El antes y después del Río de las Tortugas en fotos

Por Enrique Mendoza Ruiz

La primera vez que llegué a Atlatlahuacan fue hace veinte años. Me habían traído mis padres en uno de los viajes familiares que solían programarse para cada fin de semana. En este lugar había un río en el que podía nadar, un calor formidable y barranquillas rebosantes de matorrales espinosos y sepias.

Hoy en día el sol sigue calentando todo lo que encuentra a su paso a pesar de las nuevas colonias que han aparecido en la zona, mientras que el lomerío aún exhibe su dorada vegetación espinosa. Sin embargo, el río de las Tortugas, como le llaman los habitantes de la zona, ha cambiado de aspecto. Aunque el paso del tiempo fue más generoso con el centro del pueblo –tuvo una remodelación que incluyó pintura de un mismo color para decenas de casas, un kiosko monísimo y una fuente danzarina en frente del Palacio municipal1– el río y sus alrededores pasaron de ser el hábitat de aves, reptiles y mamíferos pequeños a un maloliente canal de aguas negras al que cada vez será más difícil devolverle su aspecto original.

Tuberías improvisadas con tubos de PVC o simples mangueras de hule descienden de casas e invernaderos hasta la barranca donde corre, en temporadas de lluvia,  agua gris y espumosa. El lecho del río, antes cubierto de rocas pulidas, se ha llenado en su mayor parte de una arena casi negra, neumáticos usados, basura, animales muertos y cascajo de construcciones, mientras que los puntos donde el agua cae ruidosamente a través de paredes de roca lisa sólo recuerdan un tiempo donde era posible zambullirse de pies a cabeza en el río y llevar animales de corral a beber de sus aguas por las tardes.

Atlatlahuacan, cuyo nombre significa “Donde hay agua rojiza o colorada” es un pueblo ubicado al norte de Morelos al que se puede llegar fácilmente por carretera. El Río de las Tortugas, que recorre parte de sus límites, es sólo uno de los brazos de una amplia red de ríos y riachuelos que tienen su origen en los manantiales que nacen en Oaxtepec y desembocan en el río Yautepec, a 31 kilómetros de distancia. Éste afluente, como siete de cada diez ríos en México, está contaminado. A la pregunta de  si alguien –gobierno o ciudadanos– ha intentado limpiar tanto el río como sus alrededores la gente responde negativamente. No hay dinero ni gente suficiente para tal tarea.