¿Moda o necesidad laboral? Dos actores explican por qué el teatro en departamentos se está volviendo una práctica frecuente

Por Enrique Mendoza Ruiz

Tras un breve silencio la obra ha terminado. Uno a uno los aplausos empiezan a recorrer el interior de la sala mientras que las actrices, esbozando sonrisas, vuelven a ser las personas que eran hace dos horas. La obra, al parecer, fue del gusto de todos. Dichas unas palabras de agradecimiento por parte de las artistas, un diligente chico hace circular un sobre amarillo entre las manos de los asistentes quienes lo devuelven cerrado al cabo de unos minutos. Si la noche fue buena habrá dinero suficiente para pagarles a cuatro personas, en caso contrario, cuando menos alguien del público podría recomendar la obra. La próxima semana, actrices y asistente tendrán que probar suerte en un lugar distinto.

Ante la falta de espacios para montar puestas en escena junto con la poca rentabilidad de los teatros en la Ciudad de México, muchos actores y actrices han tenido que recurrir cada vez más a realizar sus obras en casas o departamentos para recibir una mejor remuneración económica por su trabajo. La ventaja de ello, por una parte, es que la cercanía y poca formalidad que hay entre los actores y el espectador hace que esta práctica sea atractiva y relativamente fácil de realizar; la desventaja, por otra, es que esta forma de hacer teatro es apenas un poco más redituable que el teatro convencional.

Para Daniela Esquivel e Yver Sorród, dos actores que han participado tanto en este tipo de eventos como en puestas en escena convencionales, el teatro en departamentos es un paliativo para un problema mucho más complejo: mientras que un grupo muy reducido de artistas y productores cuenta con un presupuesto formidable y un teatro completo a su disposición, gran parte de las personas que se dedican a las artes escénicas tienen que realizar una gran cantidad de trabajo no remunerado para difundir, estrenar y mantener en cartelera sus propios proyectos.

Sesión de fotos para Manhattan Medea.

“Hay meses de trabajo que no se pagan”

Una obra con más de treinta espectadores (un buen aforo), descontando asistentes con cortesías, tarjeta de INAPAM, credencial de estudiante y las infaltables promociones 2 x 1 genera el dinero suficiente para pagarle a cinco actores y una directora 700 pesos por función, de acuerdo con Daniela e Yver. Para ganar ese dinero, cada uno de los actores tuvo que haber ensayado la obra tres meses antes de su estreno tres horas por semana, mientras que la directora, responsable además del casting, tuvo que haber empezado el proceso de preproducción seis meses antes de su estreno para encontrar quién pudiera patrocinar aspectos nada deleznables como la difusión, realización escenográfica y vestuario de la puesta en escena…y todavía no acaba lo difícil.

Manhattan Medea, una de las últimas obras en las que participaron tanto Daniela (dirección y producción) como Yver (actor) tuvo dos funciones por semana durante siete meses. En ese tiempo, cuentan ambos actores, el alquiler del teatro costaba 4 mil, 200 pesos por función, una cantidad que tenía que cubrirse aunque el trabajo de difusión del recinto, acusan, fuera casi nulo y el trato del personal hacia los actores y el público rayara en lo ríspido. Aspectos como un muy reducido número de funciones otorgadas por el recinto que los acogió junto con el nada agradable sonido de la taquillera contando el dinero de las entradas en medio de la obra hacían poco viable la idea de mantener esta puesta en escena mucho tiempo en el mismo lugar. Si a esto agregamos, continúan Yver y Daniela, que a pesar de la promoción que todos los actores y directora realizaban personalmente a través de redes sociales había funciones en las que apenas y podía cubrirse la renta del recinto, el panorama no era nada alentador. Continuar la obra en otros espacios era igual o más difícil debido a que la mayoría de los teatros cobraban más o estaban repletos.

Equipo de Manhattan Medea antes del estreno de su temporada.

La alternativa

Si uno de los grandes enemigos de las artes escénicas es la falta de público y recursos, la ventaja del teatro en departamentos es que puede aportar un ingreso a sus gestores que no tendrían que dividir entre alquileres, difusión y una realización escénica más elaborada, además de que el proceso de pre-producción podría ser mucho más corto. Una buena función en departamentos, señala Daniela, puede dejar hasta trescientos pesos más que una obra convencional, pero la desventaja por otro lado, sostienen ambos actores, es que si la paga es mala, en verdad es mala: si a la obra asisten muy pocas personas o casi nadie quiso aportar su cuota voluntaria cada actor puede ganar 75 pesos o menos por una función que tardó mes y medio en realizarse.

¿Qué pasaría si el dinero dirigido a las actividades culturales en México se distribuyera a más proyectos en lugar de concentrarse en pocos lugares?, pregunta Yver. Mientras que un puñado de afortunados mantendrán sus privilegios sin ningún tipo de recorte, la cultura y las artes a nivel nacional tendrán este año un presupuesto mucho menor con respecto al del año pasado. El horizonte que se cierne entonces sobre los amantes de las artes va de mal en peor, pero paradójicamente, además de la organización, parte de la solución para los actores está en seguir haciendo lo que más aman para dar a conocer su trabajo entre las personas que no están familiarizadas con el teatro. Algún día este medio podría ser más justo.