Por Teolinca Velázquez

¿Eres de los que prefiere partir antes de que las cosas se pongan turbias? ¿Aceptarías a una bestia por amor?

Ahora se espera que todas las relaciones sean color de rosa. Ya no se enseña que para construir una relación es necesario no solamente amar sino  luchar y resistir. Se enseña que cuando las cosas se ponen más o menos turbias, es momento de partir –amor líquido le llama Bauman–. Se ha olvidado que las risas vienen acompañadas con las lágrimas y que la noche siempre acompaña al día.

Creemos que no estamos obligados a tolerar aquellas cosas que no nos gustan de nuestra pareja, que en cuanto él o ella empiecen con actitudes desagradables nosotros tendremos todo el derecho de cerrar la puerta sin mirar atrás. Pero, ¿quién que esté sobre la tierra puede ser llamado perfecto? “¡Cada uno de nosotros lleva en sí el cielo y el infierno, Basilio!”, exclamó Dorian Gray.

Los sentimientos negativos son como demonios que nublan el rostro y cierran el corazón. La ira, la tristeza y la decepción tienen un color más oscuro que el amor, la alegría y el regocijo. Cuando al ser humano le han robado su alegría, se convierte en un hombre lobo aullando a la luna: le salen garras y colmillos, furioso arrasa con todo lo que le rodea; se ha convertido en una bestia. ¿Y quién será el valiente que se le enfrentará? ¿Quién  será capaz de arriesgar la vida por devolver a la bestia a su estado natural? ¿Quién podrá sostener la mirada ante esos colmillos afilados, sedientos de venganza?

La Bella mira a los ojos de la Bestia y reconoce a su príncipe que ahí está, escondido como un niño indefenso sin control de un cuerpo del que se ha apoderado la noche. El amor es el que da la fuerza para permanecer frente a una bestia, el amor es el que nos da la sabiduría para entender que después de la noche llega la mañana y con ella la claridad del corazón. La respuesta amable calma el enojo; la suave caricia contrarresta el áspero pelaje bestial; la tierna sonrisa responde sin palabras a los gruñidos. Poco a poco se van despejando la oscuridad y la neblina; el temor deja su escondite y los ojos de la bestia se convierten en los ojos de un príncipe que recupera el control de su cuerpo para volver a ser él mismo, enamorado y feliz.

Algunos sociólogos como Bauman y Lipovetsky señalan que la sociedad, especialmente la juventud actual, ya no se está dispuesto a esperar  que las palabras amorosas contrarresten los conflictos de pareja. Ahora el ser humano quiere facilitarse las cosas, ¿que la pareja se pone pesada? A desecharla, hay muchos otros peces en el mar.

Yo no soy una muñeca

Pero también está el otro lado aún más oscuro de la moneda: cuando la bestia nunca se convierte en un príncipe azul. Vivimos en una sociedad que permite la coexistencia de paradojas, por un lado tenemos a un sector de la población que se niega a arriesgarse por amor -es más, ni cree en él- y por otro lado tenemos a otro sector que aguanta todo por un amor que es capaz hasta de quitarle la vida.

En estos casos, la bestia no espera a que llegue la noche para aparecer; no lanza los zarpazos hacia la luna sino hacia su mujer, violencia física. Los zarpazos también pueden ser simbólicos: la bestia la agrede verbalmente, borracho le dice que ella no vale más que sus vicios o que ya no la ama para después volver a ilusionarla, esto es violencia psicológica. Ella, sumisa y temerosa, soporta todo con cierto optimismo de que algún día él habrá de cambiar, creyendo que algún día se romperá el hechizo y ante sus ojos aparecerá un príncipe noble que la amará para siempre.

Pasa el tiempo y las palabras de amor no contrarrestan los instintos bestiales de la pareja; una caricia no quita el moretón de nuestra piel, un mensaje no alivia el corazón herido. El amor nos está matando. ¿Vale la pena seguir creyendo? ¿Vale la pena seguir aguantando? El día a día en una relación violenta se convierte en una lucha contra la muerte, ¿la abandonamos o morimos?

Los cuentos de hadas no existen, son películas. El amor se construye con tolerancia, con respeto y dignidad; cuando la integridad física y moral se ven amenazadas, es momento de abandonar la partida, no por desechar a la persona sino por amor propio. No nos enamoramos ni de bestias ni de príncipes, sino de seres humanos con defectos que si no soportamos no es amor y si los soportamos de más, tampoco es amor. Equilibrio en una sociedad de extremos, he ahí el verdadero reto.