¿Cómo soltar al amor de tu vida?

Estaba frente a ti, observándote desde hace tiempo. De vez en cuando tus ojos se cruzaban con los míos, sostenías la mirada poco tiempo y parecía que querías decirme algo pero hoy no lograba descifrar tu mensaje.

Nuestros cuerpos se encontraron y dirigiste tu mano hacia mí, lograste alcanzarme y percibí una leve caricia como si quisieras decirme algo, darme alguna señal de tus pensamientos pero, de nueva cuenta, no logré descifrar tu mensaje.

Por fin ha llegado la noche y nuestros labios han logrado juntarse. En este momento efímero, de boca sobre boca y, sin palabras, me has transmitido la fórmula  para entender cada mirada, cada caricia y cada beso que hemos compartido.

El mensaje es desalentador, me dice que hemos estado viviendo tiempo robado. Que tus ojos no son míos, que mis manos no son tuyas y que nuestros labios tienen otro hogar.

No significa que no te quiera, es cierto que mi corazón se rompe cada vez que te vas. Es cierto que en mi pecho encuentro una sensación de sofocante vacío cada vez que te veo cruzar el umbral, sabiendo que el reencuentro podría no darse nunca.

Tomé tu mano, la llevé a mis labios y la besé. Un gesto que pretendía ser romántico terminó diciéndome la verdad: estaba besando una mano prestada; lo hice con cariño, porque te quiero, pero ese beso estaba maldito.

Queríamos creer que lo nuestro estaba bien, queríamos ignorar por sólo un momento que hacíamos mal. Queríamos burlar la realidad aunque fuera por sólo unos segundos de la noche.

El fatalismo optimista que rodeaba nuestra extraña relación nos ocultaba que lo nuestro es algo que nació muerto porque insistíamos en mantenerlo a contrarreloj hasta que la realidad nos alcanzó. Porque en cada gesto, mirada, caricia y beso está esa sensación de que estamos viviendo tiempo robado. Algo en ese momento daba la ilusión de ser, pero pronto dejará de serlo.

Quizá un día ya no te veré subir estas escaleras. Quizá un día subas las escaleras, atravieses el pasillo, voltees a los lados y yo ya no me encuentre aquí. Asusta pensar que ese momento pueda ocurrir, pero cuando ese día llegue, el dolor se convertirá en alivio; es mejor soltar que retener.

Y sé que voy a estar mejor cuando te vayas; las células malignas dejarán paso a nuevas y mejores historias. Tus ojos ya no serán un tormento ni tu cuerpo un deseo inconcluso; ese día, libre de tu hechizo, podré al fin respirar.

Por Teolinca Velázquez
Foto Jacob Aue Sobol, Magnum photos