Por Andrés Emiliano Sierra Martínez
Foto Chase Dekker Wild-Life Images/Getty Images

En el mes de octubre ocurrió un acontecimiento importante en el ámbito de los esfuerzos internacionales para hacer frente a los efectos del calentamiento global. Se trató de un acuerdo firmado por representantes de aproximadamente 200 países en el cual se comprometen a retirar progresivamente los hidrofluorocarbonos (HFC), para prácticamente eliminarlos de sus emisiones en los próximos 50 años.   Esto se debe a que los HFC, utilizados principalmente en los aires acondicionados y sistemas de refrigeración, son Gases de Efecto Invernadero sumamente potentes, y sus emisiones contribuyen al calentamiento del planeta. El acuerdo para la eliminación de estos componentes generó optimismo entre distintos líderes mundiales, y esperanzas de que es posible la cooperación internacional para el desarrollo sustentable.

Hasta ahora parece que todo va bien, pero el asunto se vuelve complejo cuando tomamos en cuenta que los HFC fueron introducidos en el mercado como un sustituto de los componentes clorofluorocarbonados (CFC), utilizados para las mismas actividades, desde los años 90 con la entrada en vigencia del Protocolo de Montreal. Esta decisión se tomó porque los CFC eran los principales responsables del agotamiento de la capa de ozono. Tras su sustitución por los HFC, los niveles de ozono en la atmósfera han dejado de caer, aunque la capa de ozono no necesariamente volverá a su estado pre-agotado. Aunque se ha resuelto el problema del ozono, al menos por ahora, otras amenazas ambientales surgen por la actividad humana, y se hace necesario tomar decisiones nuevamente.

Ahora bien, las decisiones que toman los organismos internacionales parecen ir resolviendo un problema, pero movilizándolo hacia otros asuntos. Pareciera que solamente se mueven los conflictos y afectaciones, de un aspecto del deterioro ambiental hacia otro. Pareciera que las decisiones que se toman dependen de la coyuntura y se elije, de alguna forma, el menor de los daños planetarios posibles. Dejamos de destruir el ozono pero calentamos el planeta, dejamos de contaminar la tierra pero envenenamos el océano, dejamos de utilizar combustibles fósiles en las termoeléctricas pero acaparamos el agua para generar electricidad con enormes presas, entre tantos ejemplos.

Todo esto se ha llevado a cabo sin cuestionar de fondo el sistema económico que ha generado estas afectaciones al medio ambiente. Elegir entre calentamiento u ozono es como dar por hecho que alguno de los dos aspectos deberá ser irremediablemente afectado por la actividad económica. Si se trata de elegir, ¿hemos de elegir entre estas opciones? ¿Hay otras opciones y otras formas de pensar en la decisión? ¿Quién determina cuáles son las alternativas que se nos ofrecen ante el colapso climático antropogénico? No es que nunca haya daños o afectaciones negativas a terceros con nuestras acciones, pero ¿hasta qué punto damos por hecho que no podemos más bien cuestionar el sistema económico actual como una forma irracional de conducirnos en el planeta?

Otras elecciones

En otros escenarios también pareciera que se tiene que tomar una decisión entre dos o más opciones que representan algún tipo de sacrificio. La toma de decisiones además es acaparada por los centros de expertos determinados por los líderes internacionales, que muchas veces más bien responden a los intereses de las élites económicas y políticas del planeta. En esta cúpula de expertos y administradores queda la decisión sobre los aspectos del planeta y el territorio que hemos de devastar con la búsqueda incesante de ganancias económicas, o la necesidad de hacer frente a las consecuencias de esta lógica para restablecer la situación de business-as-usual, los negocios como siempre.

Por ejemplo, se presentan en los territorios de México decisiones sobre utilizar combustibles fósiles altamente contaminantes de la atmósfera o invertir en megaproyectos eólicos e hidroeléctricos. El asunto es que con estos megaproyectos hay afectación a las actividades económicas de los pueblos, destrucción de la biodiversidad, despojo de la propiedad de los habitantes del territorio y desplazamiento de comunidades enteras. Se tiene que decidir entonces entre seguir explotando petróleo o afectar los territorios de miles de habitantes. También ocurre esto cuando se decide entre los combustibles fósiles o la utilización de enormes cantidades de hectáreas expropiadas a los campesinos para la producción en masa de biocombustibles a través de monocultivos. El asunto es todavía más grosero cuando se trata de la geoingeniería, pues se tiene que decidir entre la generación de espejos artificiales en la atmósfera para la desviación de los rayos del sol, la inyección del carbono en la tierra, la implantación artificial de nubes en caso de sequía o de ondas de calor. La geoingeniería implica toda manipulación artificial de los sistemas de la tierra, sin resolver el verdadero problema.

Estos son escenarios complejos, en los que no es sencillo inclinarse a favor o en contra de los proyectos en abstracto, sino observando las condiciones concretas de toma de decisiones, sin pasar por alto ni desestimar el grave atropello a los derechos de los pueblos. Si se trata de decidir, más bien habríamos de pensar en formas de relacionarnos que no incluyan la depredación ambiental ni la explotación humana.

Momento de decidir

El interés de este escrito no es sugerir que existan alternativas sencillas, ni proyectos de desarrollo que no impliquen la negociación, sino llamar la atención sobre los términos en los que se plantean estas decisiones. Es reflexionar en cuáles son las formas en las que se construyen las alternativas propuestas, y qué discursos se esconden detrás de la toma de decisiones actual, para poder entonces cuestionar estas lógicas desde la raíz, apostando por una construcción de rutas posibles a partir de la organización de los afectados ambientales.

Si se trata de elegir, ojalá estemos bien orientados para saber hacia dónde movernos, y tomemos la decisión a tiempo. Ojalá sepamos cuestionar y criticar de fondo el sistema económico que ha puesto en la mesa este tipo de decisiones, dando por hecho que no hemos de pensar en alternativas más allá de las que se plantean desde arriba. Con todo, los movimientos sociales aprenden caminando desde abajo, y será fundamental que, tanto el que escribe como los que leen estas líneas, sepamos dejar de lado la pantalla como única trinchera de lucha.