Para exigir justicia, ¿las marchas son suficientes? ¿Una revolución sin violencia es posible?

Por Daniela Muciño

Alguien que se ha ido físicamente no muere del todo si se encuentra en los pensamientos y acciones de las personas. Alguien que es olvidado muere de verdad. Morir es dejar de moverse, anquilosarse. ¿A cuántos humanos asesinados hemos dejado morir con nuestro olvido? De allí la importancia de tener presente a quienes ya no están, para que la injusticia no vuelva a repetirse, por ello es digno pedir que las condiciones que resguardan el crimen desaparezcan.

Hay grandeza en cambiar de actitud en nuestra pequeña vida diaria, pero no para perpetuar las relaciones actuales que se han ido deformando hasta un punto imperdonable, sino para ensayar nuevas relaciones sociales encaminadas a construir con nuestras manos un mundo más justo. No obstante, es dudoso que quienes se benefician del orden abusivo e inaceptable cedan a las demandas de cambio, por lo cual se necesita ejercer presión y forzar el cambio.

El gobierno de México es genocida y corrupto. Es rígido y sordo, no escucha a su pueblo e impone la paz con sangre y metralla. En ese sentido, el gobierno de México es poderoso, pero ¿no somos todos nosotros, sus gobernados, quienes le dan su poder?

En la coyuntura actual, muchos nos hemos preguntado si las marchas son el medio para lograr un cambio. Para mí, la respuesta negativa es clara. Así como que el oponente tiene más y mejores medios para destruir. La violencia es su arma. El miedo su silenciador. ¿Cómo enfrentarnos a tal opositor?

La violencia atrae a aquellos que buscan una solución inmediata; es aparentemente efectiva porque se puede ejercer con poca capacidad organizacional y sin reflexionar a fondo la naturaleza del conflicto y nuestra relación con él y, en conjunto, con el todo social. No obstante, el resultado de esta vía no es pacífico, ni profundo, ni duradero. Entonces, ¿es posible una lucha no violenta?

La respuesta es sí, y han tenido éxito. Ejemplos históricos tenemos, por mencionar algunos: el Movimiento de independencia Indio (1942–1945), la Revolución Islandesa (2008–2011), y el Movimiento español 15–M (2011).

La acción no violenta no significa no defenderse, sino utilizar estrategias que paralicen el poder del adversario mediante la no cooperación. Se trata de dejar de otorgar nuestro poder y consentimiento personal de manera colectiva. Este programa de lucha debilita al oponente y deslegitima el uso de la represión por la naturaleza misma de la lucha no violenta.

Hoy en día son las relaciones económicas las que mueven el mundo. Estas no son otra cosa que la relación concreta entre seres humanos para producir, intercambiar y consumir bienes, los cuales son productos del trabajo. Entonces, si somos nosotros quienes trabajamos, si somos nosotros quienes producimos los bienes y la riqueza, si somos nosotros quienes movemos al país: también somos nosotros quienes podemos paralizarlo; no tenemos más que detener la producción de riqueza, que es nuestra, pues es producto de nuestro trabajo y no de unas relaciones económicas que sentimos ajenas, abstractas y todopoderosas.

 La acción no-violenta se comprende de acciones tan variadas que van de la huelga (existen varios tipos) al boicot; de la desobediencia de una ley injusta al incumplimiento del pago de impuestos; de una “sentada” (protesta consistente en sentarse en un lugar estratégico hasta que las demandas sean cumplidas) al bloqueo cuerpo a cuerpo para evitar daños (por ejemplo a convoyes de residuos nucleares); de la no colaboración con cualquier acto solicitado por el violento a la superación de las raíces de violencia en uno mismo, o hasta la huelga de hambre.

Para que un programa de este tipo funcione, es necesario saber qué queremos, tener un objetivo común, incluyente y unitario, que permita a mucha gente sumarse a la lucha. La forma de hacer al enemigo negociar debe ser algo más que pacífica, debe ser transgresora y disruptiva pero sin acudir a la violencia, que engendra más, perpetúa las relaciones de subyugación y legitima la represión. La creatividad abre panoramas; el único límite es el miedo, el egoísmo, la indiferencia y la ignorancia del dolor ajeno. La no-violencia es un replanteamiento político desde lo ético. Es una manera efectiva de transformación en este ámbito, así como en lo social y lo económico.

Bibliografía recomendada:

Manual para campañas no violentas.

Castañar Pérez Jesús, Teoría e historia de la revolución no violenta, Virus editorial, Barcelona, 2013.