En un municipio que parece no darle paz a las mujeres, chicas adolescentes se organizan y alzan la voz contra la violencia feminicida a través del arte.

Fotos y texto: Susana Hernández Frías

Medio día del 23 de septiembre de 2016 en Ecatepec: la jornada comienza con un pequeño contingente, convocado por la Unión Popular Ehécatl, que marcha alrededor de la explanada principal del ayuntamiento de Ecatepec: madres y padres de familia con sus niños, artistas, vecinos; todos hartos de la violencia y las injusticias que se viven a diario en la entidad mexiquense. Destaca un grupo de chicas adolescentes luciendo sus vestidos de XV Años o atuendos formales, pero maquilladas como si tuvieran golpes y heridas varias: son las alumnas de la Preparatoria 128, quienes han tomado el arte, en particular la disciplina del performance, como arma para sobrevivir a una sociedad que parece no darle tregua a las mujeres.

Caos y disonancia bullen en la plaza pública: el acto político-cultural se ha empalmado con una jornada de salud organizada por el municipio. Con la música y las voces distorsionadas por el alto volumen, cada bando parece competir para ver quién hace más ruido: cifras y consignas de protesta por un lado, música grupera por el otro. Suena un vals desde las bocinas del templete de los inconformes, las quinceañeras comienzan a hacer una fila mientras mecen sus cuerpos al ritmo de la música. Todas pasan al micrófono encarnando a jóvenes víctimas de feminicidio, exponiendo sus desgarradores testimonios:

“Soy Mariana Yáñez. Tenía 17 años cuando desaparecí un 17 de febrero de 2014. Salí de noche a sacar una copias por las calles de Los Héroes Tecámac; nunca regresé a casa. Les dijeron a mis padres que mi cuerpo había sido encontrado en el Río de los Remedios, pero mi muerte nunca ha sido aclarada”.

Entre latas y botellas de cerveza vacías, pétalos de rosas, mantas con consignas y detritos varios que conforman la escenografía para el performance, las chicas se acomodan en un gran círculo delante del ayuntamiento y realizan una coreografía que podría ser la de una fiesta de XV años como cualquier otra, con la excepción de que esta es la fiesta de las quinceañeras muertas, de las jóvenes desaparecidas. Llega un momento en que las chicas invitan (o mejor dicho, retan) a los asistentes a bailar con ellas; muchos dudan, pero ellas insisten y los llevan del brazo a bailar dentro del círculo. El mensaje es claro: involucrarse ES necesario.


Bajo la orientación del profesor Manuel Amador dentro del taller “Mujeres, arte y política”, alumnas de distintas generaciones de la Preparatoria coordinan entre ellas la planeación y presentaciones de estos performance que señalan la violencia feminicida. El taller se ha convertido en una valiosa herramienta para las jóvenes, que les permite crear, organizarse y desenvolverse en un municipio que desde hace varios años superó a Ciudad Juárez en el número de mujeres asesinadas en la entidad.

El profesor señaló que este performance funge también como una crítica a una sociedad patriarcal que festeja a las jóvenes, pero que a la vez las mata. Recalcó que es urgente hacer visible la situación de violencia por la que pasan las mujeres y sobre todo a las jóvenes y a las niñas. “[Queremos] que se haga justicia para estas niñas, porque muchas son menores de edad; tienen derecho a la vida”, recalcó.

Melanie, una de las alumnas, señaló que hacer performance es una manera de desahogar el sentimiento de impotencia que le provoca la violencia contra las mujeres: “Liberas varias cosas. Empiezas a sacar todo el coraje que sientes y las ganas de gritarle al mundo: ‘ya no más’. Es hermoso ver cómo las personas te miran y hacen conciencia”. Afirma que estas acciones son importantes, ya que ellas como mujeres jóvenes deben poner el ejemplo: “Que vean que si nosotras podemos salir a decir lo que sentimos y a luchar, otras chicas también.”

Cuando las alumnas ponen el cuerpo para encarnar a las víctimas de feminicidio a través del performance es una manera de hacerlas trascender, de hacer que el clamor de justicia no se pierda entre las sombras. Es una forma de no olvidar, de no morir del todo.

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