A propósito del día mundial del libro, la lectura y sus consensos.

La lectura es benéfica por sí misma.” Este es un lugar común al que ha recurrido toda ideología en occidente. ¿Por qué ese acto, en apariencia simple, provoca tanto optimismo?

Pocas cosas provocan un consenso tan amplio como la idea de que leer es una actividad benéfica per se. En todas las latitudes del orbe se ha reconocido la importancia de la lectura: desde la iglesia cristiana que fundó su pensamiento en la palabra de dios revelada en las sagradas escrituras, hasta la revolución rusa que enseñó a leer a un pueblo prácticamente analfabeto de 150 millones de habitantes.

México no es la excepción a esta regla. Nuestra historia ha visto desfilar proyectos de alfabetización encabezados por grupos tan disímiles como los primeros misioneros y los liberales de finales del siglo XIX.

¿A qué se debe esta convergencia de opiniones? ¿Por qué la práctica de la lectura provoca tanto optimismo? Responder estas preguntas de forma acertada, o al menos verosímil, requeriría un espacio varias veces mayor del que disponemos ahora. En su lugar, señalaremos algunas rutas que pueden conducirnos a resolver tales cuestiones.

En la Grecia presocrática el conocimiento se transmitía oralmente, por lo que debía ser memorizado. De ahí el conocido rechazo que Sócrates sentía por la escritura, obstáculo de la memoria según él. Sin embargo, al cabo de un siglo, la voluminosa obra de Aristóteles demostró que la palabra escrita era superior para transmitir el conocimiento.

Esta transformación, a la que Ignacio Baguer alude como la mayor revolución mediática en la historia de la humanidad, estuvo acompañada de otro par de inventos que, en conjunto, componen el núcleo del sistema de representación abstracta de occidente: la geometría y el uso del dinero en el intercambio de bienes. Más que una extraordinaria coincidencia, esto es un indicio de que en la sociedad griega se estaba operando un cambio en la percepción de la realidad y de sí misma.

Es como si los prisioneros de la caverna hubiesen descubierto, por fin, que las percepciones de sus sentidos no son más que la proyección de una realidad accesible sólo a través de la razón. La palabra escrita ya no es, como creía Sócrates, esa asesina de la sabiduría. La escritura se vuelve guardiana de la memoria, sistematización del pensamiento y fuente de reflexión. En suma: la expresión misma de la sabiduría.

Walter Benjamin, en alguna de sus Iluminaciones, dijo que “los lenguajes de las cosas son imperfectos y mudos además”. El autor observó que, dentro de la modernidad capitalista, el creciente progreso técnico para gobernar a la naturaleza llevaba injerta la semilla de la destrucción.

En los albores del capitalismo, la filosofía del renacimiemto enmudeció el lenguaje de las cosas al actualizar la idea helenística sobre la lectura. No bastaba con conocer a los clásicos para saber cómo funciona el universo. Era preciso leer otra obra, una de lenguaje abierto y matemático: el libro de la naturaleza.

Dicha metáfora, invocada por mentes de la talla de Bacon o Galileo, es aún vigente entre la comunidad científica. Este hecho nos interesa por dos razones: por una parte, nos indica que la lectura ya es considerada inseparable de la construcción del conocimiento; por otro lado, este proceso implica un juicio positivo sobre la idea de dominar la naturaleza. Mas, como apunta el propio Benjamin, “no hay documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie”.

Por otro lado, es difícil encontrar escritores que no hayan dedicado algunas líneas al afecto que sentían por la lectura. Los hay desde los clásicos como Cervantes, en cuyo delirante Quijote podemos hallar una apología de la lectura; hasta los renegados contemporáneos como Bukowski, quien imaginó una vida miserable tras enterarse del incendio de su apreciada Biblioteca Pública de Los Ángeles. Jorge Luis Borges, una de las inteligencias más sobresalientes de la literatura universal, quien a la vez fue un consumado bibliófilo, creía que el paraíso debía ser una especie de biblioteca: esta es una síntesis muy poética de quienes encuentran placer en la palabra escrita.

Sucede que cuando leemos, exploramos lugares que de otro modo nos serían inaccesibles, reconocemos en otros personajes sentimientos que creíamos exclusivamente propios: experimentamos vidas que no son las nuestras. Y estas experiencias en común, en el fondo, pueden hacernos muy felices. La literatura, dijo Borges ya ciego, es una forma de la alegría.

Sin embargo, la lectura no se agota en la palabra escrita, sino que se extiende a la comprensión del mundo. Para que ésta sea completa y crítica, una lectura debe partir de la realidad y regresar a ella. Este pensamiento es compartido por Paulo Freire, cuyo método de alfabetización es tan eficaz como revolucionario. Para el pedagogo brasileño, la lectoescritura no es una mera técnica: se trata de un acto político a través del cual nombramos el mundo. Y para comprenderlo críticamente, hay que reconocer nuestro propio papel.

La comprensión crítica de la palabra-mundo, como solía llamar Freire a esa indisoluble relación entre el texto y el contexto, es el primer paso para la transformación tanto de nosotros mismos como de nuestras circunstancias. De tal suerte, la lectura es, ante todo, un acto de liberación.

Entonces ¿para qué leemos? ¿Para ser más sabios y aumentar nuestro conocimiento? ¿Para ser felices o para liberarnos? No cabe duda, la lectura es una práctica con matices tan numerosos como quienes la llevan a cabo.

En este día internacional del libro, antes de preocuparnos por las calificaciones reprobatorias de los estudiantes y lectores mexicanos –cuyas metodologías y fundamentos institucionales son muy cuestionables– más valdría preguntarse qué es la lectura y cómo la estamos transmitiendo. Cuando algo produce consensos tan amplios, –como que la lectura es benéfica– es porque, en el fondo, todo mundo discrepa.


*Iluminaciones: compilación de varios ensayos de Walter Benjamin.

Omar Castañeda Saldaña.

Universidad Nacional Autónoma de México. Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.

Sociología, tesista.

Foto de encabezado por Nathan Rupert.