“Yo estoy seguro que en ningún momento pretendieron agredirlo ni estaban conscientes de dónde estaba ubicado; es un típico error que nos encontramos comúnmente, pero creo que se debe más a falta de cuidado y de rigor a la hora de entender dónde estás ubicado. Me parece inaceptable que el edificio esté ahí”- Miquel Adriá al periódico “El economista”

Hace un mes en facebook me llegó una notificación para asistir a un evento que se titulaba más o menos así “Mitin en defensa del espacio escultórico.” Al leer con más detalle la invitación comprendí que la razón por la cual se convocaba dicha reunión era solicitar el cese a la construcción del edificio H, un anexo de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Al leer esto, mi mente comenzó a maquinar reflexiones entorno a la estructura, perdurabilidad e integración del espacio escultórico y la necesidad arquitectónica de la comunidad de la FCPyS. Para asumir una postura en torno a esta problemática es fundamental tener en cuenta la importancia artística, espacial e histórica de este lugar así como conocer las condiciones en las que se pretende construir dicho edificio y la funcionalidad que éste tendrá.

El espacio escultórico de Ciudad Universitaria se encuentra situado a un costado de la Biblioteca Nacional en el área de la reserva ecológica del Pedregal, resultante de la explosión del volcán Xitle. Dicho proyecto surge de la cuestión de la arquitectura y su integración con la naturaleza, la escultura que apela al espacio público y la materialidad de la obra de arte. Es importante destacar que en la década de los setenta estas nociones eran base del pensamiento del Land Art, movimiento que revolucionó la relación entre obra y espacio. A la cabeza del proyecto se encontró el escultor Federico Silva que extendió la invitación a colaborar a artistas como Helen Escobedo, Manuel Felguérez, Mathias Goeritz, Hersúa y Sebastián. Algunos de ellos formaron parte o fueron resultado de la Generación de la ruptura, movimiento que se deslindó de la estética impuesta por la Escuela Mexicana, adentrándose en la experimentación con la geometría y la abstracción. El resultado de estas prácticas fue un pensamiento y estado de espiritualidad por medio de la creación artística.

Las esculturas dispuestas en esta zona son Coátl (Helen Escobedo), Las serpientes del Pedregal, Ocho conejo (ambas de Federico Silva), Tlaloc, Cólotl (ambas de Sebastián), Corona del Pedregal (Mathias Goeritz), Ave dos (Hersúa) y Variante de llave de Kepler (Manuel Felguérez). Todas estas piezas toman como precepto principal la relación de la arquitectura/escultura como integración del espacio físico e histórico, ya que son resultado de una visión reflexiva del pasado prehispánico por medio de la geometría y el movimiento.

Con la construcción del edificio H, al espacio escultórico le fue amputado el paisaje, uno de sus elementos fundamentales. No podemos hablar de una escultura sin el espacio en el que ésta se activa. Su relación es dialéctica ambas coexisten, no es fortuito que las sensibilidades de Silva, Goeritz, Escobedo, Felguérez, Hersúa y Sebastián se hayan materializado en dicho terreno. La escultura es parte del paisaje y el paisaje es parte de la escultura.

El acto de enunciar lo ya dicho, no significa que no se tomen en cuenta las necesidades de la comunidad escolar. Es importante y fundamental brindar a los alumnos un espacio apto y digno para llevar a cabo sus actividades, sin embargo la máxima casa de estudios cuenta con  “terrenos en el campus y soluciones arquitectónicas que no hubieran resultado en la destrucción del paisaje”(1). Entonces, ¿por qué empeñarse en destruir a concepción planteada en el espacio escultórico? Desde mi perspectiva, la solución de demoler cuatro pisos del edificio H es muy acertada ya que no se niega el aula digna para los estudiantes y se respeta la integridad del espacio escultórico. La importancia de este lugar es vital para el devenir del arte, ya que es un espacio en donde se materializó el pensamiento, la ideología,  la visión y  la sensibilidad de una generación que rompió paradigmas e instauró a la espiritualidad como uno de los pilares del arte mexicano.

Por Fernanda Dichi

Foto: Proceso

Bibliografía:

1.Periódico La Jornada, 9 de febrero del 2016. Consultado el 8 de marzo del 2016.