Si tenemos que morir con toda nuestra totalidad… ¿por qué no aprender a vivir con toda nuestra totalidad?

Anónimo

Por Fátima Cardiel

Hoy día nos hacemos las preguntas: ¿qué es México? y ¿cuáles son sus verdaderas raíces? ¿Por qué se habla de varios Méxicos si somos uno mismo? Como Guillermo Bonfil menciona en su libro México Profundo, existen dos Méxicos, el México Profundo, que tiene como principales actores sociales a los pueblos indígenas, quienes son el sustento de la pirámide nacional, y por otra parte está el México Imaginario, donde estamos bajo una realidad ilusoria, excluyendo de manera injusta a “los otros”, creyéndonos todo menos mexicanos. Pintándonos las caras de europeos como un símbolo de falta de identidad.

Es el México Profundo, del que tanto se habla en las bocas de fina lengua, aquel que estará frente a nosotros después de quitarnos la venda de los ojos, siempre ha estado ahí. Desde hace quinientos años, el colonizador trató de arrancar esa parte de la historia de nuestro país y sustituirla con piel blanca y cabello de oro, robándose todo recuerdo en la memoria, tratando de imponer una nueva historia, transformándonos en seres sin raíces, sin rostro ni corazón alguno. Quizás, a falta de claridad dentro de nuestra identidad, tomamos actitudes agresivas, inseguras, como las que presenta “El pachuco”. Nos enseñaron a tener todo y, así mismo, a estar vacíos, sentirnos insatisfechos. Difícilmente comprendemos que para llegar a la verdadera totalidad, debemos partir de nuestras raíces más profundas. La parte más esencial de nuestro ser y hacer. Brújula de vida, que nos indica nuestro principio y fin, y nos hacen tomar conciencia de quiénes en verdad somos.

Retomando la lectura de Bonfil Batalla, los pueblos indígenas son el hilo de la tela de nuestro pasado. Y hoy, después de muchos años, estos guerreros de maíz y polvo, de estrellas de un cielo mesoamericano, siguen mostrando una gran fortaleza ante las injusticias del México Imaginario. Esto lo podemos ver reflejado en comentarios de los mismos indígenas como Reynaldo Lucas Domínguez de la Laguna, Michoacán, quien dice: “Desde la época de la conquista hemos sido objeto de explotación, encarcelamiento de nuestros antepasados y, en muchos casos, muerte, de los hombres, mujeres y niños que han luchado por defender la tierra y las culturas comunales”. Así como Reynaldo, existen muchos otros,como Coras, Huicholes, Ixcatecos, Huastecos, entre otros, que son excluidos de los proyectos nacionales.

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El rechazo a los indígenas nos cierra las posibilidades de entender otras formas de vida y nuevas alternativas. Hacemos prejuicios fácilmente de ellos, señalándolos como obstáculo aparente del progreso. La realidad nacional intenta envolver otra realidad totalmente diferente, sin embargo, la presencia de lo indígena se encuentra en casi todo. Por tanto, no tenemos una cultura unificada, sino muchas formas de vida. Bien dice Manuel Gamio: “Para incorporar al indígena no pretendamos ‘europeizarlo’ de golpe; por el contrario, ‘indianicémonos’ un tanto…”

Todos llevamos por dentro esta semilla que germina cada vez que nos sentimos realmente mexicanos y sentimos en las venas el México Profundo, la verdadera identidad que nos caracteriza por haber nacido en esta tierra de guerreros y que al paso del tiempo se enraíza en sentimientos por el país; pero, cuando las verdes raíces se empiezan a secar hasta dejar un vacío, es porque esta semilla ha sido cegada por la venda occidentalista. No podemos desarraigarnos de nuestro pasado puesto que está plasmado en nuestra piel, más de lo que creemos. No lo olvidemos y mucho menos, cortemos las raíces de la semilla, que han ido creciendo por milenios, porque eso sería aniquilarnos a nosotros mismos.

Las naciones no son formaciones naturales, sino histórico-sociales, por eso en éstas el pasado histórico juega un papel esencial. Como Carlos Monsiváis dijo: “La clave de una nación es que surge ‘desde abajo’, no dictada por el poder, sino en la espontaneidad de las prácticas sociales”.

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Dijo la comandanta Esther del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, “el México que queremos los zapatistas es uno donde siempre se tenga presente que, formada por diferencias, la nuestra es una nación soberana e independiente”.

Foto de portada: Mariana Yampolsky