Encendiendo la tradición: una entrevista a Venado Azul – Parte I

 

José López es un músico wixárika originario de la comunidad de Santa Catarina, ubicada en la Sierra Norte de Jalisco. Es violinista y voz principal del grupo de cumbia-fusión El Venado Azul, radica principalmente en Tlaltenango Zacatecas. Platicamos con él durante una de sus visitas a la Ciudad de México para conocer más sobre su proyecto musical.

We’Re: ¿Cómo fue que te iniciaste en la música?

José López: Mi inicio en la música fue algo diferente. Más que nada, empecé con la música tradicional, con lo que nosotros los wixaritaris usamos en los centros ceremoniales; ahí empecé a tocar música tradicional que es con violín y la guitarrita. Nosotros mismos hacemos los instrumentos y las canciones que se cantan son para las deidades: el sol, el fuego, el aire, la tierra, el espíritu del venado, del águila… nuestra música viene de la raíz wixárika y de la música tradicional. Con el tiempo, usé la música que es mestiza o mezcla de mariachi de Jalisco: con el violín, la vihuela y el guitarrón al principio, así fue como creé mi estilo musical. Después cambié el guitarrón por el tololoche; y con con el tololoche se volvió norteña. Esa fue una combinación que cambió el sonido, de esa manera fue como empecé El Venado Azul. De música tradicional fue evolucionando a música regional.

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José, en entrevista

WR: ¿Al principio qué instrumento tocabas? ¿Desde qué edad?

JL: Empecé con el violín. De 21 años, en la música tradicional. Yo no conocía otra música; bueno, sí escuchaba, pero no la tocaba.

WR: ¿Y quién te enseñó?

JL: No pues, eso es viendo, escuchando ahí cuando tocaban… Es que un centro ceremonial es como una escuela. Ahí es donde uno aprende a valorar lo que es la Madre Tierra, el Abuelo Fuego, el sol, el aire, las deidades de nuestros ancestros, eso es lo que nos enseñan ahí durante cinco años…

WR: ¿Cinco años? ¿O sea que todos los niños…?

JL: No, no todos. No más las personas que están interesadas. Y también les dan cargo durante cinco años y no se puede ir a trabajar a ningún lado, eso es lo más pesado porque hay que estar ahí. No en teoría aquí sentado, “ah, pues teóricamente” –no– sino que hay que hacer las cosas… caminando, sintiéndolo con tu propio cuerpo. Los hechos son algo diferentes: lo que hace sentir lo cansado, el sacrificio. Y pues somos la gente que vamos y venimos a Wirikuta a hacer las ceremonias. En las ceremonias, en el viaje como peregrino, ahí es donde yo aprendí: dentro de ese grupo a tocar música. Y después, cuando salí, me enseñé el violín ya de fuera, la música de mariachi. Y entonces ahí ya tengo una mezcla.

WR: ¿Y cómo fue que te decidiste por la cumbia?

JL: Las cumbias nosotros las tocamos, más que nada, porque al principio no pensábamos que era trabajo, sino simplemente una diversión. Y al mismo tiempo, de esa manera buscamos ahí mismo en la sierra porque la música no salía, la música nadie la conoce y bueno, creo que sí se ha escuchado muy poquito de música tradicional; pero no mucho. Y bueno, por estos rumbos, no más se toca en la sierra. Y entonces, con la música que yo toco empecé a salir ya a trabajar, porque la gente lo pedía…

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WR: Te contrataban.

JL: Sí, entonces la gente ya empezaba: “¡eh, ven a tocar, tócame esta canción!” Primero me enseñé el violín, después la vihuela, después el guitarrón; me fui enseñando cosas. Ya después empecé a enseñarle a mis compañeros, porque no sabían tocar, y fui formando un grupo, poco a poco… Empecé primero con mi pareja, ella tocaba el guitarrón, y a uno que otro muchacho también le enseñé la vihuela y ya empezamos como grupo… El nombre, pues ya así me llamaban “El Venado Azul”, cuando iba a la peregrinación.

WR: Entonces sí está muy ligado…

JL: … Mucho, a la tradición. Y de ahí también la gente me escuchaba, todo el grupo: a sus familiares, la comunidad, siempre les gustó mi música de violín tradicional y de ahí viene la fama, ya venía desde la raíz. A algunos les gustó, me decían: “te vemos con mucho respeto porque tú ya cumpliste lo que es el ‘deber ser’ indígena, el ser wixárika. Ya cumpliste, ya pasaste, ya probaste lo que es el sacrificio de las deidades, el sacrificio de nuestra Madre Tierra. Te conectaste mucho y te respetamos.” Hay otros grupos que no han pasado por ahí y no lo conocen realmente, eso es lo que nosotros valemos en nuestra comunidad: tienes que pasar por ahí. Para ser alguien grande, tienes que pasar –pues como a un militar, digamos– por acá: para nosotros los indígenas, tienes que ser un guerrero de fuego, del Abuelo Fuego, guerrero del sol, de la naturaleza… Tienes que pasar por ahí cinco años, después ya te ven con más respeto. A mi me tocó de 21 años, salir a los 26… Y grabé mi primer disco en el ’97, después de un año de prepararme con los compañeros.

WR: Entonces digamos que tu trayectoria ya venía desde la música tradicional, desde que tenías este cargo.

JL: Así es. De ahí mismo.

WR: Y por eso mismo, ¿crees que la gente ha aceptado esta mezcla que haces? ¿O qué opinión tuvieron?

