Por Juan Pablo Ramos

Más de veinte años después de su lanzamiento, indago en la joya de la cinematografía cubana Fresa y chocolate, basada en el relato El lobo, el bosque y el nuevo hombre de Senel Paz.

Alejado de los ejercicios dialécticos de sus primeros filmes, el director cubano Tomás Gutiérrez Alea optó por el melodrama en su célebre filme de 1993, Fresa y chocolate. Reconocida además por haber sido la primera cinta cubana en aspirar a un Oscar, Fresa y chocolate, más de veinte años después, sigue formulando preguntas en torno a la identidad gay.

El cine gay es una industria; año tras año aparecen filmes, de distinta índole y calidad, que abordan (cada vez de forma más explícita) la vida entre parejas del mismo sexo; sus dichas y desdichas. Pensemos en filmes tales como The Doom Generation (1995), o churros como Not Another Gay Movie (2006), o filmes que han adquirido un estatus de culto, tales como Tom à la farme (2013) de Xavier «mujer casos de la vida» Dolan. Y por mencionar dos títulos latinoamericanos: El lugar sin límites (1977) de Ripstein, y la coproducción del 2009, Contracorriente.

fresa-oscar

Pero Fresa y chocolate no es una mera reflexión sobre ser gay. Más bien es una reflexión sobre descubrir al otro. «El otro» es un tema propiamente contemporáneo, desde Lévinas hasta la narrativa de João Gilberto Noll. Forjada la conciencia del otro, nos descubrimos, a su vez, a nosotros mismos.

Tras una decepción amorosa, David, estudiante de Ciencias Políticas y militante de las Juventudes Comunistas, va a comerse un helado a Coppelia. Ahí lo aborda un homosexual, Diego, quien lo invita a su departamento. Después, un amigo le dice que Diego puede representar una amenaza política, y lo incita a seguir visitándolo. Gradualmente, haciéndola de espía, David aniquilará sus miedos e intolerancia, mismos que siempre parten de un «desconocimiento del otro».

Curiosamente, cuando apareció Fresa y chocolate, la comunidad gay de Miami atacó al filme. Paul Julian Smith, en una reseña publicada en 1994 titulada “The Language of Strawberry”, señaló que la intención de Alea no era, desde luego, hacer queer cinema (ver Campa Marcé, 2002). En resumen, que la representación del homosexual era débil, con ocasionales destellos estereotípicos. Sin embargo, precisamente en su autonegación como cine queer radica su mayor mérito.

Si Diego puede parecer acartonado, se debe a que es un héroe camp: un connoisseur de ópera, devoto de Lezama Lima. Exuberante, teatral e irónico, Diego establece con el camp su otredad. El camp: ese viaje de lo serio a lo frívolo; la estética que celebra lo corny flamboyant; que nada tiene que ver con los machos estilo Tom de Finland que hoy dominan los afiches de la publicidad gay. En efecto, Fresa y chocolate propone dialogar sobre una machofobia, por encima de una homofobia.

Diego (Jorge Perugorría) y David (Vladimir Cruz), fotograma de Fresa y Chocolate.

Diego (Jorge Perugorría) y David (Vladimir Cruz), fotograma de Fresa y Chocolate.

El filme incluso omite alusiones al acto homosexual. Partiendo del trauma de David, producido por su desencanto amoroso, la amistad con Diego suplirá el placer del sexo con una mujer mediante lecturas, música y comida. No es, como se podría afirmar, el heterosexual quien aprueba al homosexual, como tolerancia postiza. En su intento por erotizarlo, Diego acaba por educar sentimentalmente a David, todo gracias a sus dotes de conversador wildeano.

Fresa y chocolate desafía las narrativas contemporáneas en las que surge la peripecia por un casual hook-up entre dos hombres. Se frustra la caza; los personajes descubren emociones de mayor trascendencia. Además, el filme adquiere mayor profundidad teniendo en cuenta el historial de Cuba con la represión de la comunidad gay (como vemos en el documental Conducta impropia). Diego aparece, sí, como un marginado trágico, pero también como alguien que se regocija en su tragedia. Decía el poeta Elías Nandino, y aquí me incluyo, que «la gente tatuada con el homosexualismo, si no tiene ingenio, la pisan dondequiera»

Al final, los dos amigos regresan a Coppelia, donde David recreará el abordaje de Diego. David ha sucumbido a esa gran representación camp de Diego, como diciéndonos: la vida —con sus códigos, sus ideologías, sus prejuicios— no es otra cosa que puro teatro.


Referencias:

Campa Marcé, Carlos. “Estudio crítico” en Gutiérrez Alea, Tomás y Juan Carlos Tabio. Fresa y chocolate. 2002.