Hacer del día a día una fiesta. Gitanos que pertenecen a todos los sitios y a ninguno. Existir desde una estética kitsch. Embaucar, bailar, reír, amar: siempre desde un contacto lúdico con los otros. Crear la vida misma como ritual

Por Natalia Durand

Película: Gato negro, gato blanco, Emir Kusturica, Serbia-Francia-Alemania, 1998

Matko Destanov y su hijo Zare son gitanos que moran a las orillas del Danubio. Grga Pitic es un anciano que ha ganado una fortuna por falsificar whiskey, deudor de una extravagancia barroca que disfruta a lado de sus dos caricaturescos nietos. Dadan es un bandido acaudalado e histriónico que adora inhalar cocaína. Ida es una joven alegre de gestos bruscos que vive con su abuela, quien tiene un restaurante que ambas mantienen. Negocios turbios, matrimonios arreglados y panoramas surrealistas unirán la vida de éstos y otros personajes que rayan en lo grotesco.

Ciertos de estos gitanos se rodean de artículos que otros individuos desecharon, para resignificarlos no sólo por una necesidad funcional, sino por un afán inventivo que les es inherente. Los objetos usados, a través de concebir nuevas y estrafalarias cosas con ellos, renacen y conforman una realidad en apariencia carente, pero que es más bien fastuosa. 

gato_negro_gato_blanco-923883622-large

En Gato negro, gato blanco, el elemento festivo conforma todos los elementos de la vida cotidiana, donde el acaecer se ve impregnado por rituales de una naturalidad contundente: hacer de la vida un espectáculo. De este modo, se descubre esencial cohabitar con un elemento primigenio como lo es la música, ser desde ella, entregarse a la experiencia de lo sagrado que de ahí emana. Fluir con los impetuosos sonidos de cuerdas y viento tradicional gitanos que remiten al origen, como recordatorio de la indisociabilidad entre hombre, arte y juego. 

Aquí los animales habitan indistintamente: los espacios se apropian por igual. Risas estridentes que se difuminan entre graznidos; estancias cotidianas donde gritar puede ser mugir, donde nada impide ni extraña bailar a la sazón de una cabra. Un gato negro y otro blanco como observadores y partícipes de lo insólito. 

f78873d3904a0403b761e1d1031e60c8

Gran parte del cine de Emir Kusturica —quien por cierto, también es músico—, como es el caso de este filme, enmarca sátiras políticas que develan desde una mirada sardónica, la desintegración de Yugoslavia y sus consecuencias. El director serbio reinventa la situación crítica de su región a través de personajes que desde el exceso, se mofan de las arbitrariedades de un sistema que se encargó de saquear y violentar.

Aunque pareciera que este universo es caótico, aquí los tiempos son precisos: responden a un orden de los ciclos de la naturaleza. De tal suerte, el destino y la magia se distienden como una emergencia coherente y fundadora.

Cuando lo inverosímil atraviesa la lógica, un devenir de lo sagrado es posible. En este ámbito, renacer de la muerte, por ejemplo, no cobrará desconcierto. El amor marcará el inicio de un porvenir lúcido que destierra el pasado sombrío; un porvenir ya tangible. Estar vivo implicará la fiesta que amerita el día a día, pues irremediablemente, habitar el mundo debe ser un ritual festivo.1393621191046