“Atreverse siempre y obrar en toda ocasión debe ser la labor de los soldados de la libertad.” (Ricardo Flores Magón)
Escribo ahora por aquél que nunca quiso ser enarbolado por sus contemporáneos. Tal vez deba de disculparme, Sr. Flores

Por Abel Valdéz S.

Hablar de Ricardo Flores Magón en nuestros días es volver a darle vida, y qué mejor momento que una coyuntura social, que tiempos de revolución, movilizaciones y despertar de conciencia, tiempos a los cuales los Flores Magón dedicaron la mayor parte de su vida, llevando sus ideas hasta las últimas consecuencias.

Sentado y releyendo sus ideas, no puedo dejar de pensar en el papel que jugarían esos hermanos inconformes hoy. Seguramente estarían recaudando fondos para seguir imprimiendo su medio alternativo de información –como imprimieron el Regeneración– o tal vez generarían una red de multimedios digitales para llevar a cualquier rincón del país ideas que buscaran despertar a toda una nación, como lo lograron con su red de medios internacional –el Revolución en California–. Puedo imaginar a un luchador de pluma y de cañón tomando la causa de los Normalistas y el problema del narco-Estado, tal como denunció la masacre de los mineros en Cananea y la tiranía de Porfirio Díaz. Así como hoy Peña Nieto encarcela a los jóvenes que no buscan otro interés más que la libertad de su pueblo, así Don Porfirio pedía la cabeza de los Flores Magón poniéndoles precio.

No puedo dejar de pensar en aquellas palabras que aparecen en sus editoriales: “El actual movimiento tiene sus raíces en las necesidades del pueblo y que, por lo mismo, mientras estas necesidades no estén satisfechas, la revolución no morirá, así perezcan todos sus jefes.” Estas palabras, permanecen hoy, a más de cien años, como las palabras de la revolución incompleta, porque se fueron unos cuantos y entraron muchos más que a lo largo de este periodo han perpetuado un sinfín de crímenes bajo el silencio de una nación dormida. En este sentido, Ricardo Flores Magón fue la voz de su época, que llegó para hacer escuchar el espíritu de una nación que continúa llorando al día de hoy por sus desaparecidos, una nación que no atajó al sistema cuando tuvo en su momento una revolución triunfante, que fue sostenida así tanto por héroes como por traidores, quienes son los más.

Perseguido por hablar cuando nadie más tenía una voz sincera que pudiera brindar esperanza y seguridad a la revolución, perseguido por hablar como nadie más habla hoy; con el corazón antes que los propios intereses, con la libertad deseosa de escapar de sus labios y engendrada por tinta y papel. Porque, señores, su anarquía no es la misma de la que hoy se tiene idea gracias a los noticieros, su anarquía era la que naturalmente cualquier hombre que se apropiase de la libertad predicaría al escuchar los clamores de su pueblo hundido. Estas ideas, las que necesita un pueblo que pierde la esperanza, se deben de mantener vivas, porque a diferencia de los hombres, las ideas revolucionarias luchan continuamente contra el desarrollo de la historia, y se mantienen ahí, escondidas para cuando una generación las vuelva a hacer suyas, las reinterprete y las distribuya rejuveneciéndolas. Si esto es así, aquí hay unas que seguramente hoy gritaría al pueblo de México: “El tirano no es producto de generación espontánea: es el producto de la degradación de los pueblos. Pueblo degradado, pueblo tiranizado. El mal pues está ahí: en la masa de los sufridos y los resignados, en el montón amorfo de los que están conformes con su suerte.”

Al terminar de escribir este artículo, sigo visualizando al anarquista Flores Magón, que hace estrellar sus molotov de palabras libres sobre las conciencias de jóvenes para que ardan en ideas que puedan contagiar a toda una nación.


Bibliografía sugerida: Abad, Diego (1978). Ricardo Flores Magón, el apóstol de la revolución mexicana. D.F. México, CEHSMO.24