A pagar el muro con hipocresía patriotera, dicen las elites

Margarita, Anaya, Mancera, todos desesperados por el hueso presidencial de 2018, ¿cómo explicarán que Trump quiere seguir con el gobierno entreguista y es el primero en querer evitar el pejelove?

Por: Enrique Cedillo

Al menos en el imaginario mexicano, el único proyecto que verdaderamente se opone al que hoy intentan conservar las élites es el que representa Andrés Manuel López Obrador, quien hoy puede maniobrar con un amplio margen de ventaja gracias, en parte, a los errores catastróficos de la administración saliente.

Esto, nuevamente, representa un nodo de tensión ideológica para los dueños del país, que carentes de contenido y desprovistos de la más mínima credibilidad política, no encuentran la forma de explicar cómo el primer interesado en impedir la presidencia obradorista es, precisamente, Trump, ese enemigo del norte al que también tendríamos que resistirnos.

Ya no hay un Barack Obama que pase por hombre íntegro y encarnación del ideal neoliberal al que todos debemos aspirar y que sustente la avanzada imperial de los grandes capitales y la devastación que implica (aunque ya trabaja en ello el guapo Trudeau). No hubo victoria demócrata que brinde el apoyo discursivo que tan desesperadamente necesitan. Descubren con horror y sorpresa que la imagen bofa, odiosa y mal bronceada que hoy les regresa el espejo, es la verdadera.

Trump y los muros hipócritas

La llegada de Donald Trump a la presidencia de  Estados Unidos ha sido ambivalente para la élite política mexicana que, por un lado, les ha permitido la ultra simplificación del discurso público, reduciendo el problema nacional al cavernícola de piel naranja.

Sin embargo, los señaladores podrían verse hoy señalados. Con un fascista abierto como principal aliado ideológico, político y comercial,  de un día a otro se han visto forzados a señalar en el supuesto enemigo los delitos propios, esos de los que se han valido para encumbrarse en el poder: racismo y misoginia sistemáticos, programas económicos depredadores, militarismo, anti ambientalismo, anti secularismo y violencia antiinmigrante, entre muchos otros.

Para hacer oposición, buscan una unión falsa que apela al patrioterismo más infantil, sin embargo, buscan seguir prolongando indefinidamente el programa neoliberal sin atentar contra el status quo.

Hacia el interior encuentran muy pocos artilugios retóricos para ocultar la herida fundamental de su sistema: depender enteramente del servilismo entreguista para con el (los) vecino(s) del norte. La coyuntura, pues, ha develado realidades que a las élites mexicanas les resultan verdaderamente incómodas y pesadillescas.

El neoliberalismo mexicano ha llegado a un punto de insostenibilidad no solo material sino discursiva; atrapados por la contradicción que representa el trumpismo, se encuentran con que es imposible reconciliar el estado nacionalista con los dictados del libre comercio.

Los administradores del monopartido, conformado por PRI-PAN-PRD, se ven obligados otra vez a hacerse pasar por opositores dispuestos a dejar de lado toda diferencia con tal de combatir juntos a la izquierda que amenaza su hegemonía y a falta de logros que presumir, nuevamente han recurrido a la campaña sucia de descalificación contra López Obrador, campaña de un cinismo y torpeza argumentativa ejemplares, sobre todo harto desgastada y que difícilmente servirá para convencer y canalizar el voto hacia a alguien más. Eso suponiendo que el monopartido y entidades satelitales puedan conjurar a alguien medianamente creíble para contender.

Pero la realidad es otra: los virtuales precandidatos, como el posible perredista Mancera, se presentan desdibujados. Particularmente patético es el caso de Margarita Zavala, cuya imagen no han podido levantar ni a punta de donaciones falsas, que va de medio en medio dando declaraciones deshiladas, francamente tontas, que dan cuenta de su total carencia de contenido político real.

La facción calderonista del monopartido empieza a entender que sus prácticas usuales no serán suficientes para darle vida al cadáver marchito que hoy presentan como opción “antisistema” y que el discurso anti-obradorista que le construyeron no se sostiene por sí solo.

Y es el caso de todos. Desde Atlanta, Ricardo Anaya junta lo poco que tiene para intentar darle duro al tabasqueño. Desde sus ensangrentadas oficinas, Ochoa Reza lo reta a un debate público que no tiene la mínima autoridad moral para sostener.

Sin duda, hoy el centro del discurso político mexicano es López Obrador, y muchos vividores del poder sienten ya inevitable su victoria e incluso cambian de bando acorde a los tiempos. Ejemplo de ello es  Miguel Barbosa, ex coordinador de la bancada del PRD en el senado, político colaboracionista que salta despavorido del barco al verlo hundirse con toda claridad.

Así que en este sentido, en la batalla contra López Obrador, el panorama de 2018 es clarísimo. Ya se despliegan ante todos las tácticas usuales, e incluso parece que esta vez se harán de las candidaturas ciudadanas para debilitar al morenista, pero servirá de muy poco primero si no logran fabricar un candidato carismático y con cierto liderazgo.

De alguna manera, todos y cada uno de los anuncios contra AMLO, por su pobreza intelectual y las bocas de donde salen, en vez de debilitarlo lo fortalecen. Su cinismo político le sirve 2018 en bandeja de plata. A la izquierda partidista mexicana, el destino le ha repartido una mano extraordinariamente buena. Esperemos que sepa jugar acordemente.

En los círculos del infierno

No por nada, el interés de la cúpula mexicana en la victoria de Hillary Clinton era tan grande. Cuando ésta rechazó su invitación y se presentó el contrincante, todo se vino abajo. Además de  desplomar la popularidad del ejecutivo y catapultar la de Trump, puso en serios aprietos a la anodina Margarita Zavala, la apuesta del monopartido para 2018, cuya eventual popularidad dependía por completo de colgarse mediáticamente de la victoria de Clinton y que con singular torpeza dieron por asegurada.

Foto de portada: Tabascohoy

 

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