No es coincidencia que el mirrey sea el espejo de muchos políticos mexicanos…

Por Héctor Fabian García

La figura del cadete mexicano era una aspiración utópica en los años noventa por parte de muchas familias mexicanas que querían ver a sus hijos como figuras que representaran autoridad y fueran dignos de respeto. Un claro ejemplo de cómo dicha ideología se reafirmaba visual y colectivamente, es la estética visual que nos mostraba Televisa hace algunos años. Basta recordar que por aquellas fechas, después de que dicha televisora terminará de proyectar el Himno Nacional, aparecía de forma repentina el video de “La Incondicional” de Luis Miguel, “El sol de México”, para reafirmar este supuesto nacionalismo.

Ahora bien, ¿qué hay detrás de dicho montaje musical? Intuitivamente uno pensaría que es la letra. Sin embargo, lo más importante a destacar son las imágenes que componen al supuesto “héroe mexicano”. En la milicia no destacan los méritos, sino los liderazgos y las jerarquías, donde la máxima es la siguiente: Para aprender a mandar, primero tienes que aprender a obedecer. Con esto quiero mostrar que esta figura de lealtad por parte de los militares a la Nación, es un símil de la lógica y política cultural de cómo opera la militancia partidista en nuestro México poco democrático, dónde al igual que en la milicia: las jerarquías, los liderazgos y la obediencia son el decálogo de quienes aspiran a un buen puesto dentro de los partidos políticos.

En consecuencia, lo que este estereotipo visualmente busca desarticular es la idea del joven rebelde, para imponer la del “hombre recto y disciplinado” que tiene que cumplir con su deber como militar y ciudadano al servicio de la patria. No es en balde que el “El sol de México” acepte sin queja alguna que le corten el cabello, símbolo de rebeldía y oposición a la norma. De igual manera lo que se muestra entre líneas, es que el amor y el romanticismo juvenil son simples caprichos y sueños utópicos de juventud, que deben ser superados por la obediencia, la disciplina y la ambición individual, desplazando así los intereses colectivos.

No obstante, no me gustaría dejar de lado el estereotipo cultural entorno a la figura de Luis Miguel como el “Rey de los mirreyes”, el cual en un principio denotaba un claro racismo sobre los cánones de belleza masculina que en el fondo eran símbolo de la desigualdad social y el sistema de castas. Sin embargo, con el paso del tiempo esta figura del mirrey cobro una identidad y forma física en la clase social más alta, dando como resultado un desplazamiento en el terreno del estatus social al establishment político, dejando ver con claridad un régimen cimentado en la opulencia que considera que puede actuar de forma impune sin tener consecuencias legales al respecto (realidad que lamentablemente es cierta).

No es coincidencia que los mirreyes sean un espejo de los actuales políticos mexicanos, pues el culto a la imagen es el reflejo de la supuesta “cultura del éxito”.  Un claro ejemplo, es nuestro actual presidente Enrique Peña Nieto, quien de forma impune sigue sin rendir cuentas sobre los hechos acontecidos en San Salvador Atenco y Ayotzinapa, mientras que lo único que parece importarle es salir bien ante las cámaras. Y qué decir del actual gobernador de Chiapas, Manuel Velasco Coello, quien en su primer año como gobernador destino ciento veintinueve punto cuatro millones de pesos en gasto publicitario para su imagen, convirtiéndose así en una figura mediática, antes que ser ubicado como gobernador del estado de Chiapas, aunado a esto, podemos ver como su matrimonio con la cantante Anahí, es una construcción ideológica que reafirma los estereotipos de la cultura televisiva.

No obstante, en la política mexicana la idea del “héroe” está vinculada con “ídolos” forjados en narrativas de telenovelas, dónde los buenos reafirman su linaje de nobleza después haber sido desahuciados por la clase opulenta, de la cual ellos provienen, a esto habría que agregar que los atributos de estos ídolos, posee un fenotipo que reafirma el clasismo y racismo mexicano, muestra de ello son precisamente los mirreyes y la estética visual que los rodea. De ahí que la estética visual que buscan reafirmar los medios de comunicación y el príismo mexicano, es una representación visual, que se ve emparentada con actores de telenovelas o actrices de televisión que intentar trasladarse al terreno político. Pues así como los actores tiene un simple guion a seguir, los militantes y los mirreyes, de igual manera tienen un guion y un código que respetar entre sus estructuras de poder jerárquicas. En suma, lo que podemos ver detrás de estos montajes culturales es la reafirmación de cómo opera el sistema de partidos políticos que va desde la militancia y la lealtad al color de un partido político, hasta el mirrey como producto comercial que tiene tras bambalinas a todo un establishment político.

Foto de portada: Noticias Terra

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Héctor Fabian García es licenciado en Filosofía por la Universidad Autónoma de México (UAM), e imparte clases en la Universidad Nacional Autónoma de México.