“Desdichada la sombra del hombre que, escogiendo una causa equivocada, traiciona la confianza de su rey”, fueron las últimas palabras que me dirigió Yazdegerd antes de darse la vuelta y entregarme a los verdugos. Le imploré que me dejara relatarle una historia como fianza por mi afrenta, sin embargo el rey – con el soberbio desprecio que es sólo legítimo en un rey – me dio la espalda y me entregó a los verdugos… Vana fue mi esperanza de recurrir a la usanza de contar fábulas del Kalilah wa Dimna de la India para aplacar la furia de un ser preclaro, porque en medio de mis gritos motivados por el miedo a la muerte, el rey continuó su camino con más rigor que el de un león ignorando el zumbido de las moscas.

La noche anterior se me había aparecido Sroasha, radiante, alado, con la aureola de los dioses vastos, en mi jardín de cerezos bajo la luz nebulosa de una luna en retirada. Me dijo: “tardías fueron tus precauciones porque el rey, en este instante, se está enterando de tus actos traidores.” Traté de huir, pero todos mis esclavos ya estaban dormidos y no quedaba (para mi desgracia) ni un caballo ensillado. Apenas y tiempo me dio para despedirme de mi esposa y de mis siete hijas, cuando se escucharon los pasos de los soldados entrando por el jardín de mi palacio en Ctesifonte. Me hallaron agarrado de las manos de mi familia en la capilla de Aredvi Sura Anáhita, pidiendo su protección con las rodillas mojadas porque el santuario es un estanque de agua virginal. Vi la mirada tallada de la diosa una vez más cuando los soldados me agarraron de los brazos a la fuerza y sin ningún respeto por su divinidad. Esperaba inútilmente que al invitar a los soldados a que cometieran un acto sacrílego, Anáhita los fuera a castigar con mi perdón, mi escape o mi salvación. Pero la diosa no iba a abandonar a la dinastía que yo estaba intentando derrocar, y que ella había elevado al trono de Iranshajr en los tiempos de Ardeshir el Unificador. La diosa no iba a ser engañada por las maquinaciones internas de un hombre mortal.

Le imploré al rey que me exiliara a Balj, que me dedicaría a la vida religiosa, que abandonaría toda pretensión de dominio, que ayunaría y me flagelaría y dejaría que los buitres y los perros me atacaran en medio del desierto como castigo por mi iniquidad. Le imploré que diera otra oportunidad, a un hombre demacrado tentado por las argucias y las mentiras de Angra Mainyu y sus espíritus malignos. Le imploré que fuera clemente como el Sol. Pero Yazdegerd ni volteó a mirarme; continuó sereno en medio de la hilera de soldados que inundaban a un lado y al otro la cavidad monumental y sonora del iwán del palacio, entregándome a los verdugos. Tales eran mis gritos, manifestaciones patéticas de mi alma ruin, que el eco dentro de la sombra del edificio parecía el llanto del funeral de un hombre que todavía no había muerto.

El que me convenció, con el argumento de que el rey había sido hechizado por Marutha, el obispo cristiano de Mesopotamia, y que era imperativo derrocar a ambos para restablecer el orden sagrado del reino, fue el sumo sacerdote del templo de Ojramazda, en la antigua Istajr.

La nobleza de Persia estaba con nosotros, y las Siete Grandes Casas de la época de los Arsácidas – de la que descendía mi propia familia – también. La reunión tuvo lugar en Rayy, en el palacio de Yakdast, del clan Spandiyath. Acudieron los más grandes del reino. ¿Qué podía salir mal? Los sacerdotes procurarían la ayuda de los dioses y la calma del pueblo de Ctesifonte, Yakdast aseguraría la lealtad de la guarnición de la capital; a mí me tocaba reacomodar la guardia del palacio… el importante elemento para que el rey de reyes, en efecto, estuviera presente, y que también lo estuviera alguno de sus hijos para procurar su inmediata coronación, tarea para la que los sacerdotes nos eran imprescindibles. Pero alguien habló primero…

Le imploré al rey una última vez: “¡Entonces mátame con tu propia mano, rey de reyes! ¡Qué vivas por siempre! ¡Qué sea tu insigne mano la que imparta justicia y haga honor a mi nombre! ¡No permitas que sea un vil el que ajusticie una de las cabezas más nobles de tu reino! ¡Un descendiente de Isfandyar!” Pero el rey continuó caminando hacia la entrada del palacio como lo hace un elefante que no cambia de ruta, ni en un ínfimo ángulo, mientras todos los animales a su paso se apartan atemorizados. Se detuvo un instante, la cortina se abrió, entró, la cortina se cerró, y así fue como me entregó a los verdugos. Tres veces le imploré que tuviera piedad de mí; tan grande es el iwán de Ctesifonte que el tiempo en que imploré se tardó el rey en llegar a la cortina que lo separaba del mundo de los mortales.

Fui sacado al patio de mármol que brillaba bajo el sol de Mesopotamia con tal ardor que quise taparme los ojos (sin poder hacerlo porque mis manos estaban atadas). La multitud de cortesanos se veían como sombras traslúcidas más allá del resplandor. Fui puesto de rodillas, la frente contra el suelo, sentí por última vez el frío de la hoja de la espada contra el cuello, oí un zumbido sobre mi cabeza, sentí un pinchazo rápido en la nuca. Cuando me incorporé, ya mis manos no estaban atadas, y el mundo se había convertido en un río tenebroso de sombras grises y presencias efímeras. No había un palacio sino el fantasma de un palacio, una ruina (que es lo mismo). El verdugo, los soldados, los cortesanos, todos parecían columnas de humo brotando de brasas moribundas.

Lo que las manos de los hombres no habían logrado lo logró la fuerza de los astros, porque el rey, incluso habiendo sido prevenido por los adivinos, halló la muerte poco después en una expedición de cacería, cuando un caballo mágico emergió de pronto de una laguna y lo persiguió impunemente hasta dejarlo en el suelo muerto y pisoteado. El caballo no pudo ser atrapado porque volvió a hundirse en el lago. Eso fue lo que escuché de las almas que aquí llegaron después de haber visto lo sucedido.

Por siglos he buscado el alma del rey, pero ahora pienso que el dios de los cristianos se lo ha llevado para otra parte.

Por Luis Roncayolo

Foto: A. Abbas, MagnumPhotos