El desempleo en tiempos de los desesperados

Por Laura Itzel Domart / Join

“Porque la infección se

está expandiendo” .- Caicedo. 

A estas horas, la música de acordeón es devorada por las fauces de esta ciudad precipitada. El cruce de Eje Central y Juárez se vuelve epicentro del caos. Y en cuanto el hombrecito verde del semáforo se asoma dentro de su virtualidad, una interminable vorágine comienza a traspasarse sudores. El suceso se repite infinitamente en un demencial vaivén de ritmos arrítmicos.

Un hombre grita, una mujer llora, un cilindrero se limpia el sudor. Y no queda más, esta ciudad ha dejado de esperar. Aquí pasan todos y al mismo tiempo pasa nadie. Un acordeón llora de vejez o de olvido, nadie sabe o nadie se ha querido dar cuenta. Qué tanto importa si el hombre en silla de ruedas con un instrumento encima es ciego o es inválido.

“Donde quiera que tú vayas, va estar la multitud”, canta don Clemente. Y yo me pregunto si en esta multitud estarán los nuestros; pero no, todos aceleran el paso, sin buscar. La canción termina y el hombrecito del acordeón hace un prolongado silencio. Y con él, este pedazo de mundo parece haberse detenido, hacerse vacío o en su defecto, enfermarse de arritmia.

“Soy el jefe de jefes, señores”. Así regresó el artista a esta ciudad desesperada, como quien se va del escenario con cara de desgano y regresa para sorprender al cansado público. De pronto, un hombre circunspecto deja una moneda en la bandeja, con cariz de quien aplaude tímidamente. Otra vez, silencio; éste aún más largo.

De cifras o ensayos sobre la ceguera

Clemente Mendoza José Dolores es un acordeonista nato. La música es algo que “siempre me ha gustado, la traigo desde niño”, dice sin titubear. Y aquí está, entre el tumulto de músicos callejeros que forman parte del  4.51% de desempleados en México, según las últimas estadísticas del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

No obstante, aquí la gente camina de prisa, sin dar oportunidad a desvaríos. Don Clemente no ve, pero me da la impresión de que nos mira mejor de lo que nosotros a él. O será por esa precisión con la que toca. “Toca aquí, en los mercados, en el metro, donde se pueda”, desde el año pasado, cuando sufrió el accidente que lo dejó inválido. “Desde entonces los del trío ya no quisieron cargar con él”, se precipita a decir doña Rosa María Miranda –su esposa–. Pues él tocaba en los tríos, ahí en el mercado de Garibaldi.

Don Clemente y doña Rosa aseguran que si bien la situación cambió a raíz del accidente, la cosa de por sí estaba mal desde hace veinte o treinta años. Y con esta desazón, pienso que justo coincide con la entrada de las políticas neoliberales. De acuerdo con el Inegi, hasta mayo de 2015, sumaban ya 28.7 millones de mexicanos en el empleo informal. Cuánta pobreza nos hubiéramos evitado.

México de corridos. “Salieron de San Isidro, procedentes de Tijuana, traían las llantas del carro, repletas de hierba mala, eran Emilio Varela y Camelia, ‘La Tejana’”, cantaba el acordeonista. Quién diría que México, después de treinta años,  se llenaría de hierba mala. Quién diría que estaríamos aquí, cada quien con sus islas perdidas, escuchando corridos “de pasadita”.

Aquí, los corridos son una especie de juglar que va de calle en calle, cantando nuestros dolores y alegrías. Y cuánto han cambiado de un tiempo para acá. Todo cambia, dice la canción. “Me siento triste. Me siento mal porque me ha ido mal”, le dijo don Clemente a doña Rosa. La vida se transgrede en un abrazo, en uno de Cristopher Israel –su hijo– y así, este clima, de pronto, parece distinto.#músicosii

“Ahí en la mesa del rincón, les pido por favor, me lleven la botella. Quiero estar solo, ahí con mi dolor”… Si los corridos sirven para contar el mal de amores, qué se dirá de esta época en la que el trabajo escasea. Qué dirá don Clemente de esta tarde decolorada.

Un acordeonista que “arruga el sentimiento”

“Yo quería ser pianista… Cuando yo estaba en el kínder, como había clases de piano, me gustaba tocarlo; pero como no tuve la facilidad del piano, se me hizo mejor el acordeón”. Don Clemente el hombre que con el acordeón “arruga el sentimiento”, como decía García Márquez, cuenta que en cuanto salió de la primaria se decidió a trabajar.

A la pregunta de quién le enseñó a tocar, él responde con decisión: “Nadie, me enseñé yo solo. Aprendí a la buena de Dios”. Y es así como desde los quince años, ha hecho de ese instrumento su compañero de vida. “El que me da de comer”.  Él ya no se imagina sin música y su esposa tampoco.

“Como todo, con sus altas y sus bajas”, dice con tono terrenal, sobre cómo era el trabajo antes y cómo es ahora. “Cuando al cliente le gustaba, íbamos a tocar a domicilio. Todo era distinto”. Doña Rosa señala que antes, cuando era quincena, les iba bien; sin embargo, “ahora todas las quincenas son iguales”.

Aquí, en este precipitado cruce, la vida es como todo, con sus altas y sus bajas. “Todo depende de lo que la gente dé”. A pesar de ello, Cristopher Israel, a sus nueve años, ya está aprendiendo a tocar el acordeón.

Doña Rosa no toca ningún instrumento; no obstante, tampoco concibe su vida sin melodías. Ya no se concibe sin don Clemente. Quizá por eso, se pare decidida junto a su músico para entonar Wendolyne: “Cómo buscan la olas la orilla del mar/ cómo busca el marino su puerto y su hogar/ he buscado en mi alma queriéndote hallar  y tan sólo encontré mi soledad”. Con sus altas y sus bajas, ahí está Clemente, Rosa y Cristopher, esperando que alguien llegue a ese puerto. Ahí están, como tantos, en esta ciudad de desesperados.