Antoine de Saint-Exupèry: el escritor de lo invisible

Por Omar Castañeda Saldaña

Nacido dentro de una familia aristocrática venida a menos de Lyon, Francia, en el año 1900, Antoine de Saint-Exupèry fue un pionero de la aviación así como un célebre escritor. Su vida terminó en 1944 tras aceptar una misión de reconocimiento de la cual nunca regresó. Murió como vivió: en plena acción.

Saint-Exupèry es mundialmente famoso por El principito, obra difícilmente clasificable en la que plasmó buena parte de su filosofía de vida. Sin embargo, considero injusto este reconocimiento. Se trata, a mi parecer, de uno de esos casos en los que el acto es tan bello que termina por eclipsar a quien lo ejecuta, reduciendo así toda su existencia a esa mera concreción. Tal injusticia se me presenta multiplicada cuando observo la patina acumulada sobre el resto de sus obras justo cuando más las necesitamos.

A nuestro aviador le tocó surcar vientos privilegiados, pues como heredero de un noble linaje francés asistió al derrumbe de la Belle Époque, de los grandes ideales franceses: igualdad, libertad y fraternidad. Las dos guerras mundiales marcaron a este escritor, como a tantos otros, de por vida. La fe ilimitada en el progreso técnico y la confianza en los valores pregonados por la Revolución Francesa fueron aniquilados a fuerza de metralletas. “Una guerra, desde que se hace con avión, ya sólo es una cirugía sangrante” nos dice Saint-Exupèry en Tierra de hombres. Hubo múltiples interpretaciones de tan calamitoso inicio de siglo, que van del tono pacifista de Erich Maria Remarque al belicismo fascista de Filippo Marinetti, pasando por reflexiones más elaboradas como la logoterapia de Viktor Frankl.

No es casual que Frankl y Saint-Exupèry reflexionen en torno al mismo problema: el sentido de la existencia humana. El psiquiatra alemán conocía de primera mano qué significaba la ausencia de sentido, pues estuvo recluido en varios campos de concentración nazis durante tres años. En esos lugares reconoció que la voluntad de existir reside, ante todo, en nuestra capacidad de plantearnos metas significativas y actuar con ese propósito; este es el principio básico de la logoterapia. Cuando uno ya no tiene familia, hogar, ni siquiera un nombre, como ocurrió a millones de personas en esos campos de muerte, no encuentra motivos para existir. Los lazos que nos atan a la vida se rompen. La situación de Frankl fue límite, por eso es fácil entender cómo llegó a esas conclusiones. Saint-Exupèry arriba a las mismas conclusiones, pero andando otros caminos. “El presidio -escribe nuestro autor- reside allí donde se están dando golpes sin sentido, golpes que no vinculan a quien los da con la comunidad de los hombres”.

(FILES) - Undated file photo of French writer and aviator Antoine de Saint-Exupery posing before his plane. Saint-Exupery, who wrote the beloved children's story "The Little Prince", may have committed suicide, a historian said 07 April 2004 as wreckage from the author's plane was found 60 years after he disappeared. Pieces of the aviator's Lockheed Lightning P38 aircraft, which vanished 31 July 1944 during a wartime reconnaissance mission, were found off the cost of the Mediterranean city of Marseille, a Culture Ministry department official said. But speculation remains over why the plane disappeared during the mission over Nazi-occupied southern France to prepare for an Allied landing. AFP PHOTO

La escritura de Saint-Exupèry se funda en su profesión de aviador que, por entonces, más parecía un trabajo de artesano. Aquellos aviones, como el Laté-25 que piloteó nuestro autor, apenas estaban provistos de herramientas para medir lo más indispensable: altitud, velocidad y dirección. Las mejores guías eran la geografía y la astronomía; el único aval que aseguraba el retorno era la más férrea disciplina.

Mas no se trataba de la geografía de las grandes cordilleras y los caudalosos ríos, sino la de los pequeños guijarros y los árboles frutales que anuncian la proximidad de alguna población. El manto estelar, que para nosotros apenas representa la existencia de un orden menos efímero que el nuestro, era para aquellos aviadores la más exacta cartografía, los puntos luminosos que los mantienen vivos. La disciplina proclamada por Saint-Exupèry no era la violencia de la corrección, que es su acepción de uso común. Para él era algo más, era la mayor de las conquistas. Era conocer los lazos que nos atan al mundo y defenderlos a toda costa. “Ser hombre significa, precisamente, ser responsable”. O, en palabras de aquel sabio zorro, “te haces responsable para siempre de lo que has domesticado”. Como aviador comprendió bien estas verdades difíciles de explicar, pues no proceden de la razón, sino de la experiencia. Van de los actos al lenguaje, no a la inversa.

Tal vez la acción sea el fundamento de su filosofía. “El oficio de testigo -nos dice mientras comanda una misión en Piloto de guerra- siempre me produjo horror. ¿Qué soy si no participo? Para ser necesito participar”. En un momento histórico en que el derrotismo campeaba por todas partes, Saint-Exupèry encontró en la responsabilidad para con el otro su más firme motivo de vida. No se trataba de un mensaje moralista ni moralino; no había en él la angustia de quien ve la sangre por primera vez, ni la pena de la amante que ve a su querido partir al frente de guerra, ni la desolación de la casa materna pulverizada a fuerza de obuses, ni el reclamo del soldado amputado. El suyo es un lamento por la humanidad misma, es un eco de los más ilustres hombres del renacimiento que veían en el Hombre -así, con mayúscula- la medida de todas las cosas. “Lo que me atormentó -pensaba Saint-Exupèry tras observar el destino de un esclavo liberado- no fue su sufrimiento, apenas creía en él, sino el hecho de que en la muerte de un hombre muere un mundo desconocido”. A próposito de una evacuación en su natal Francia durante el enfrentamiento contra la Alemania nazi, escribió: “Siento un extraño malestar al decirme que todos esos trabajadores, toda esa pobre gente, de funciones tan netamente definidas, de tan diversas y preciosas cualidades, sólo serán esta noche parásitos y gentuza.” El suyo no era un amor egoísta, no amaba tal mujer ni determinada parte de Francia; era un amor universal, y “una vez que ha germinado, el amor echa raíces que nunca acaban de crecer.”

Antoine-de-Saint-Exupéry

Pero no se trata aquí de un amor a la ligera, como los que ahora acostumbramos. Es, más bien, un amor fundamentado en la comunidad. Más aún: es un amor fundado en la colectividad en acción. “Sólo cuando estamos unidos a nuestros hermanos por un objetivo común, ajeno a nosotros, respiramos, y la experiencia nos demuestra que amar no es mirarse el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección.”

En los tiempos que corren, desprendidos ya de los ritos  -que hacen de cada día uno diferente- y las domesticaciones -que significa crear lazos-, la lectura de Saint-Exupèry no es una opción, sino una necesidad. Él entendió y supo expresar que la esencia de la vida no reside en su materialidad, sino en los lazos que la unen con otras vidas. En tiempos en los que el valor de cualquier cosa está dado por su precio, resulta imperioso recordar este sencillo secreto: sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible para los ojos.

Bibliografía:

Antoine de Saint-Exupèry, Correo del sur.

Antoine de Saint-Exupèry, Vuelo nocturno.

Antoine de Saint-Exupèry, Tierra de hombres.

Antoine de Saint-Exupèry, Piloto de guerra.

Antoine de Saint-Exupèry, El principito.