Vieja bicicleta azul

Por Ahuiani Tlazolteotl

El muchachito de rasgos nahuas terminó su turno a las seis de la tarde en la tienda de abarrotes de la esquina. De reojo lo vi partir en una vieja bicicleta azul, lo vi perderse en las entrañas del barrio. En una fracción de segundo, apenas atisbé un esbozo de su sonrisa tímida.

No tendrá más de 20 años, es flaco como un perro callejero y tiene ojos grandes y oscuros que cuando me miran me hacen temblar; porque lo he visto mirarme. Lo he visto mirarme y sonreír, pero yo no respondo al coqueteo porque en casa se me educó para portarme con recato, para ni si quiera voltear a ver a los hombres. No le devuelvo la sonrisa porque tengo miedo a que me llamen puta en el barrio.

Tiene la piel morena y la cara bonita. Tiene bonitas manos a pesar de lo huesudas, me gusta mirarlas mientras empaca nuestros víveres. Los hijos del tendero cuchichean con él tras los barrotes del aparador cuando creen que no estoy viendo. Nos miramos, él sonríe, pero yo finjo frialdad porque las señoritas decentes no echan novio en la tienda de la esquina.

Pero no, señor, yo no busco un novio; yo sólo quiero a alguien con quien pasar el rato porque la soledad ya me pesa. Pero otra vez, acá no se puede hacer nada porque es un barrio chico y los rumores corren como pólvora. Suficiente tengo con que me quieran quemar por bruja, como para que me quieran quemar también por puta…

Termina su turno de las seis de la tarde y lo veo irse –como cualquier otro día– en su oxidada bicicleta azul. Yo venía llegando de otro lado, lo quise seguir con la mirada para adivinar el rumbo que tomaba –porque no debe vivir muy lejos de aquí. El claxon de un carro seguido de un estruendo seco conmocionó a la calle. Lo último que supe es que estaba de bruces sobre el pavimento, con la cabeza sangrando. Y es que eso me pasa por voltear a ver a los muchachos…

Foto: Alex Webb, Magnum Photos, Naco, Sonora, 1979.