Por Viridiana Ortega Saínz

En un principio, no pensamos que escribir este artículo fuera a ser tan difícil. A pesar de todo (y con impotencias en los ojos), lo empezamos y no podíamos hacer más que terminarlo

En alguna clase de literatura nos encontramos con Juan Rulfo. A decir verdad, en la prepa uno no hace mucho caso, la mayoría de nosotros vivimos en la burbujita en la que “no pasa nada”, hasta que sí pasa y de repente ya no hay en donde pisar, nos empezamos a ahogar (en un vaso de agua) porque algo se atrevió a mover un mundito.

Notamos el desinterés de varios de nuestros compañeros al hacer la lectura de El llano en llamas. La verdad es que su actitud nos pareció algo irritante, aunque quisimos darle la menor importancia. Con todo, no los culpamos; llevábamos sentados varias horas entre cuatro paredes que sólo reflejaban el aburrimiento del día, porque las clases se quedan dentro de la muralla, ni que nos fueran a servir de algo afuera. El murmullo disimulado hacía tanto ruido que el Koala –de esos apodos que uno le pone a sus maestros– al fin se exasperó y, en un supuesto regaño, nos dijo que comenzáramos a leer individualmente, sentándose en el escritorio del salón. Instantes después ya estábamos perdidos en la lectura.

"Acuérdate", Sergio Michilini.

“Acuérdate”, Sergio Michilini.

Las realidades de El llano en llamas eran envolventes, reducían nuestro mundito al mínimo, abriéndonos los ojos al leerlas. En cierto sentido, aunque no tanto por su contexto histórico, no nos parecieron alejadas de los aconteceres ni de los padecimientos actuales. Las comodidades que tenemos no siempre existen, ni en todos lados.

En fin… dejamos ese planeta tan “distinto” del nuestro un tiempo en el librero (varios meses). Nos causó conflicto. Aunque tal vez nuestro mundito ya estaba un poquito roto, el libro terminó por hacernos cuestionar un gran problema del mundote: la sociedad. Los reflejos de El llano en llamas nos hicieron mirar hacia la pobreza, las necesidades, los sueños que no se hacen y se derramaron en rojo, hacia la soledad de los pueblos y el cinismo del gobierno. Hacia los ambientes inhóspitos que sirvieron de refugio, de no hay adónde más ir.

Algunas experiencias después, y recién saliditos del bachillerato, nos atrevimos a tomarlo de nuevo, esta vez un poco más sólidos y dispuestos a entender. Nos llamó la atención el cuento que le da nombre al libro. En el cuento leímos la revolución sin pies ni cabeza; la esperanza esfumada y las colectividades ciegas huidizas a las decisiones individuales, esperando siempre por alguien a quién seguir. Pareció detenerse el tiempo mientras el Pichón nos contaba el relato, la historia la leímos desde sus sentidos: Pedro Zamora y sus tropas jugando a los toros, matando federales, robándose el ganado e incendiando las haciendas, agarrando muchachas. El Gran Llano caluroso y pesado, los asesinados y colgados en las calles. La crueldad no estaba disfrazada. Los revolucionarios hacían y deshacían, la vida les parecía una broma y le jugaban a la muerte sin más. Las tropas eran conocidas por su malicia. Los querían lejos a todos. Cuando se hicieron menos tampoco los quisieron. Vivos de casualidad, terminaron como pudieron. Nos asustamos un poco, pero en el cuento también nos percatamos de algo particular: no nos acordábamos si en los libros de Historia también nos enseñaban eso o si lo sabíamos quizá por historias de las abuelitas. Lo cierto es que las cosas se voltean y resulta que la revolución no era la excepción.

"Luvina", Sergio Michilini.

“Luvina”, Sergio Michilini.

De cierta manera, nos enfrentamos a nosotros mismos en el cuento, con el futuro incierto y el presente lleno de ambigüedades. Buscamos un poco a alguien que tomara nuestras decisiones por nosotros. Ajenos a nuestra propia realidad, añorando el pasado sin responsabilidades, íbamos por donde sea que nos llevara la vida, sin ninguna conciencia. Escondidos en nuestro mundito, tapándonos los ojos para no ver lo que no nos gusta, pero que aunque no nos guste es cierto. Un algo nos hizo despertar, vernos en la sociedad en la que nos desenvolvemos y cuestionar las cosas que se hacen y las ideas en las que se piensa; la realidad en la que vivimos y el papel que tenemos en ésta. Cuando regresamos a mirarlos, ellos nos desilusionaron un poco. Después entendimos que, aunque no todos los despertares vienen al mismo tiempo, ni en la misma forma, nadie puede tener los ojos cerrados tanto tiempo.


Ilustraciones retomadas del Proyecto Juan Rulfo, El llano en llamas de Sergio Michilini.