JL: Sí, pues la verdad hay algo. Al principio cuando cantaba alguna canción, como La garza y El venado, esa es música tradicional y se bailaba antes… se baila, pues. La convertí en cumbia rítmica y la gente ya empezó a bailarla. Ahorita estamos manejando ahí música tradicional y también música cumbia; ya para fiestas, para graduaciones… Ya se empezaron a manejar esas cosas. [risas]

WR: Más de evento social, de fiesta… Más allá del ritual. ¿Y en qué momento empieza a salir tu música de la comunidad?

JL: Eso empezó a salir más o menos en el ’95, empezamos con otros compañeros a salir unos tres días, cerca de los pueblos. Yo con mi pareja, más que nada, salíamos. Nos daban dos o tres meses de tiempo libre para ir a trabajar, y eso fue muy difícil. Es complicado para esas personas que tienen cargo, ellos sí tienen más necesidad que uno. Porque uno está libre, luego por flojo o por no querer hacer nada… Pero hay gente que de veras están trabajando, pero no están ganando porque están haciendo un servicio – no a la comunidad – sino al centro ceremonial. Porque el servicio a la comunidad es otra cosa que no te da, es una segunda etapa; pero hay otro más espiritual que existe, entonces esos son los que no tienen apoyo. Realmente es muy complicado, yo pasé por ahí, entonces lo conozco mucho…

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El Venado Azul durante una presentación en Expo Reforma

 

Mi música empezó a salir en el ’96, cuando empecé a tocar el violín de mariachi. Formé el grupo y salíamos por dos o tres días, cuatro días, una semana; yo y mi pareja con violín y vihuela, tocábamos y cantábamos. Pasábamos a los restaurantes, a los camiones y así empezamos a trabajar. De esa manera nos ayudamos mucho, porque cuando no sabía tocar, no tenía esa idea; en ese entonces salíamos a trabajar al campo. Llegabas, pedías prestado como $300 o $500 para el pasaje y apenas regresas. El trabajo en el campo es terrible, apenas de lo que sacas comes, apenas y te llevas para tu pasaje y regresas sin nada, igual. Era muy complicado. Entonces la música a mí me sirvió mucho, porque así comprábamos alimento para seis meses. Así fue como empecé a sacar mi música, al unir dos culturas: la mestiza y la indígena, la huichola. Del ’97 es mi primera grabación, pero empecé en el ’93, ya tengo 18, 19 años en la música. Y ahorita ya estamos compartiendo más música, ya la llevamos a Brasil, a Estados Unidos más lejos… Y aquí, en diferentes estados de México.

WR: ¿Cómo se dio este salto? Que de pronto, de estar tocando en las calles, un día estás colaborando con Rubén Albarrán de Café Tacuba… ¿Cómo se dan esos contactos?

[risas]

JL: Pues fíjate, es que soy un músico ambulante que se da a conocer andando. Y también porque es música de la tradición, ahí es donde me buscaron los grupos que realmente han pasado por todo eso de la tradición wixárika. De ahí me identificaron: “El Venado Azul”, porque ya se escuchaba mi música con la Cusinela, ya se escuchó mucho tiempo en radio y en otros países, fuera de la región. Por eso nos identificaron y nos invitaron a lo de Hecho en México, a participar con esa canción. Así fue como nos conocieron, y ya después nos invitaron con Café Tacuba a hacer un video. Y ahora que estamos en esto ya tenemos invitaciones para Bogotá, Colombia, en Chile… En un tiempo, primero Dios, ahí vamos a estar presentando nuestra música mexicana-wixárika.

WR: A través de estos géneros de música popular como la cumbia, el sierreño, el norteño… ¿crees que hacer música en tu lengua refuerce el uso de la misma en las comunidades?

JL: Sí, porque ahorita hay jóvenes que quizás se han dedicado a puro estudiar… Pero de repente salen a alguna fiesta, o ven en que una televisión puede aparecer cantando un wixárika con su traje y en su lengua materna: ah, eso es como un mensaje que pueden escuchar, ¿no? “¿En qué está cantando, en inglés o qué?” [risas]. Pues ahí se van a dar cuenta que existimos nativos y que conservamos nuestra lengua materna. Y que aquí, la mayor parte somos más indígenas… Hay una mezcla, a eso se le llama mestizo, pero realmente no se le rechaza, simplemente el mestizaje es una mezcla; pero la mezcla nos ha afectado porque hemos olvidado nuestras lenguas maternas: eso es lo triste. La idea que yo estoy haciendo es reforzar; y no es dar a conocer, porque es parte de lo que nosotros tenemos – es hacerlo crecer, que los niños lo sigan practicando porque luego se nos olvida – esa es la idea.

Cuando empecé a cantar, al principio a mí me daba pena porque cuando cantaba La garza y el venado: “Maxa maxa uwieiy at+… [tararea]”, híjole; pero esa es la canción que más me pedían. Esto me imaginaba yo: “¿Y por qué, si no la entienden? ¿Cómo les va a gustar una canción que no entienden, que no saben qué dice?” La gente que habla el español me la pedía y se ponían contentos. De esa manera yo también me ponía contento, entonces ya empecé a traducir algunas canciones que son conocidas y a hacer las mías. Así fui llegando a lo que yo canto. Y aunque yo vaya a algo más comercial, como un baile de paga, también les canto en wixárika, es lo que hago.

WR: Poniendo en alto la cultura, por el arte.

JL: ¡Sí! [risas]


Entrevista realizada por Regina Escutia Solís (etnóloga de la Escuela Nacional de Antropología e Historia) y Susana H. Frías.

Fotos por Susana H. Frías.