Este año se cumple una década del estreno de El Violín, una película inspirada en los años más duros de la Guerra Sucia en México. Desde entonces, ¿ha cambiado el país o seguimos padeciendo las mismas crueles injusticias que sufren los personajes de este filme de Francisco Vargas Quevedo?

Por Enrique Mendoza Ruiz

El capitán le pidió a Plutarco que tocara algo de música para él. En el camino, tras encontrarse con los militares, no tuvo más alternativa que dejar a su burra y acompañarlos, pues el capitán le insistió al viejo campesino que le diera las clases de violín que días atrás le prometió. El estuche de Plutarco, sin embargo, en lugar de tener adentro un instrumento, estaba vacío.

Logró engañar a los soldados con su apariencia inofensiva. Todos los días iba a su comunidad para extraer municiones que escondía en el estuche de su violín, que más tarde le entregaría a los guerrilleros. Nadie sospechaba de él, un “viejo pendejo”, pero su mentira había caído. El capitán salió de una cabaña con su violín bajo el brazo. Plutarco atónito, pasando su mano entre el seguro del estuche vacío y una pistola escondida, ya no podía negar los hechos. “¿Qué pasó Plutarco? No oigo música”, ironizó el capitán. Plutarco decidió abrir el estuche mientras el militar se acercaba. Al recibir su instrumento de manos de su captor, el octogenario músico acomodó el arco en el muñón de su mano amputada. Sin embargo, la llegada de un convoy cargado con rebeldes prisioneros lo detuvo. Entre los cautivos estaba su hijo, Genaro. “¿Qué pasó Plutarco?”, insistió sonriente el capitán. Sin responder, Plutarco se quitó el arco de la mano y acarició lentamente las cuerdas de su violín. “Tóquele, viejo”, ordenó el militar, contrariado. El viejo músico volteó a ver inmediatamente al capitán. Sin decirse nada, ambos se miraron de igual a igual por un segundo. “¡Qué toque le estoy diciendo!”, rezongó el hombre sacando su pistola. A su alrededor, el resto de los soldados los observaba mientras que su hijo junto con el resto de los cautivos eran llevados al interior de una cabaña. Plutarco respondió guardando por completo su violín. Cerró la tapa de su estuche y el arma oculta que no podía servirle de nada. El capitán cortó cartucho. “¡Le estoy ordenando que toque!”, ultimó. Volviendo a mirar a su captor de frente, el violinista le respondió tranquilamente: “Se acabó la música”.

El Violín, estrenada en 2006,  del cineasta Francisco Vargas Quevedo, fue una película que a pesar de su escasa difusión comercial logró reunir cerca de 53 premios  en eventos como el 59 Festival de Cannes a mejor actor, director, guión, producción y fotografía, en el que, por cierto, el músico guerrerense Don Ángel Tavira –quien dio vida al personaje de Plutarco Hidalgo– ganó el premio en la categoría de mejor actor.

La historia, inspirada en uno de los episodios más crueles de la Guerra Sucia en México, narra la lucha que entablan Plutarco y Genaro para defenderse de los embates de un gobierno que no ha hecho más que someter a sus comunidades a una vida de represión y pobreza.

Así, mientras Genaro organiza desde la clandestinidad una resistencia armada a lado de hombres y mujeres que comparten su misma indignación, Plutarco hará todo lo posible por ayudar a su hijo mientras cuida a su nieto, Lucio, en la ausencia de su padre.

 

Un espejo en el que nos seguimos reflejando

La película se relaciona con la Guerra Sucia, en buena medida por los nombres de sus personajes principales –Genaro y Lucio-, aunque no hay ninguna otra referencia directa a este periodo histórico,  por la manera de hablar de los personajes, los creadores nos permiten suponer que la historia transcurre en algún lugar de México y no en otra parte de América Latina. Fuera de estos aspectos, la historia es casi por completo atemporal e independiente de un lugar definido. Si la lucha de Plutarco, Genaro y Lucio ocurrió en México, pudo haber ocurrido en el Guerrero insurrecto de los años setenta o en cualquier parte del país  de hoy en día, donde debido a que las desigualdades que habían motivado a varios hombres y mujeres a tomar las armas hace casi cuatro décadas siguen  vigentes actualmente.


Abusos como los ocurridos en Tanhuanato, Oaxaca y Atenco nos recuerdan con facilidad la escena del interrogatorio que termina con la tortura y violación de una mujer detenida por elementos del Ejército; la extorsión que sufre Plutarco al ser obligado a firmar un papel en blanco por parte de un hacendado no es algo que tampoco haya quedado enterrado en el pasado, como tampoco el hecho de que miles de familias vivan en circunstancias de pobreza extrema en el México rural y urbano. La vigencia de estos problemas, tan dolorosos que nos cuesta trabajo reconocerlos, es lo que Francisco Vargas Quevedo, director de la película, trata de presentar a su público, haciendo de El Violín una de las mejores representaciones cinematográficas de un pasado que no hemos superado todavía.