¿Por qué el zombie es el personaje de horror más popular de nuestro siglo?

Por Mayra Rojo

Comemos más allá del sentido literal del guiso, la bebida, la fruta o la golosina; la imagen, el alimento simbólico, nos hace adictos a la pantalla. El ojo se vuelve todo el cuerpo, porque el ojo, como observa George Bataille, es Golosina caníbal: un manjar que convierte en alimento lo que ve, y a la vez, se transfigura en alimento preciado cuando es visto.
¿Qué se siente volverse alimento? Para algunos, es cortarse el ojo, sentir que las hormigas suben por la mano, las moscas zumban, las larvas eclosionan de la piel. Pero no en la soledad del rastro o en la indiferencia de la carne suspendida en la carnicería. A la vez vigilados y vigías, somos testigos, somos mil ojos que presenciamos la metamorfosis. Ese es el caso del zombie, su imagen forma parte del catálogo de monstruos que la industria cinematográfica ha producido y ha dispersado estética y socialmente.

La iconofagia es la palabra y el acto de devorar imágenes que provienen de los medios. Imágenes fugaces que se devoran, se asimilan o se vomitan junto con un millar más. Imagen tras imagen, se superponen y reconstruyen monstruos que a la vez se transfiguran en formas identitarias. Un come-cerebros, un caníbal que en su mordida lleva el virus de la atrofia pero también el de las multitudes, el de la masa.

El zombie que nace en Hollywood es un producto colonial, reconfigurado de la religión vudú en Haití. White Zombie o “La legión de los hombres sin alma”, 1932, protagonizada por Béla Lugosi, nos habla de la fetichización de los cuerpos, es decir de la apropiación y explotación de la fuerza de trabajo de los esclavos traídos de África para cultivar los campos de caña. No obstante, como primera emergencia cinematográfica, este personaje no podía quedarse en la “contingencia” histórico social de la colonización. Esos cuerpos obedientes y enajenados, producto de la administración y distribución de la fuerza productiva, debían atravesar por una mutación dolorosa y radical.
Un cuerpo, una consciencia, se transforma en un pedazo de carne en proceso de putrefacción que esencialmente se convierte en una plaga, en una multitud de despojos con un hambre mortal que transforma y evidencia lo más violento de las sociedades. Y nosotros ahí, millones de mirones frente a la pantalla somos testigos de la brutal disputa por el poder y la endeble “civilidad” en Walking Dead (Frank Darabont, 2010).
Con la película Warm Bodies o “Mi novio es un zombie” o “Memorias de un zombie adolescente” (Jonatan Levine, 2013) y la serie inglesa In the Flesh (Dominic Mitchell, 2013), se presenta una segunda etapa de la vida del zombie nunca antes vista: la reintegración social; ello en una doble lectura de este personaje, que en los contextos adolescentes (igual que la saga de Twilight o Crepúsculo, 2008) encarna el difícil tránsito a la contención del monstruo y a la aceptación de las normativas sociales: el terror radica en una tendencia romántica que apela a la rehabilitación e integración de esos pedazos de carne mordelones a las sociedades juveniles.

La nueva generación televisiva de zombies recobra la conciencia con una dosis de medicamento, regresa a la sociedad con cirugías de reconstrucción, maquillaje y pupilentes. La aceptación e incluso el enamoramiento adolescente hacia el no-muerto, marca una nueva línea de vida del zombie que acentúa una doble operación: por un lado, la aparición de cuerpos dominados, cosificados, excluidos de la legalidad y marcados por la violencia racial  y cultural, que de un proceso de zombificación mutan hacia la rebelión, hacia la multitud revolucionaria; en contraste con las batallas urbanas adolescentes, en pugna por la aceptación y adaptación de la simulación de una democracia representativa y equitativa.

En su caso, In the Flesh es la lucha adolescente por la aceptación de grupos gays o chicos fuera de la norma. La batalla es contra la armonía del bello cuerpo putrefacto que se incorpora a la cotidianidad.

Todo ello no sólo ha quedado en las pantallas, sino que se ha expresado con el surgimiento de la zombie walk en California (2001), gradualmente adoptadas en otros países, en 2006 comienzan en São Paulo, en 2010 en la Ciudad de México. Esa iniciativa de las juventudes de caminar con ropas desgarradas, imitando una cojera y haciendo ruidos, con pedazos de piel levantada o con cortadas pintadas en rostros, pies y manos saliendo a las calles en la época de día de muertos o Halloween.

Pero pensar en el zombie es pensar que no sólo es la carne con dientes inventada por la industria e imaginario de esa Otra América –que hoy ha cambiado su sistema operativo de la invasión y aniquilación de la tierra y los cuerpos, por la deportación y el cierre de fronteras–  también es la invención de un grupo de zombies quietos, callados pero erguidos, con pantaloncillos rotos y parchados, pelos parados y grandes ojos: siempre ahí a la espera de ser vistos como reflejo del ojo que los mira.

*El título de este texto es homónimo de Haití: Tras las huellas del Zombie de Roland Wingfield.