Bajo el pretexto de la seguridad, el régimen quiere crear un estado militarista que atenta contra nuestros más básicos derechos humanos y civiles. Su verdadera intención es suprimir la protesta, el disentimiento y la acción política. ¿Vamos a permitirlo?

I .  El terror puede hacernos aceptar lo que sea

Con una claridad de imagen de la que no creía capaz a las cámaras de vigilancia de la CDMX, vemos al asaltante esperar pacientemente por su víctima justo a la mitad de un puente peatonal en Iztapalapa. Más pronto que tarde aparece la mujer, que en cuestión de segundos es despojada de sus pertenencias. El ladrón emprende la huida, pero poco sospecha que la fechoría ha quedado grabada para la posteridad y que las fuerzas policíacas ya se movilizan en su contra. Se pierde entre las calles, pero lo persiguen visualmente (la coordinación de cámaras es impresionante), y aunque hasta la camiseta se quita para no ser identificado, inevitablemente cae en manos de la policía y se lo llevan.

El sentimiento es fantástico. Esa sensación de justicia exprés, de acción sorpresiva, del proverbial ladrón que cae con las manos en la masa, es inigualable. Complace por su simpleza: el bien y el mal se debaten en escena y el bien sale triunfante con toda gloria. Un verdadero espectáculo con un discurso transparente: ante la exacerbada situación de inseguridad que se vive en la capital, las fuerzas del orden actúan eficientemente, con contundencia. Las cámaras están para cuidarnos, las necesitamos porque vivimos constantemente acechados. El propósito de la vigilancia es la respuesta inmediata. La policía es tu aliada.

Historias como la referida, publicada por Sin Embargo abundan últimamente en la narrativa mediática. Cuando menos una al día. Y no es casual. Coinciden, desde luego, con un creciente malestar social producto de la adversidad que va en todo sentido, desde lo económico hasta los temas de seguridad. Coinciden también  esos otros videos y noticias  que proliferan, los linchamientos donde vemos a los ciudadanos buenos, normales, de a pie, víctimas de la delincuencia, convertidos en monstruos, vueltos bárbaros, criminales incapaces de mostrarle piedad a seres humanos reducidos a carne viva y sangrienta.

Insisto, nada de esto es fortuito.  Cuando vives en un país donde la narrativa imperante es la del miedo, donde los medios normalizan la violencia a niveles muy peligrosos, y al mismo tiempo infunden terror constante, es natural que todos nos sintamos como fieras acorraladas, agraviadas hasta el hartazgo, al borde de la psicosis, dispuestos a morder y arañar a la primera provocación. Sedientos de venganza, ávidos de retribución inmediata ante la legendaria impunidad que impera en México; necesitados de orden y seguridad a toda costa, de tener los fusiles, diríamos, de nuestro lado.

El uso del miedo para guiar la política pública y  la aplicación de la fuerza ha sido documentado exhaustivamente. Los ataques del 11 de septiembre de 2001 sirvieron como pretexto para que la mayoría de los estadounidenses aceptaran entrar en una guerra criminal, injusta y genocida contra una nación inocente. Sucedió en Atenco, cuando desde medios como TV Azteca se criminalizó la justa protesta de un pueblo y sus noticieros sirvieron como agitadores e incitadores de la violencia de estado más terrible; lo vimos también, más recientemente, cuando coartados por la situación del país millones de mexicanos aceptamos entrar en una guerra espuria, extranjera y fratricida bajo Felipe Calderón. El terror, se sabe desde Maquiavelo, puede hacernos aceptar lo que sea.

II . La ley sólo destruye hacia abajo

La proliferación de videos y noticias coincide con la propuesta desde el congreso de una nueva ley que pone en manos del ejército las tareas que corresponden a la policía civil, crea estados de excepción y faculta a los poderes del estado a actuar con total violencia e impunidad en contra de los ciudadanos, siempre que se alegue alguna amenaza a la seguridad interior (concepto robado de la lógica bélica estadounidense, que no tiene sentido para un país que no está en guerra con ningún otro, pues es un término que refiere originalmente al peligro de la quinta columna).

