El día que Hendrix rompió su primera guitarra

Hay veces en que la destrucción también puede dar paso a la creación.

En 1953, Robert Rauschenberg –artista estadounidense de expresionismo abstracto a Pop-Art– se dirigió a casa de uno de sus colegas más importantes del momento: Willem de Kooning; para pedirle una obra que pudiese borrar. Tras un par de meses de trabajo, Rauschenberg creó Erased de Kooning, la primera obra de arte que surgía de la destrucción de otra pieza consagrada en el mundo del Arte: una creación por eliminación y no por adición.

Aceptémoslo: la destrucción está impresa en el código genético del homo sapiens. Todo lo que construimos lo destruimos; pero a veces esa destrucción va más allá del simple hecho de hacer que las cosas dejen de existir. Por ejemplo, los griegos estrellan platos contra el piso en señal de brindar deseos de buena voluntad y suerte en sus bodas, mientras gritan el famoso coro ¡Oooopa!

Tal vez hayas oído de un joven que nació en Seattle en 1942, conocido como Jimi Hendrix. ¿Te suena familiar? James Marshall Hendrix, apodado “Jimi”, es considerado por muchos como el mejor guitarrista de la historia, una eminencia en la música. Hendrix es conocido por tocar rock-funk con su Fender Stratocaster color crema, con su clásico sonido “sucio” Fuzz Face y llenar foros multitudinarios, como Woodstock en 1969.

Hendrix no sólo era conocido por su singular sonido, sino que en sus shows emanaba una energía a tal grado que parecía que su psique se desprendía de su cuerpo, como en una especie de catarsis musical. Durante ese rito de trascendencia que ocurría sobre el escenario, Hendrix, como una voluntad anarquista, tomaba su guitarra y la estrellaba contra el entarimado, contra el atril de su micrófono, contra sus amplificadores, contra todo lo que él encontrase; y por si fuera poco, tomaba un bote de combustible para parrillas y lo rociaba sobre su ya muy destrozada Stratocaster, a la que poco le faltaba para convertirse en leña para chimenea. Finalmente, prendía un cerillo y mientras se despedía del público veía cómo se quemaba su guitarra, a la vez que le daba los últimos golpecillos.

Todo esto no era una ceremonia que se repitiera con todo orden en todas sus presentaciones, algunas veces prescindía de uno que otro movimiento, pero podemos afirmar que a Jimi Hendrix le gustaba romper sus guitarras. Para los años sesenta, esto era algo novedoso con lo que los escépticos no estaban de acuerdo, pero él y otros músicos lo seguían haciendo, como muestra de lo que la música puede desencadenar en una persona invocando toda esa euforia y energía.

Su humilde escritor se atreve a afirmar que este acto anarquista es un modo de trascendencia: no sólo es romper tu guitarra y ya, sino que se trata de un modo de crear a la vez un performance. Podemos plantearlo como una manera de dualidad en la que, al destruir, estás creando –por consecuencia– algo que mostrar: un resultado.

Sin duda, queriéndolo o no, y aunque Hendrix no haya sido el primero en romper instrumentos sobre el escenario, sus conciertos se han vuelto épicos y gracias a ellos, mucha gente recordará a este legendario guitarrista amado por el público.


Jairo Manzanares

Foto: El País