Apología de un Ruiseñor; Dos lecturas de Oscar Wilde

“Y el Ruiseñor se apretó más aún contra la espina, y la espina al fin le alcanzó el corazón. Un terrible dolor lo traspasó. Más y más amargo era el dolor, y más y más impetuosa se hacía su canción, porque ahora cantaba el Amor sublimado por la muerte, el Amor que no puede aprisionar la tumba.” .- Oscar Wilde

Pasé largas horas tratando de elaborar un discurso digno de la noble historia que se cuenta sobre nuestro acusado. El asunto no debía ser difícil, pues los hechos son bien conocidos y capaces de estremecer aún al hombre más vil entre nosotros, pero la tarea resultó ser demasiado ardua para mí.

Verán, señores jueces, que yo he nacido con un alma muy hábil para la lógica y esa clase de cuestiones, pero que resulta muy pobre para estos asuntos. Quizás habría sido mejor traer ante ustedes a un poeta o a un hombre de letras; pero en cambio, me encuentro yo frente a ustedes pues yo mismo he sido parte de quienes han elaborado esta acusación.

Decidí omitir un hecho importante al momento de presentar la denuncia, no pretendía en ese momento engañarlos a ustedes, señores jueces, pero consideraba que este hecho era irrelevante para el proceso; sólo se ha vuelto relevante ahora que pretendo dejar en claro por qué motivos he actuado de esta forma. Y es que, hace un momento, cuando he afirmado que la historia de nuestro acusado podría conmover aún al hombre más vil –y no pretendo con esto hacerme pasar por un santo, conociendo bien mis propios vicios–, me he sujetado mediante una deducción lógica a decir lo mismo sobre mí. Si es verdad que he sido conmovido de esa forma, creo que se preguntarán entonces por los motivos que me habrían llevado a realizar tal acusación.

Quizás fueron los delirios de un hombre joven, de un joven estudiante que había entendido poco hasta el momento sobre filosofía ­­–y que tampoco ha entendido mucho desde entonces, para serles honesto–, de un joven que a su edad pretendía saber realmente sobre el amor y el desengaño. Delirios que llevaron a aquel joven estudiante a pensar que podría explicar los actos del pequeño ruiseñor a partir de observaciones muy generales sobre la voluntad y el deseo. Al leer su historia de nuevo pude notar que, a diferencia de Berhman de O’Henry, nuestro pájaro jamás sintió el amor en carne propia. Comencé a considerar absurdo que hubiese decidido matarse, despreciando su vida, por un sentimiento que ni siquiera era suyo, un conjunto de letras vacías que no le significaban nada. Llegué a acusarlo entonces: tú no moriste por amor, moriste por una idea vacía del amor. Y me denuncié a mí mismo que mi emotividad no provenía realmente del amor, pues sólo nacía del sufrimiento del ruiseñor y de cómo éste habría sido despreciado y desechado. No era amor, era lástima.

Para agraviar más el asunto, comencé entonces a cuestionarme la motivación de nuestro acusado. Si no existía ningún depositario de su amor, ¿a quién pretendía servir entonces con su sacrificio? Sólo podía pensar que hubiese actuado por su propia complacencia: infligiéndose dolor por su propia convicción, deseoso de volverse un mártir a la fuerza para poder sentirse satisfecho de sí mismo o revestirse de una imagen ante los demás: su propio juez, víctima y verdugo.

Con estas imputaciones he puesto hoy al acusado ante nuestro estrado. Pero fíjense ustedes, señores jueces; no fue hasta que, en un momento de revelación, creí encontrar en ese sentimiento común que brota en todos nosotros al escuchar la historia del ruiseñor, la evidencia de que había estado equivocado. Admito que confiar en que ustedes y yo compartimos la misma forma de sentir constituye un acto de fe, y la fe se contrapone a la lógica. Pero es precisamente eso lo que me ha traído hoy ante ustedes, sentir que nuevamente me es posible tener fe, tener fe en el arte y en la existencia poética. En lugar de pretender juzgar al acusado a partir de las construcciones que yo había elaborado en torno a sus motivos, abracé el sentimiento que el pequeño ruiseñor me había transmitido con su último acto, entendiendo que de esa forma él había sido capaz de trascender.

Quienes participaron junto a mí en la elaboración de esta acusación podrían juzgarme ahora y exigir una condena bajo el cargo de querer imponerles una forma de vivir o de sentir. Pueden creer que ahora pretendo darle la espalda al relativismo ético y epistemológico que he defendido por tanto tiempo. Aún creo que esa perspectiva tiene cierta validez, vivimos bajo normas y valores impuestos por una ideología en constante reproducción, y ahora, más que nunca, es momento de cuestionar estas normas y principios. Pero creo que, a través del ejemplo del ruiseñor, se nos muestra la posibilidad de una vida que nos supere a nosotros mismos y a nuestros deseos y pasiones individuales. Creo, quizá como lo hacía Schelling, que la realización del arte verdadero supone la superación de lo individual; el artista debe ser capaz de producir algo que va más allá de su propia identidad; su capacidad de creación es en realidad la capacidad de reflejar leyes universales subordinándose a ellas. Y hoy que hemos tenido que renunciar a construir una ética trascendental por medio de la razón, ya que ésta está sujeta a las trampas del lenguaje, podemos tratar de hacernos camino a través del arte.

Me parece que resulta impreciso afirmar que el acusado habría muerto por amor, ya sea el amor suyo o el de alguien más. A cambio considero que, al igual que Sócrates, el pequeño ruiseñor decidió morir por las leyes; pero en su caso no se trataba de las leyes imperfectas de la razón humana, sino de las normas más puras del arte. Si pudiera verlo una vez más, le diría lo siguiente: tú no moriste por una idea vacía y preestablecida del amor, con tu muerte lo has creado, revelándolo ante nosotros y revistiéndolo de significado.

Queda en sus manos ahora, señores jueces, dictar la sentencia. Respecto a mí, quisiera decir que por los mismos motivos por los que deseo liberarle también me he condenado. Y es que, para un alma inútil en las cuestiones del arte, y tan frágil y tímida para la acción, debe ser casi imposible realizar un acto trascendental, y mucho más poder vivir de esa forma. Sin embargo, intentaré hacerlo así, pues ya no puedo conformarme con ninguna otra.

Por Luis Ortega Sainz