El FICUNAM es una fiesta de voces, imágenes e ideas. Hay películas que valen la pena ver una y otra vez…

Por Emiliano Escoto

I

Llegué corriendo a la sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario ubicado en la parte sur de Ciudad Universitaria, cerca de UNIVERSUM. Tras cumplir con los trámites necesarios, logré entrar al recinto.

Apenas logré sortear la oscuridad de los pasillos de entrada a la sala, un grupo de indígenas hablando una lengua extraña me saludó desde la pantalla. Ya para cuando encontré mi asiento, una pareja de turistas americanos interrumpía la conversación de los indígenas y rompía por completo la escena al pedir a los salvajes que les tomaran una foto con ese “bonito paisaje de fondo”. La película que se estaba proyectando era el cortometraje La Bestia de Samantha Neil y Michael Wahrman; una obra realizada en Sudáfrica y Francia que narra la posibilidad colonizadora del turismo, el turismo como una forma de intervención de la cultura, donde comunidades enteras viven por y para los turistas que llegan a visitarlos; personajes que violan su identidad y sus tradiciones con tal de obtener un poco más de recursos; la injusticia, el racismo y el abuso del hombre blanco (la raza dominante), es mirado con un ojo irónico y brutal. La Bestia  no es un llamado a lo políticamente correcto ni una defensa de lo marginal, es un grito de guerra, un llamado a la lucha; una sonrisa perversa y blanca en un rostro negro que busca venganza por todos los años de opresión.

Ya acomodado en la butaca, recordé aquella maravillosa frase de Moonlight (2016) cuando uno de los personajes cuenta que los chicos negros se ven azules bajo la luz de la luna. Una frase perfectamente plasmada con la imagen final de la película en tonos azules donde Chiron, el sujeto de la Luz de Luna, está parado sólo enfrente del inmenso mar.

Esta imagen llenaba mi cabeza cuando un plano-secuencia filmado en 16mm, principalmente blanco y negro, violentó la idea del azul y me llevó de lleno al mundo de la luz. El HD se va a la coladera cuando observas ese contraste entre luz y oscuridad, con claroscuros brutalmente bellos no necesitas nada más. Cilaos, del colombiano Camilo Restrepo, recuerda inmediatamente al cine artesanal de Pedro Costa con la teatralidad y crudeza de los personajes pero, en este caso, teniendo como hilo conductor la música. Una música que genera rituales que van de lo místico a lo político; cantos de raíces esclavas que unen la búsqueda de un padre muerto con himnos que reclaman abiertamente a la historia por la opresión del ser negro y terminan generando una catarsis revolucionaria, más no violenta. Cilaos termina con aires existencialistas que parten de la conciencia de la nada, pero que generan una ansiedad enorme por existir, ser visible: por estar.

Con el pecho inflado, lleno de un aire creativo, terminé esta selección de cortometrajes programados para la sección “El Porvenir” del FICUNAM con la proyección de Sol Negro de Laura Huertas Millán, quien cuenta la extraña historia de Antonia, una magnífica cantante que lucha contra sus fantasmas e intenta recuperarse de un intento de suicidio.

Diversos filósofos, como el surcoreano Byung Chul Han, describen el mundo contemporáneo como la época de las enfermedades mentales y nerviosas. Sol Negro nos muestra a un personaje que bien puede representar lo que estos pensadores describen ya que todo el tiempo pelea contra su propia cabeza, su historia y la constante presencia del fracaso. Antonia navega por los límites entre locura y cordura, en donde no se sabe completamente cual es la verdad o cual es la mentira y, mucho menos, cual es la realidad. En la escena final, Antonia aparece en medio de un enorme escenario vacío, toma la figura del sol negro que representa su espíritu creativo y canta de manera hermosa. La salvaje locura en la que vive día a día tiene como síntesis la melodía de su voz.

Los clásicos de cine ¿caducan?

II

La cantidad de películas presentadas en el festival es tan grande que no queda otro remedio que correr sin parar de una sala a otra para alcanzar a ver las películas que quieres. Salí de la sala Miguel Covarrubias, atravesé el pasillo entre edificios del CCU y llegué a la Julio Bracho justo a tiempo para alcanzar el nuevo experimento de Miguel Calderón: Zeus.

