El asesinato del activista tarahumara es un golpe contra la resistencia indígena que se opone al saqueo de los recursos naturales

Por Andrés Sierra

Esta semana nos hemos consternado por violentos acontecimientos en nuestro país; uno de ellos es el asesinato de Isidro Baldenegro, defensor de los bosques de la Sierra Tarahumara, un caído más en la larga guerra que libra la vida en nuestro planeta y los derechos de los pueblos contra el sistema económico actual. Isidro, un indígena tarahumara con una larga trayectoria de liderazgo y defensa de los bosques de las comunidades, fue encontrado muerto en casa de un familiar suyo el fin de semana pasado.

Este activista se enfrentó a la tala desmedida de árboles en las zonas forestales que conforman el espacio vital del pueblo tarahumara; al hacerlo estaba protegiendo no solamente al medio ambiente, sino los derechos humanos y, particularmente, los derechos de las comunidades indígenas.

Isidro Baldenegro  junto con miembros de la comunidad Tarahumara, Coloradas de la Virgen, Chihuahua, donde se oponen a la tala ilegal.

En México se asesina a los defensores de los derechos humanos con impunidad, a causa de intereses políticos y económicos, discriminación racial, corrupción de las élites, así como con el panorama general de devastación ambiental que enfrentamos. Quisiera orientar nuestra reflexión hacia cómo este asesinato no ocurre en medio de la nada, sino en un contexto de fuertes conflictos sociales por asuntos ecológicos en México y América Latina.  

Hoy existe en nuestro país la posibilidad de que se conforme una red de defensa del territorio en toda la región. Por eso el asesinato de un líder defensor de la Sierra Tarahumara es un golpe para todo el movimiento ecologista y para los derechos humanos. Por eso es un mensaje en tiempos de guerra. Es un mensaje de agresión dirigido a todos los que resistan a las estrategias de saqueo de los recursos naturales, no sólo en México, sino en América Latina y la destrucción del medio ambiente a nivel mundial. Al mismo tiempo es un eslabón más de toda la cadena de ultrajes cometidos contra los pueblos indígenas; excluidos, discriminados y marginados en nuestros países.  

Hay otro elemento importante que tomar en cuenta en este contexto y es la actitud de las autoridades. En efecto, los dirigentes de las naciones en América Latina aseguran que están tomando las acciones necesarias para resolver tanto la crisis ecológica como la crisis de derechos humanos. Se afirma que ya se han tomado decisiones que revertirán el cambio climático. Incluso el presidente los Estados Unidos llegó al exceso de negar que existe cambio climático. En efecto, la Casa Blanca recortó –y prácticamente desapareció– de internet el espacio dedicado al calentamiento global a las pocas horas de la llegada de Donald Trump a la presidencia de EU. Al mismo tiempo que se asesina a activistas y defensores de los derechos humanos, se afirma que no existen problemas serios de los cuales preocuparse. Está claro que la estrategia es la de el despojo violento de los recursos; paralela a la construcción ideológica de un escenario en el que no existen problemas o en el que ya se están resolviendo gracias a la intervención de las autoridades.

El nuevo gobierno de EU eliminará la regulación sobre cambio climático y agua, bajo el argumento de que daña a la industria energética.

Esta estrategia nos acerca a un escenario de guerra de contrainsurgencia. Y es porque hay una insurgencia, una resistencia y una rebeldía a nivel mundial en contra del sistema económico actual y sus consecuencias socioambientales. Diferentes grupos se movilizan en latitudes variadas de nuestro continente. Hemos visto los últimos años la fuerza de asociaciones de campesinos e indígenas en países como Argentina o Bolivia, el MST en Brasil, el activismo contra las mineras en Perú, contra los megaproyectos de diversa naturaleza en México y Centroamérica, etc. También se presenta este panorama en Canadá y Estados Unidos donde hubo un movimiento amplio de defensa de los territorios indígenas amenazados por la extracción de hidrocarburos no convencionales y la construcción de infraestructura para la industria energética. La resistencia está viva y es valiente.

Frente a una crisis de esta naturaleza, la lucha se presenta en diferentes espacios. La resistencia implica incluso el riesgo de morir, como ha ocurrido con Isidro. Su asesinato nos recuerda que nos enfrentamos a un problema real, que la guerra contra el planeta y sus pueblos existe. No es tiempo de ignorar a Isidro y a tantos otros cuya sangre se ha derramado injustamente en nuestras tierras, ni de permanecer inactivos frente a la hipocresía de los gobernantes.

Los ultrajadores y sus cómplices intentan apagar un fuego con estas acciones, pero será difícil contener el incendio que representan las voces de los que defienden sus bosques. Hoy la organización indígena a nivel nacional puede representar una alternativa frente a los escenarios de destrucción de la dignidad humana y del medio ambiente. Las organizaciones indígenas son espacios de resistencia digna y de rebeldía urgente para trazar caminos hacia un mejor futuro en México.