¿De qué buscan protegerse los norteamericanos que claman a una voz ‘America First’? Aparentemente, de las consecuencias negativas de su proceder imperial en todo el planeta

Por Andrés Sierra

Más allá de concentrarnos en la locura o características personales del nuevo presidente de EU, es interesante pensar en las ideas que se encuentran detrás de  sus acciones. El problema no es Trump, es el proyecto político de los que lo acompañan y la ideología que les sostiene. Este proyecto político se vuelve problemático especialmente por las implicaciones que tiene en un contexto de crisis ambiental, desigualdad social, y guerras renovadas. Esto responde a la lógica de ubicar fuera los problemas, sin darse cuenta de que éstos están muy dentro de la sociedad norteamericana.

La nueva administración ha asumido como caballo de batalla el slogan ‘America First’, argumentando desde discursos patrioteros que va primero América (pero hay que ser claros: la América anglosajona), y después el resto del mundo. América primero cuando se trata de asuntos económicos, militares, y ecológicos. No importa ya el respeto a compromisos internacionales para luchar contra el cambio climático o buscar relaciones de paz a nivel internacional, el interés norteamericano debe imponerse como regla respetada por cada uno de los países del mundo.

Los actos del grupo de Trump responden a las ambiciones imperialistas de mantener un estado de privilegio y diferencias con respecto al resto del mundo. Al mismo tiempo que  clama  poner a Estados Unidos en primer lugar, el proyecto de construcción de un muro refleja la búsqueda de aislarse para construir un espacio seguro. Se trata de una exaltación del suelo patrio, sede de los poderes imperiales, a donde llevan todos los caminos, y restringido para los dejados fuera, ‘bárbaros’ que están del otro lado de las murallas. ¿Pero de qué exactamente buscan estar seguros los norteamericanos que claman a una voz ‘America First’?. Aparentemente, de las consecuencias negativas de su propio proceder imperial en todo el planeta. Veamos con más detenimiento esta cuestión.

Los planes de hacer muros para dejar fuera a los migrantes no son nuevos en Estados Unidos. Ya desde los años noventa se planteó la posibilidad de hacer una gran barda que protegiera la frontera estadounidense. Es bien sabido que la apertura económica producto del TLCAN, si bien planteó la libre circulación de mercancías, no incluyó dentro de sus objetivos de integración una libre movilidad de los trabajadores. La construcción de muros busca dejar fuera, o permitir la entrada precarizada, de millones de personas procedentes de México y América Latina. Pero no solamente se trata de construir muros para dejar fuera migrantes, hay toda una estrategia de construir barreras para dejar fuera las consecuencias del cambio climático. Son varias las ciudades que han tenido que construir una serie de protecciones para su infraestructura frente a los aumentos de la marea por el derretimiento de los polos. También los han hecho algunos hoteles exclusivos, clubes de golf y espacios privados en las zonas costeras de Estados Unidos, algunos de los cuales en los que el mismo presidente Trump tiene fuertes inversiones.

La lógica que subyace a estos procesos es la de generar pequeños espacios seguros frente a la catástrofe desatada por el imperialismo norteamericano. Muros para hacer frente a la crisis humanitaria, social, económica, y ecológica. Muros que dejen fuera los problemas del mundo, y protección de las fronteras para construir un lugar excluyente. Se generan así intentos de  fortalezas resguardadas de los peligros físicos del cambio climático y los peligros sociales de la desigualdad, ambos producidos por el hacer ‘negocios como siempre’ de los tomadores de decisiones y la élite corporativa representados por Trump.

Esta idea de generar pequeños espacios seguros ante la catástrofe también es signo de una tendencia dentro de las élites a encerrarse en sí mismas. Los grupos poderosos han sido constructores de murallas, por muchos años, para dejar fuera  de sus espacios, sus casas, sus ciudades, sus mundos, todo lo que consideran como una amenaza.  Así aspiran a proteger lo que consideran precioso, resguardado de toda la influencia destructora que venga ‘de fuera’ en un acto de verdadera hipocresía. En este caso, lo que se considera que hay que proteger es el estilo de vida privilegiado de la América anglosajona, amenazada por disidentes internos tanto como por invasores externos que buscan disfrutar de esos privilegios sin el permiso del hombre blanco norteamericano. Pero este no es solamente un asunto de las élites norteamericanas, sino que se nos ha enseñado a todos a construir murallas, a protegernos del otro tal cual nosotros los hemos configurado, evadiendo  las consecuencias de nuestro propio actuar en el mundo.

Si llegan las inundaciones al estilo de las catástrofes naturales, arrasando y destruyendo territorios, los espacios amurallados de las nuevas élites estarán, al menos teóricamente, a salvo. Si se trata igualmente de inundaciones de migrantes, manifestantes, excluidos y expulsados, las murallas de la América anglosajona intentarán mantener los problemas fuera.  Al mismo tiempo se sigue explotando la tierra, destruyendo el medio ambiente, y expulsando a poblaciones enteras de sus territorios. Pero todo responde a la lógica de ubicar fuera los problemas. Esto sin darse cuenta de que los problemas están muy dentro de la sociedad norteamericana, y de todas las sociedades occidentales en las que el capitalismo es la forma principal de organización del trabajo, y la estratificación excluyente es la forma principal de organización de las relaciones sociales.

Dentro de todo este escenario, el gobierno mexicano reacciona servilmente, sin ser capaz de generar una verdadera defensa de la dignidad de su pueblo. No hay una oposición al imperialismo norteamericano que responda directamente de la protección de los pueblos de México, sino de los intereses individuales de los funcionarios públicos. No puede esperarse de los líderes, acostumbrados a enseñorearse sobre los pueblos, una defensa auténtica de la soberanía. Esa será responsabilidad de la organización popular, tanto como lo será derribar todos los muros que se le impongan de manera hipócrita a la dignidad humana.

Actualmente se genera una fuerte movilización social a ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos. Será desde abajo, desde la organización popular, y desde las entrañas mismas del imperio  de donde vendrán las fuertes sacudidas al poder de las élites. Hoy como siempre, las murallas no son suficientes para dejar fuera la fuerza que emana de la organización, capaz de transmitirse y movilizarse por canales que escapan al control de los dominadores.

Foto de portada: Taringa