Así es el día a día de los mejores taekwondoínes de México

Por Enrique Mendoza Ruiz

El entrenador inicia la clase ordenando a sus alumnos alinearse para el calentamiento. Los niños y jóvenes, ya con su equipo de protección puesto, acatan la indicación pateando con mucha velocidad una serie de repeticiones que llenan el Doyang de un ruido parecido al de una cascada de furiosos aplausos que no logra contrarrestar del todo la estridente música que proviene del piso de abajo. Sus padres, sentados a sus espaldas, los observan.

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Las Olimpiadas terminaron, mas no el entrenamiento de estos chicos que llegaron a su clase comentando con azoro las peleas de Carlos Navarro e Itzel Manjarrez. Ellos tienen por delante una serie de pruebas para las que tendrán que entrenar de dos a cuatro horas al día para mejorar su técnica, incrementar su resistencia física y dar con el peso de su división, algo no muy fácil de lograr si se toman en cuenta las lesiones que podrían llegar a ocurrirles en cada entrenamiento o combate, las nuevas exigencias que supone pelear con un peto electrónico o los vaivenes propios de su vida académica y familiar. La meta: tratar de ingresar a la Selección Nacional de Taekwondo.

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El entrenador hace una pausa para dar nuevas instrucciones y presentar al reportero. Ahora con la careta puesta, los jóvenes, uno frente a otro, tratan de patearse con la misma velocidad (aunque con cuidado) en el pecho y la cabeza estirando lo más posible sus cuerpos. La razón de esto, me explica el entrenador, es para tener la cara y caja torácica lo más separado posible de las piernas del adversario para que cuando éste patee no logre anotar ningún punto a su favor.

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Tras la polémica implementación del sistema de petos electrónicos, los combates de taekwondo pasaron de tener una notable cantidad de intercambios a ser una corta, pero explosiva, sucesión de patadas y bloqueos precisos. La razón, explica el licenciado en entrenamiento deportivo, David Valdés Juárez, se debe a que antes, ganar o perder un combate dependía del criterio de los jueces que observaban la pelea. Por esta razón, en ese entonces los entrenadores preparaban a sus competidores para realizar la mayor cantidad de patadas posibles; si el juez no llegaba a ver una patada bien acomodada, una segunda o tercer patada lanzada contra el peto o la cabeza tenían una mejor probabilidad de ser tomadas en cuenta. Eso cambió con el nuevo sistema de petos donde, generalmente, sólo son tomados en cuenta los golpes que registre tanto el peto como la careta de los competidores.

Esto afectó profundamente la preparación de los taekwondoínes, agrega Valdés, pues ahora buena parte del tiempo que estén sobre el tatami tendrán que usar una sola pierna tanto para atacar como para defenderse, asimismo tendrán que hacer uso de una flexibilidad y reflejos mejor afinados.

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La competencia en ciernes para los chicos es el Campeonato Nacional Junior en el mes de noviembre. Este será uno de los filtros que tendrán que superar para formar parte de la Selección Nacional; proceso que, año con año, se repite como el esfuerzo de decenas de jóvenes que pugnan por representar a su país en competencias internacionales. Para algunos de ellos no será la primera vez que participan a pesar de su corta edad, comentan los padres.

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El entrenador de repente interrumpe la charla. Frunciendo el ceño reprende a quienes se están tardando en terminar la rutina o no la están ejecutando correctamente. Recorriendo a sus alumnos hacia un extremo del Doyang, Valdés vuelve a poner el ejemplo. Fuera de las condiciones económicas y políticas que afectan a este deporte, me dice retomando la charla, lo más difícil es que el cuerpo de un competidor se ajuste al peso de su división. Hay competidores que midiendo 1.80, por ejemplo, apenas y pesan sesenta kilos.

Corregidos los errores, el entrenamiento finaliza con una serie de combates. Dos de los padres deciden salir a fumar, mientras que una pareja reaparece en el Doyang con un pastel en los brazos que no tardan en acomodar estratégicamente para repartirlo entre todos los deportistas una vez terminada la clase. Viendo los lugares vacíos aprovecho la situación para sentarme.

Miro las peleas y después de mucho tiempo sin saber de este deporte vuelvo a recordar las precauciones que tomaba antes de realizar cualquier movimiento en combate: acercarte a tu rival sin pensarlo podría garantizarte caer de espaldas al piso si éste es bueno respondiendo con patadas con giro, mientras que acortar lo más posible la distancia entre tu oponente y tú -una vez enviado el golpe- podía ayudarte a evitar que te respondiera. Estos chicos emplean técnicas mucho más sofisticadas.

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Terminada la clase con la retroalimentación del entrenador, tanto el cumpleañero como sus padres no tardan en dividir el pastel entre todos los presentes, incluido el reportero. Inmediatamente todo es algarabía mientras los jóvenes con sus padres poco a poco abandonan el recinto no sin antes despedirse del entrenador, quien también participa del festejo. Tendrán que repetir esta misma rutina mañana.

Portada: Getty Images