Dos hombres de distintos tiempos se encuentran en el purgatorio, unidos por un libro.

Por Daniel Márquez Lima

—¿Que cómo encontré la postal? Parece que aquí no existe referencia alguna del tiempo, pero intentaré explicarme. Verá, fue durante esos días bañados en brisa y rociados con los pétalos del olmo. Eran los días y las noches de otoño. Un atardecer yo caminaba sobre la calle de Liverpool y el cielo goteaba con mayor pesadez. Huía de la lluvia y en la carrera entré, sin leer el dintel de la entrada, en una librería de viejo: afuera, la tormenta; adentro, el olor del papel roído por los años. Veía las baldas sin cuidado mientras esperaba el cese de la lluvia.
Me sentí atraído por un tomo francés de gramática. Pagué veinte pesos por él y volví a casa una vez terminado el chubasco. En la calidez del hogar hojeé la adquisición y encontré su postal de la Grand-Place de Bruselas. Vi la fecha y me pregunté, disculpe usted mi expresión: ¿qué diablos hacía un mexicano en Bélgica en 1914?

—Las coincidencias del tiempo nos han juntado, sí… mire, yo estaba en Bruselas por un acontecimiento político del que seguramente ya sabe. ¿Le suena el nombre de la Segunda Internacional? Fui un chico con unos padres desalineados, quiero decir en el sentido político. Vengo de una familia burguesa y de piel clara, sí, pero congeniábamos con las ideas del anarquismo. En México nos llamaron magonistas. No lo éramos realmente; nos agradaban ciertas ideas del socialismo, pero hasta ahí.

» ¿Eso no responde a su pregunta? Lo sé, pero deme paciencia. Yo tenía quince años antes de la revolución y ya había contactado con gente de Regeneración. Sí, exactamente ese era el periódico de Ricardo Flores Magón. Por la amenaza política, el gobierno de Porfirio Díaz comenzó una campaña de persecución contra todo disidente de su sistema, en especial contra los magonistas. Meses después mis padres fueron asesinados y tuve que abandonar el país.

» ¿Qué? ¿Pasa lo mismo aún? Hace mucho que no tengo noticias del mundo. Dígame, ¿qué pasó con la Unión Soviética? ¡Cayó hace trece años! …vaya sorpresa, mire que mi relato va hacia allá. Llegué a California. Ahí, muchos de Regeneración contactamos con una organización que pretendía llamarse Industrial Workers of the World. ¿Aún existe? Bueno, trabajé con ellos durante cinco años hasta su consolidación; gracias a ello pude aprender bastante bien el inglés. Me había alejado momentáneamente del peligro de colaborar con una organización de izquierda, pero a partir de cierta época muchos de mis colegas empezaron a radicalizarse. El ambiente se tensaba dentro del sindicato y tarde entendí que se debía a un panfleto que se tituló ¿Qué hacer? Lenin pretendía unir todas las izquierdas contra el imperialismo. Era un inicio de siglo confuso, puesto de cabeza, y nosotros lo íbamos a ordenar.

» Puse los ojos en Europa. Cuando era niño mi padre me leía a Gogol; recuerdo el Tarás Bulba. Será influencia de Lenin o aquel tesoro de mi memoria lo que me empujó a buscar en las inmensas estepas el recuerdo perdido de mi hogar. Puse el dedo en Rusia y creí que no pararía hasta llegar allá. Me convertí en un cosaco, en un nómada.

» Eso no explica nada de Bélgica, lo sé. Tenga usted paciencia. Soy un viejo de trece décadas y no he tenido a nadie para hablar, ahora quiero susurrarle hasta el más mínimo detalle de mi viaje.

» Estados Unidos había cerrado sus fronteras a los japoneses y los cruceros escaseaban de ese lado. No quise atravesar el Pacífico. El tráfico marítimo era vigilado de cerca por autoridades que no toleraban irregularidades que involucraran a México o a Japón; además, debo admitir que me espanta el frío siberiano. Decidí cruzar todo el país, el Atlántico y toda Europa para llegar a la Rusia de mi padre: la Rusia de Gogol y la Rusia de Lenin, a la Madre Rusia, al hogar que me prometí en Rusia.

