Por Laura Arreola

En estas primeras dos décadas del siglo XXI en las que es prudente preguntarnos y replantearnos ¿qué es el periodismo?, nos responden –afortunadamente– con su trabajo incansable, a la par, grandes hombres y mujeres. Scherer es uno de esos periodistas que, dejando en su trabajo un paradigma del ejercicio periodístico, permitía entrever al ser humano en el que la vida y la profesión se confundían de manera exquisita, casi imperceptible, como si uno implicara al otro

8 de julio de 1976, día histórico para el periodismo mexicano: Julio Scherer era destituido del periódico Excélsior. El puesto de Director General del diario fue violentamente ocupado por Regino Díaz Redondo, presuntamente gracias a la influencia del ex presidente Luis Echeverría. El boicot por parte de empresarios que, disgustados por lo publicado en el periódico, retirarían toda su publicidad, culminó con la expulsión del Director de su propia morada. La situación del periodismo de entonces no es muy distinta a la de hoy; los medios de comunicación eran fácilmente cooptados o censurados, y no ocurrió algo distinto con Excélsior, publicación distinguida por sus constantes críticas al régimen. Scherer no se iría solo, Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Vicente Leñero, José Emilio Pacheco, Heberto Castillo, y una larga lista de colaboradores renunciarían después.

De la salida de Scherer y sus compañeros comenzaron a nacer nuevos proyectos, como Vuelta de Paz, Unomásuno de Becerra y, por supuesto, Proceso. Este último se presentó como un semanario de análisis predominantemente sociopolítico, crítico de los gobiernos de centro y derecha. Hasta la fecha, la revista se mantiene con la misma línea.

El trabajo de Proceso habla por sí mismo, bajo la palabra de quien fuera su director por dos décadas: “Al periodista lo avalan los hechos. Sin ellos está perdido”. Julio Scherer cuenta con un gran repertorio de obras escritas, entre ellas Los presidentes, Salinas y su imperio y Parte de guerra (que escribiría junto con Monsiváis), además de sus artículos, entrevistas y reportajes desde Excélsior hasta Proceso. De las más memorables pueden recordarse la entrevista con el subcomandante Marcos en 2001, y el encuentro con Ismael El Mayo Zambada en 2010. Ambas en su correspondiente coyuntura, marcadas con su estilo franco, muy recomendables.

Heredando a todo periodista mexicano la necesidad de fundamentar lo redactado siempre en los hechos, de hacer serias investigaciones, de buscar plasmar con la pluma la verdad, Scherer partió a otro sitio el 7 de enero del 2015 por la madrugada, a pocos días de que su compañero y amigo Vicente Leñero partiera también. “Llegó nuestro tiempo, Julio”, le expresaría Leñero cinco años atrás. Pero su tiempo, al igual que el de Monsiváis, el de Pacheco, el de Paz, es sempiterno. Reitero, un paradigma.

Hoy es otro día en el que vale la pena traer de vuelta la pregunta sobre el periodismo, pero también vale la pena, hoy, hacer que el periodista permanezca. María Scherer, hija de Julio, compartiría en octubre del 2014 algo muy íntimo: “Mi papá lleva años despidiéndose. ‘Cuando sea flor…’, nos previene.” y, curiosamente, concluye su texto de una forma que hoy resulta clara, indudable e irrebatible: “yo también quiero honrar a mi padre, que nunca será flor. Será árbol.”

Buen viaje, don Julio, gracias por sus años dedicados a escribir la Historia. Hasta siempre.