Zeus es el nombre del halcón que tiene Joel, personaje principal de la película. Joel y Zeus salen constantemente al campo a cazar; este espacio de la caza es el único en el que Joel está más allá del alcance de su madre, el momento de su libertad.

La relación de codependencia con la madre lleva directamente a pensar en el complejo de Edipo, aún más cuando la película se llama Zeus y en una escena inicial suena a todo volumen una melodía rockpunk que grita: “todos los griegos están muertos”. Zeus, el halcón, se le escapa a la madre de Joel mientras éste no está; el ave se pierde y Joel entra en cólera, provocando la muerte del amante de su madre, que en la vida real es el padre de Miguel Calderón.

–El personaje del halcón es muy importante para Miguel, tenía halcones de chiquito y le enseñaron muchas cosas–, me dice Mauricio Calderón, padre del director. –Creo que algo tiene que ver con la libertad, pero no sé, es su mundo y no me meto.

Joel entra a la casa del amante de su madre en busca de su halcón, ahí descubre que ellos dos son amantes y decide atacar al amante. El amante toma el lugar del enemigo que muere en un acto desesperado en el que Joel busca su liberación. De ahí surge una pregunta: ¿es mediante la violencia que se libera la represión? En la propuesta del artista mexicano parece que sí. Sin embargo, no es un acto completamente liberador, la codependencia continúa hasta el final y la partida de Zeus, detonadora del conflicto, o la muerte del amante, aparente liberadora, se vuelven inútiles. Los griegos están muertos y nosotros condenados a la repetición.

No parece extraño que Miguel Calderón brinque del arte contemporáneo al cine, ya que, si algo lo caracteriza es crear en cualquier cantidad de formatos. Lo que sí extraña es la narrativa lineal de la obra, provocada, según sus palabras, por el rigor (o poca visión) de la producción. A pesar de eso, la presencia de su estilo está muy bien plasmada en la película. Una escena basta para darse una idea: sillón largo y gris en medio de una sala; encima, una pareja desnuda recostada. Él se mantiene al fondo del sillón, abrazándola de lado; ella, con una pierna estirada y otra recogida, tapa las partes íntimas de él mientras nos muestra la parte interna de uno de sus muslos, lugar en el que se alcanza a observar una manchita de sangre seca. Una digna fotografía de un Miguel Calderón que termina por tirarnos su obra a la cara con la chica diciendo: Perdón, es que estoy en Halloween. Miguel Calderón, logra no sólo darnos una historia que transmite problemáticas íntimas del ser humano, sino que, fiel a su estética, nos regala una obra de arte llena de detalles que permiten una absoluta experiencia cinematográfica.

Extraño pero verdadero de Michel Lipkes

III

Por último, porque un día de festival no da para mucho más, pude platicar con Michel Lipkes sobre su película Extraño pero Verdadero. Lipkes se presentó en el FICUNAM por segunda ocasión después de Malaventura (2013). En esta ocasión, con una mayor producción y un poco más de presupuesto, el cineasta mexicano hace un recorrido ficticio por el subterráneo mundo de la basura de la Ciudad de México. Nos presenta una pareja que parece destinada a vivir de una manera indigna. Una escena en la que la chica entra a una casa rica después de tener sexo en el edificio ocupado en el que vive con su novio es sólo el reflejo de la injusticia de un lugar que parece ficticio por absurdo pero que, sin embargo, es verdadero. Interesante es reconocer cómo la ironía y la crudeza del mundo oscuro que nos presenta Lipkes provoca la risa de la sala. Tal vez nos identificamos tanto con ciertos momentos duros que el inconsciente colectivo genera la risa como método de defensa. Nos reímos ante nuestra propia realidad porque de otra manera viviríamos deprimidos. Entre el amor y la violencia de género, la desigualdad y la injusticia, la dignidad y la crudeza, encontramos un monstruo gigante al que llamamos ciudad, en el que la vida no vale nada y a nadie le importa.

Con estas películas, me quedé pensando en la otredad, el respeto y la libertad pero sobre todo reafirmé que las posibilidades cinematográficas son inagotables y que el cine permite llegar a rincones de experiencia únicos, una verdadera ruptura que este festival universitario provoca cada año.

Gracias FICUNAM

Foto de portada: Diariomarca