¿Qué pasa en nuestra mente durante el orgasmo?

Por Miguel Ángel Teposteco

Tras la ropa y el tejido hay un objeto sensible que recibe pequeños golpes del exterior.

Está guardado en cada espacio biológico, como una campana, con una onda potencial que viaja por el agua del cuerpo.

Un momento antes de eyacular, los ojos pueden cerrarse para sentir la onda en movimiento que regresa, que juega por el tórax, los dedos, se concentra en los genitales y suelta toda su potencia en un sólo punto.

Ahí aparece un puente sobre el vacío.

El empujón activa el objeto del cuerpo ajeno. Se toca la campaña, se reproduce el sonido y en la mente del usuario una cadena ininteligible adquiere coherencia. Uno tras otro los rayones se agrupan, florecen y aparecen los símbolos.

El mensaje contenido se mantiene íntegro, sin importar el orden de los caracteres. Una bala lista y la pupila externa donde ésta, aterrizará. Es la historia de las guerras encerrada en la cúpula de un párpado.

Para este tipo de intercambios el agua es una necesidad, así como dos o más puntos de partida para las ondas.

Y pueden existir inconvenientes, como dos o más sujetos incorcordantes con todos los demás sujetos nacidos en su época. Sus manos tocan piernas, pecho, estómago, pies, dedos, palmas, ojos y demás, intentado desencadenar la reacción deseada.

Esa onda artificial otorga privilegios internos, como la comunicación trascendente con todos los Yo cautivos en todos los Tú y en todos los Nosotros.

Pero hay siempres que no se encuentran nunca.

Al no encontrarse y sí perderse, los siempres acumulan ausencias en el nunca. El nunca se hace pesado y en el peor de los casos, asfixiante.

La asfixia pasa a un cuarto y la onda simulada termina por salir del cuerpo, después de sobresesiones de sobreestimulación.

La onda simulada choca con las paredes y recorre el aire y el piso, perturbando ciertas partes de la oscuridad como una piedra que cae violentamente sobre el agua. Los enjambres de moscas se despiertan y el cuerpo humano en cuestión queda envuelto en un capullo de zumbidos del que es imposible volver a escapar.