenía con su padre. Por mi parte, después de haber disfrutado ciertos aspectos de esta etapa –para ser honesto-, decidí ahorrar suficiente dinero para poder renunciar a mi trabajo y volver sobre mis pasos.

Anónimo.