Benaím, el médico que se salvó

En una época lo suficientemente oscura como para no poder decir exactamente cuándo fue –salvo por el rango, no demasiado útil, de entre el siglo de las profecías de Mahoma y aquél, aún más trágico, en el que Bagdad fue hecha cenizas por los mongoles –el reino cristiano ortodoxo de Abisinia fue arrollado por una rebelión judía liderada por la (legendaria) reina Yodit, de la tribu de Gad, descendiente de la reina Sheba y del rey Salomón, que Dios los guarde en su gracia (como todavía hoy cuentan los campesinos en Etiopía).

Más o menos en la misma época de ambigüedad extraordinaria, Benaím, el médico, abandonó su ciudad natal, Roha, para visitar el santuario del Santo Sepulcro en Jerusalén. Surcó el Nilo, visitó el Cairo, tomó el camino del Éxodo, y llegó a su destino. No sintió la epifanía que estaba esperando. En medio de su desilusión y de la crisis espiritual más grave, abjuró de Cristo y se entregó al escepticismo de algún filósofo persa – algunos dicen que Omar Jayyám, pero con más seguridad se trató del ateo Ibn al-Rawandi. Se ahogó en versos de vino y desesperación, y una noche, con la taberna de intermediaria, oyó la creencia según la cual Mahoma había dicho que la gran mezquita (antigua iglesia bizantina) de Damasco permanecería de pie cuarenta años después del Día del Juicio. Le pareció una profecía tan fantástica que se dispuso visitarla. Llegó a Damasco, entró por el arco al patio y quedó paralizado ante su grandeza… Entonces un anciano impreciso se le acercó y le dijo: “Yo te conozco. Eres Benaím Zere Yonas. Yo te vi orando en esta mezquita en el año veintiuno después del Juicio.”

“¿Qué dices?”, respondió Benaím sin salir de su asombro.

“Así es,” insistió el viejo, “te vi arrodillado allí adentro, porque finalmente abandonaste la falsa creencia de los que no creen, y abrazaste la verdad de los creyentes. Yo, por creer, alcancé la Salvación.”

“¿De qué estás hablando? Te ves bastante vivo a mis ojos.”

“Sin embargo estoy muerto, aunque vivo. Los que mueren ven todos el Día del Juicio al mismo tiempo, los hombres del pasado, del presente y del futuro, porque la eternidad carece de tiempo, y estamos todos en el mismo lugar. Fue entonces cuando te vi. Alégrate, porque eres del número de los salvados…”

El hombre se desvaneció en el aire. Benaím, dudoso de si había sido un espíritu o un yinni, se convirtió al Islam. Si oró en la mezquita en el año veintiuno después del fin del mundo, no lo sabemos.

Por Luis Roncayolo

Foto: Micha Barr Am, Magnum Photos, 1984