» Jamás tuve acceso formal a la escuela. Mis padres me forjaron en casa bajo su concepción de la pedagogía y eso no da papeles. Robaba alimento, dinero y quité la ropa a los linchados negros de Alabama. No estoy orgulloso de ello. Jamás trabajé en la industria, jamás fui proletario y creo que titubeaba cuando me declaraba anarquista. Hubiera preferido que me llamaran Huckleberry Finn en lugar de anarquista. Realmente jamás tuve ese espíritu.

» Dos años me tomó llegar a Inglaterra. Siempre viajé como polizón, en tren y barco. En Londres fui acogido por otro grupo anarquista, estaban regados por todo el mundo. Me alojaron en una casa de Sidney Street. Permanecí el suficiente tiempo en Inglaterra para hacerme de contactos. Entonces recibí noticias de la Revolución Mexicana. La prensa mundial no creía el suceso, más pasados los suntuosos festejos del centenario de la independencia. Díaz invitó a una gran cantidad de representantes de todos los países y con eso se quiso asegurar su lealtad. Yo lo veía venir, lo esperaba. ¿Por qué no fui a la guerra? No lo sé, tal vez tampoco fui lo suficientemente revolucionario o lo suficientemente mexicano. México estaba en peligro de ser tragado por alguna potencia extranjera interesada en expandir su régimen colonial y no me interesó. Podría decirse que en esa época yo no tenía patria. He aprendido muchas palabras para describir mi situación: nómada, foráneo, extranjero, foreigner, étranger, inostranniy, Ausländer. Tengo el honor de poder ser calificado de esa manera por palabras de todos los idiomas.

» Bajé a Francia sin conocimiento de Francés. Dos días después salió en el periódico: La casa de Sidney Street fue sitiada por la Guardia Escocesa acompañada de nada más y nada menos que Winston Churchill. Todo mundo habla de la Gran Guerra y cómo los soldados se desmembraron en el frente, ¿qué hay de la guerra de comunistas y anarquistas contra el mundo?… ¿Qué? ¿Hablaron de ella después? Bastante tarde parece, pero entonces yo parecía exagerar. ¿Dónde me quedé? Ah, cierto, Francia. Ahí compré el curso de Francés de Laurive & Fleuri, ese que encontraste en la librería.

» Los gobiernos mexicanos se disputaban el reconocimiento de las potencias, eso lo has de saber. Yo leía los malos periódicos franceses (en una ocasión casi creo una nota de Le Monde que decía que Estados Unidos invadía México) y asistía a las reuniones de sindicatos que me quedaran cerca. Ganaba la vida haciendo traducciones mediocres del español e inglés. ¿Recuerda que le mencioné la Segunda Internacional? Pues la última gran convocatoria nos reunió en Bruselas. Ahí pude verlo todo, pude ver la decadencia del socialismo, del comunismo, del anarquismo, y de todas sus respectivas vertientes teóricas. ¿Me llama profeta? Creo que cualquiera que no estuviera educado con el ojo de la época lo podía predecir. Todos ponían la bandera delante de los intereses del socialismo; pero nadie entendía qué era el socialismo, salvo los rusos que se oponían a los alemanes; y nadie entendía qué era la bandera, ni siquiera yo lo he entendido.

» A nadie le gustaba el socialismo de nadie. A los nacionalistas alemanes no les gustaba el comunismo ruso. El de los alemanes era el partido mejor organizado de Europa y conocían los planes de los comunistas. Yo creo que ellos los llevaron a la guerra.

»El cuatro de agosto del mismo año inició el despliegue militar sobre Bélgica. Y heme ahí, en Bruselas, en la Grand-Place, escribiendo sobre una postal. Jamás la envié, la dejé adentro del Cours moyen de grammaire. La leíste, ya no estaba interesado en Rusia, ya no estaba interesado en México, ni en el anarquismo o comunismo o socialismo. Mis aspiraciones se marchitaron, fueron heridas de muerte junto a la pérdida de mis padres, fueron abandonadas por Tarás. Perdí interés en cambiar al mundo, no estaba en mis manos hacer más, la historia me rebasaba.

» Jamás llegué a Rusia. Yo morí por un tiro en la cabeza. No sé si me dispararon por ser extranjero, por no ser tan blanco, o por magonista; nunca lo sabré. A usted, ¿qué lo mató? »

—Hoy me dispararon una bala de goma durante una manifestación…