¿Todos somos Tajamar?

“A ver, ¿qué es un manglar? A mí me suena como a mango. Y ¿¡por qué debería de importarme si yo vivo en Cuernavaca!?”, sostenía una amiga mientras discutíamos sobre lo sucedido recientemente en Tajamar…

De acuerdo al Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), los manglares son “bosques pantanosos que viven donde se mezcla el agua dulce de río con la salada del mar”. Dada esta particularidad de convergencia hídrica, los manglares son hábitat de especies permanentes y temporales como erizos, aves, bejucos, etc., y reciben este nombre por la predominancia de la especie vegetal mangle, es decir, ese árbol que se ve con las raíces en el agua y a la vez en el aire.

Asimismo, son fuente de nutrientes para otros ecosistemas como pastos marinos y arrecifes de coral. También se ha estudiado la capacidad de protección que éstos tienen, ya que fungen como barrera natural que contiene la erosión (desgaste natural o provocado del suelo) y fenómenos meteorológicos como ciclones, inundaciones y tsunamis. De hecho, hay un reporte del PNUMA que evidencia cómo ciertos manglares redujeron el impacto del tsunami sobre la costa india en 2004.

Los manglares además actúan como filtros biológicos mejorando la calidad del agua y contribuyen a mantener los sistemas acuáticos y terrestres estables ante cambios en el nivel del mar, previniendo así la formación de suelos ácidos. Sin embargo, la característica más importante para el hombre es que los manglares representan una zona de crianza de ciertas especies comerciales como mojarras, bagre, camarones y cangrejos. Cabe destacar que México es uno de los principales exportadores de camarón, pese a la crisis de crianza de hace dos años.

Afectar a los manglares, por lo tanto, no sólo significa provocar una repercusión negativa a nivel ecosistema sino también a nivel económico para nuestro país. Por lo que si bien es cierto que los manglares son importantes, cualquier falta de respeto hacia la naturaleza es igual de relevante. Nos debe de importar un manglar igual que una laguna, un río, etc.

Aquí cabe destacar que todavía nos cuesta entender que el deterioro ambiental en una zona tiene efectos inmediatos a nivel local y a largo plazo –a veces no tan largo– a nivel global porque entendemos al ambiente como propiedad privada cuando se trata de explotarlo y como propiedad pública cuando se trata de destruirlo y contaminarlo, como dijo Garrett Hardin en “The Tragedy of the Commons”.

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¿Por qué deberían de importarnos los manglares?

Pero, aún con todo este choro de niña con camisa verde sobre la importancia de los manglares ¿por qué deberían de importarnos sí vivimos en lugares de la república mexicana apartados de las costas, como Cuernavaca por ejemplo? Deberían de importarnos no sólo porque son nuestro patrimonio, sino porque a pesar de que no estemos a la vuelta de estas maravillas, nuestras acciones citadinas también afectan al ambiente indirectamente, a veces incluso, en mayor medida que un desmonte como el que ocurrió en Tajamar.

¿Alguna vez has tomado conciencia de cuánta basura produces o cuánta energía se invierte en tu hacer cotidiano? Hagamos un pequeño recuento: te levantas, desconectas tu celular de la corriente, revisas tus redes sociales, prendes los focos de tu cuarto para ver qué te pones, te duchas, si eres morra y te gusta peinarte te secas el cabello con secadora; seguido del ritual del desayuno, sales a tu trabajo o escuela transportándote en la mayoría de los casos en vehículos de combustible fósil; estando en tu lugar de trabajo probablemente hagas uso de la computadora o vuelvas a cargar tu celular porque ya se le bajó la pila y tu ligue no puede esperar; antes de la comida te empieza a dar hambre y aquí hay de dos sopas, o te llevaste responsablemente fruta de tu casa y te la comes, o vas a “la tiendita” a comprar algo; llega la hora de la comida y se repite lo mismo que lo anterior, termina tu día laboral y regresas a tu casa, cenas, te lavas los dientes y la cara, conectas de nuevo tu celular, checas Facebook y vuelves a los brazos de Morfeo una vez más esperando la llegada del nuevo día.

Por supuesto que no consumir o deteriorar el ambiente en pleno siglo XXI resulta una utopía, sin embargo, la clave en la lucha por la conservación del ambiente y el cambio climático yace en una de las famosas tres “R”: Reducir. Reducir en un esquema de consumismo puede resultar desafiante y hasta imposible, pero no lo es. Todo queda en salir de nuestra burbuja de comodidad y rifarnos para que el ambiente mejore.

Quizá resulte ambiguo que empecemos hablando sobre el ecocidio de Tajamar y terminemos reflexionando sobre la reducción de nuestro consumo en un marco consumista; pero es necesaria la cavilación sobre la coherencia entre nuestro modus vivendi y lo que decimos y/o criticamos en las redes, es decir, este activismo de teclado que surgió ante la indignación por los manglares en Tajamar.

Fuera de que las autorizaciones del proyecto en esta área hayan procedido y que las leyes que deberían de proteger al medio ambiente no lo protejan en la práctica, seamos conscientes de que no porque estemos lejos del área afectada y creamos que publicar en nuestras redes “hagamos la diferencia” estamos libres de la responsabilidad que tenemos con el patrimonio natural de México. Y es por esto mismo que afirmo que todos somos Tajamar.

Por Fátima Cardiel

Foto: Animal PolíticoCuartoscuro, Elizabeth Ruiz.