La vida pasa rápido en el centro de la ciudad. No sé a dónde vamos, yo sólo me dejo llevar

Por Teolinca Velázquez

Desde temprana edad aprendí a recorrer tus retorcidas calles que se han ido construyendo al capricho histórico de tu población. Esas calles cuyo pavimento debe tener unos 30 o 40 años o ser tan viejo como tú, yo qué sé, no te ando contando los años.

Si quiere uno llevarla en paz contigo, debe aprender a caminar a tu ritmo: ni muy rápido porque es imposible entre tanta gente, ni muy lento porque los demás llevan prisa; con esta enseñanza que me has dado, he podido desafiar el reloj muchas veces. Cuando eres benévola, me permites llegar en tiempo récord de un extremo a otro, ¿Cómo lo hiciste? No lo sé, es parte de tu encanto.

Me he dado cuenta de que cada zona tuya tiene un clima diferente. En el sur, por las calles de Iztapalapa y Tláhuac, se siente caluroso, el sol sale y nos abraza a todos con su candor; el ambiente es húmedo en Xochimilco, pues aún guardas partes de los grandes canales, por lo que puede apreciarse en tí todavía parte de la vegetación. Nos entregas en cada paso un aroma a flor y en el zumbido de una abeja, la calidez del amor de madre profesa.

En Chapultepec es distinto, pues cuando sale el sol está tan despejado que podemos ver toda tu expansión, sin embargo se siente el templado aire que corre por el bosque y atraviesa el cuerpo. ¡Qué hermoso! Poder ver desde ese Castillo tan emblemático, tus árboles, tu gente, tus niños. Mirando hacia lo lejos podemos ser testigos de la lucha que libras cada día entre el pasado y el futuro, ¿Qué se va? ¿Qué se queda? Nadie se va, todo permanece; pasado y futuro conviven juntos en el presente.

Caminar por la Ribera de San Cosme es un ejercicio que no puedo dejar pasar. Pasear en esa avenida tan llena de historia y de historias, ¿Cuántas familias han habitado en esas viejas casas que adornan la acera? ¿Cuántas personas han existido y dejado de existir?

A lo lejos puedo ver la Torre Latino, alcanzo a ver esas míticas señales que se alcanzan a ver desde San Cosme: está cerca el centro histórico.Apresuro el paso, no sin antes admirar una vez más el mercado de San Cosme, ¡qué bello lugar! La gente entra y sale, compra y vende, habla, grita, se saludan, se comparten sus problemas, se comparten su esperanza, se comparten su fe de que el día de mañana será mejor que el día de hoy. No importa que estén rodeados de vendedores ambulantes, todos están ahí para ganarse el pan, eso es parte del folklor; es parte de tu encanto.

Esas calles perpendiculares al Eje Central que conectan al zócalo con Bellas Artes ¡Qué lindas me parecen! He recorrido una y otra vez esa corta distancia mientras que el vaivén de gente parece divertirme, me contagian su prisa, su alegría, me dan ganas de seguir caminando sin parar. La vida pasa rápido en el centro de la ciudad, todos vamos apurados. ¿A dónde vamos? No lo sé, quizá vayamos a trabajar en alguno de los miles de negocios que sostienen la economía de este lugar; quizá vayamos a encontrarnos con el ser amado, los amigos o la familia. No sé a dónde vamos, yo sólo me dejo llevar.

Foto: Archivo fotográfico UNAM

Pero en un momento, en un instante entre tanto correr y correr, he llegado aquí al lugar de mis amores, al lugar en donde siento mi corazón latir como si fuera uno solo contigo, ciudad hermosa. Tlatelolco, amor de mis amores, dueño de mis pasiones y mis delirios chilangos. Nunca, ningún lugar ha gritado tanta historia como la Plaza de las Tres Culturas la cual es una esfinge que demuestra en tres sucesos la lucha contra la represión que se ha llevado no sólo en tí, Ciudad de México, sino en todo el país. Tlatelolco concentra todas las características del pueblo de México: puede ser revolucionario, puede ser colectivo, puede ser culto, puede ser inculto, puede ser un guerrero, puede ser un delincuente, puede ser un niño jugando en la plaza, puede ser un viejo recordando en el sillón, toda la diversidad que guardas, bella ciudad, la representas en este lugar del cual me confieso enamorada.

Tienes muchos otros lugares que conozco y amo como amo todo lo que provenga de tí, pero la lista sería interminable. Sé que hay muchos incrédulos que te dirán que no es cierto todo lo que te digo, dirán que la Ciudad de México no es reflejo del gran estirpe de los mexicanos sino todo lo contrario: de la cobardía y la poca clase de tu pueblo, dirán que hueles a podredumbre e inanición, dirán que estás llena de delincuencia o dirán que estás llena de corrupción. No temas ni  te sientas mal porque, retomando aquella frase guevariana, el amor por ti es cuestión de temperamentos.

Ciudad de México, hermosa mía, yo te pertenezco y tú me perteneces.

Atentamente, tu fiel enamorada.

Foto: Alex Webb, Magnum Photos, Ciudad de México, 2003.