La ley, formulada vagamente y que deja espacio a mil lagunas (y por tanto a mil abusos) permite que el ejército actúe no sólo ante asaltantes  de a pie y carteristas, sino, por ejemplo, que reviente protestas y mítines si estos atentan contra intereses a defender. Les faculta no nada más a intervenir las líneas de secuestradores, sino la tuya y la mía, si resulta que somos partidarios de la oposición. Les da permiso de meterse y de sacar de su casa no sólo a violadores y asesinos sino a cualquiera, sin ton ni son, sin rendir cuentas a nadie. Es, en pocas palabras, una ley dictatorial donde, al más puro estilo Pinochetista, la vida pública y la vida privada quedan bajo el total escrutinio del ejército.

¿Cómo podría ser posible entonces, que ante algo que se antoja tan claro y tan obvio, la respuesta de la sociedad civil no haya sido más drástica? El discurso del que hoy los poderes establecidos se valen para que aceptemos esta nueva ley no es nuevo. Han tenido que pasar muchos años de propaganda, de adoctrinamiento y de normalización de la violencia para que nos convenzan de que, ante un clima en el que están apareciendo fosas comunes clandestinas como si esto fuera una novela gótica, la solución son más balazos, más militares y más, mucho más muertos.

Para construir el discurso, lo primero que se hace es simplificar el problema, cambiarle de nombre y fabricar culpables. Esta ley no contempla, por ejemplo, el crimen que más duro azota al pueblo mexicano, que es el crimen de cuello blanco. Hasta la fecha, ninguna cámara de seguridad pública ha captado a los siniestros desarrolladores inmobiliarios, que tienen la ciudad secuestrada, cometiendo sus negocios turbios. En ningún lugar dice que les van a caer las fuerzas especiales a las corruptas empresas multimillonarias que desfalcan al erario, destruyen el ambiente, impulsan la desigualdad y se enriquecen a costa de los más pobres. No vamos a ver banqueros huyendo por las calles de Iztapalapa; no tendremos el placer de ver a Duarte (cualquiera de los dos) sometido por policías. La ley sólo destruye hacia abajo.

A las élites no les es conveniente explicar que las olas de violencia y crimen coinciden siempre con las crisis económicas que provocan ellos mismos, los especuladores, el mercado y el estado fallido que trabaja para el capital, llámese multinacionales o cárteles de la droga. Ese, desde luego, es el verdadero filo de esta ley: suprimir a cualquier oposición que pueda develar estas verdades, en un momento histórico de descontento y búsqueda de alternativas. Para los de arriba, es mucho más fácil fusilar pobres que distribuir la riqueza. Lamentablemente, muchos de nosotros respondemos al llamado de sus bélicos tambores.

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III. Crimen, ¿maldad o inequidad?

Por tanto, para los poderes establecidos es necesario que aceptemos un discurso simplista, gringoide, basado en la idea de “los buenos contra los malos”, una visión moralina, mística y pseudo-religiosa donde el crimen es acto de unos cuantos irredimibles, bad hombres tocados por el diablo, y que debemos matarlos, exterminarlos a toda costa. Poco les interesa profundizar, pormenorizar, y analizar las situaciones, abarcar el problema desde un punto de vista sociológico, y entender el crimen, principalmente, como la manifestación de problemas socioculturales más graves.

Es fácil que este discurso resuene porque le habla al hígado y a los bajos instintos. Como chilango que ha sido asaltado con lujo de violencia en más de una ocasión, entiendo perfectamente la rabia a la que esta ley apela. Sin embargo, para poder construir un presente sólido, y luego acaso un futuro que hoy no se nos garantiza, tenemos que estudiar los problemas de nuestra sociedad con serenidad, inteligencia, empatía y, sobre todo, compasión. Sé que no es fácil tenerle compasión ni empatía al que roba, al que agrede. Pero como país cristiano que hipócritamente somos, deberíamos al menos intentarlo.

