Han pasado casi 50 años de aquella tarde oscura para nuestra historia contemporánea, en la que se reunieron aquellos jóvenes que meses anteriores habían logrado lo impensable: despertar la conciencia de toda una generación…

Por Abel Iván Valdez Salinas

Han pasado más de 40 años de aquella tarde oscura para nuestra historia contemporánea, en la que se reunieron aquellos jóvenes que meses anteriores habían logrado lo impensable: despertar la conciencia de toda una generación, mexicana, en consonancia con el contexto generacional internacional. Parecía ser un movimiento no sólo social, sino un movimiento de conciencias, que apuntaba a la revolución cultural.

Estos nuevos términos asustaban a la politiquería nacional con su caciquismo déspota proclive a apagar cualquier ideología que no se alineara con las ideas establecidas dentro de los límites nacionales, llevadas a toda la población gracias a los nuevos medios masivos de “desinformación”, en donde el Huelum y el Goya con sus distintas consignas eran enmudecidos y sustituidos por alaridos de “revoltosos” en la conciencia pública. Así llego el 2 de octubre, la fatalidad sin anunciar, fatalidad sin nombre en sus medios, la tragedia sin voz, ya que no mereció si quiera las últimas páginas de algún diario.

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Ya que naturalmente a muchos de nosotros, “el nuevo México”, no nos tocó ser observadores o participes de tal movimiento, cabe cuestionar el significado del actual “2 de octubre, no se olvida” ¿Qué no olvidamos? No sólo no olvidamos la masacre y los muertos, hay que recordar el motor de ese movimiento, que es lo que mantiene en nuestras conciencias a esos jóvenes, ahora viejos, pero siempre jóvenes en esencia. No olvidamos la unión entre escuelas públicas y privadas, que derrocaron las barreras segmentarias encontrando su misma naturaleza, la educación, para concentrarse en un mismo objetivo: la libertad de expresión, decir, proponer y actuar sobre la injusticia vivida en aquel México, el mismo México de hoy.

No olvidamos las balas que perforaron los ideales, pero recordamos que estos últimos son más resistentes que cualquier calibre o metal, y aquellos ideales permanecen hasta hoy, inmaculados. No olvidamos la forma de actuar del gobierno y su despótica represión, porque hay que ser bestia para defender el trono de manera bestial, hay que ser gobierno a la mexicana para gobernar a la mexicana, aplastando para no ser aplastado, desinformado por miedo al conocer. No olvidamos las consignas, las pancartas, los carteles, que expresan y agrupan las peticiones en reclamos artísticos sin serlo, de manera colectiva y fraterna.

No olvidamos Francia, la Sorbone, Vietnam, Praga, Santiago, México, Tlatelolco, las tres culturas, a las cuales se le suma una cuarta, la rebelde, pero por ser cultura rebelde tuvo que pagar su cuenta histórica con sangre rebelde del pueblo. No olvidamos ser pueblo, ser comunidad participativa y crítica. No olvidamos el espíritu estudiantil mexicano, que hoy y a lo largo de los años no ha dejado de latir, antes 68 y 71, luego 80’s, el 99 y su resistencia autónoma, el #YoSoy132 y el nuevo despertar e integración de estudiantes de escuelas públicas y privadas, ahora la lucha por la autonomía politécnica y el grito solidario de la juventud estudiantil.

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Y por último, no olvidamos la indignación, nuestro principal motor, la indignación que nos sigue moviendo, la indignación que esperemos no desaparezca y nos ayude a caminar hacia la realidad por la que luchamos.