Y más allá de eso, entender que la mayoría de los delitos del fuero común no pueden ser explicados bajo la lógica de la psicopatía, la locura criminal, o la simple maldad y que son las situaciones sociales y económicas adversas las que han creado generaciones enteras sin esperanza, sin educación y sin herramientas, que muchas veces se ven orillados a involucrarse en dinámicas de las que luego es casi imposible salir. Entender también, por ejemplo, que la mayoría de los delincuentes que cometen crímenes violentos han pasado antes por penales, y son producto de años de abuso y deshumanización sistemáticos. No se trata de justificar el crimen, se trata de entenderlo para poder combatirlo con humanismo,  y sobre todo, resultados (desde que el ejército está en las calles, las violencia ha aumentado exponencialmente).

Porque si lo que queremos es terminar con la inequidad y la injusticia social que generan el crimen en primer lugar, tenemos que cambiar radicalmente todos, nuestra forma de vida, nuestro sistema económico y la forma en que hacemos política, producimos bienes y distribuimos riqueza. Hoy muchas voces lo proclaman, y la nueva Ley de Seguridad Interior surge para silenciarlas. La derecha más recalcitrante, que no acepta nada, está dispuesta a derramar toda la sangre necesaria para no alterar el orden que asegura sus privilegios.

IV . Las lecciones de la historia

Cosas como las que suceden hoy ya se han visto antes, y es inevitable comparar esta propuesta de ley con el nazifascismo. Bajo el pretexto del bombardeo al Reichstag, que se supo perpetuaron los mismos nazis, Hitler logró que se aprobara la ley plenipotenciaria que le permitió erigirse führer del Tercer Reich y eventualmente perpetrar el Holocausto, todo apelando al miedo de la amenaza comunista, a quienes culpó originalmente del atentado; así mismo actuaron las dictaduras militares latinoamericanas del siglo XX, con el consentimiento muchas veces de la clase media, bajo el amparo de la ley y siempre bajo la directriz de Estados Unidos. La historia está queriendo repetirse, y lo vemos a lo largo y ancho del orbe.

Hoy el mundo se está plantando, peligrosamente, ante falsas disyuntivas. Viendo el ideal capitalista desmoronarse, nos debatimos entre prolongar el modelo neoliberal hasta el absurdo o bien regresar a las lógicas nacionalistas, xenofóbicas,  y militarizadas. La situación en México, al parecer, no es diferente. La gran bestia reaccionaria, que sólo entiende de violencia y tiene tres cabezas  (Capital, Iglesia y Ejército), sabe que los vientos de cambio son inevitables, así que hará todo lo que pueda para blindarse, para que ese cambio sea para atrás, en detrimento de los avances sociales logrados y a costa del humanismo que se esperaría del siglo XXI.

Es el año 2017 y en México estamos celebrando cien años de la constitución vigente. Carranza, si bien fallido y conservador en mi opinión, tenía la gran virtud de ser un hombre profundamente anti-militar y convencido de naturaleza civil de la sociedad; para él, no había mayor peligro que la nueva república quedara en manos de soldados. Si bien la Revolución mexicana se realizó a medias y quedó truncada en muchos de sus objetivos de reivindicación social, al menos sí logró el objetivo de sacar a los militares de la vida pública y entregar el control del país a los ciudadanos. Por un tiempo.

Hoy es nuestro deber defender esa herencia de libertad social, pues un espectro orwelliano se cierne sobre nosotros. Los poderes reaccionarios quieren crear un estado militarista que se imponga ante la grave coyuntura de descomposición social, económica y cultural con más violencia, represión y autoritarismo. Bajo el pretexto de la seguridad, van por nuestros más básicos derechos humanos y civiles. Su verdadera intención es suprimir la protesta, el disentimiento y la acción política. ¿Vamos a permitirlo?

Alza la voz contra la Ley de Seguridad Interior.

Foto de portada: Pedro Valtierra, Revista Cuartoscuro