Por Mayra Rojo

Una perspectiva sobre “Tenemos la carne”, de Rocha Minter, 2016

Cuando el cuerpo  es reducido al close up de vaginas, penes y testículos, debemos levantar la voz para decir que “tener la carne” no es convertirla en genitales, no es reducir el cuerpo femenino a vientre —ni psíquica, física, cultural, legal ni políticamente—.

El cuerpo como pedazo de carne implica una transformación de fondo y forma, ya que cuando hablamos de carne pensamos en su condición cruda y no cocida, es ahí cuando la sensación de lo bajo, lo sucio, lo que debe estar oculto nos lleva a la seducción de lo prohibido y simultáneamente a su rechazo. No obstante, esa  transformación de los cuerpos en un amasijo nos confronta con nuestra mentalidad conservadora católica, es ahí que somos “pedazos de carne pecadora”.

En su caso el cineasta,  Emiliano Rocha Minter en su película “Tenemos la carne”  (2016) se concentra en ratificar que el cuerpo-carne es película genital y eyaculatoria del meat shot (plano de carne) pornográfico. Además de proponer que romper con nuestros escudos y prejuicios, es la exploración “límite” moralizante del incesto y la necrofilia que termina en el éxtasis de la orgía, contradictoriamente, un suceso que se oculta en lo que parece un edificio abandonado o una especie de estacionamiento en la ciudad de México. Para rematar se plantea que lo “trans” –ese prefijo hecho tendencia que sustituye a lo post– se crea en la facilidad del porno, la ruptura de lazos filiales y la violencia normalizada: un chico delgado sale de “ningún lugar” y aparece en el centro vestido de mujer. Así mi perspectiva sobre “Tenemos la carne”.

Más allá de hablar de la película en sí misma, me permito repensar la carne y  enunciar sus derivas para abrir nuestro sentido de la curiosidad hacia la carúncula o “el pedacito de carne”, el carnaval, lo carnoso, la carroña; la cena, el cortar, el cuero o el encarnar, el escarbar, el escribir…

Ahí, cuando quitamos la carne están los huesos, juntos cada uno se presenta singularmente, no son dependientes sino por el contrario, hay una autonomía que radicalmente ratifica su existencia de la manera más brutal: frente a lo blando: lo afilado, frente a lo erguido: la caída lenta y viscosa, frente a la estructura: lo informe.

La carne en su condición de peso y gravedad se adhiere a los huesos, a la estructura que perfora, que atraviesa. Amasijo mórbido si no se articula con tendones y cartílago. Así la carne y los huesos, en su pluralidad y singular existencia, son decantados en una estructura afilada envuelta por una materialidad sanguinolenta, un peligro que si no se contiene, corremos el riesgo de que devore el orden que nos rige y construye.

Hueso y carne están registrados en nuestro régimen visual como el cuerpo de quien mira —no así de quien es mirado—, es decir de la figura ordenada que se proyecta en el objeto mirado. Un contorno-piel que cubre el terror a la muerte de la osamenta, al asco del desecho de la densidad viscosa.

La carne desbordada, escurridiza y saliente se ofrece, el cuerpo se convierte en alimento, en carúncula. Vale la pena recordar la escena del “Abrazo de la serpiente” del colombiano Ciro Guerra (2016) La escena donde el mesías, después de que Karamakate cura a su joven esposa, ordena “¡Cómanme!”. Como espectadores, ¿qué pasa velozmente por nuestras cabezas? Comer el cuerpo del otro es una acción que en nuestro contexto se vuelve imposible, no por su “salvajismo” trasnochado que se convierte en grosero fanatismo, sino porque la distopía de nuestros imaginarios de la catástrofe y del terror sobre el mundo enfermo está más cercano a la representación de los modelos de terror y ciencia ficción del cine “comercial” que cercanos al mundo sagrado que quiere recuperar Karamakate y los dos científicos. —Frente a la orden “¡Cómanme!” hoy ni siquiera un zombie corre el riesgo de comer carne y cerebros con algún tipo de virus o cáncer, como sucede en World War Z (2013) del cineasta alemán-suizo Marc Forster—.

Así los cuerpos evanescentes de quienes somos los hijos del neoliberalismo, bajo las clasificaciones generacionales nos identifica como“Millennials”, que “somos” pura evanescencia. Nos crío MTV y nos gusta salirnos tardíamente de la tutela de nuestro nido familiar, vivimos en edad adulta la crisis del 2008 y fuimos partidarios de inventarnos la idea de que las redes sociales también son formas de organización política lo cual generó, emblematicamente, movilizaciones como Occupy WallStreet, las llamadas Primaveras árabes, el Movimiento #yosoy132, asimismo en su contexto se manifestó el movimiento estudiantil chileno con la carismática Camila Vallejo.

Nuestra carne, entonces, se convierte en humo, somos evanescentes, una especie de carne imperecedera que se convierte en flujo de información y nuestros afectos se viralizan en redes.

Pero después de todo buscamos eso que nos diga quiénes somos: el amor, la identidad, el territorio, los constructos culturales y ansiedades políticas; todo ello, envuelto por el complejo suceso de la intimidad y la interioridad creativa, donde los viajes interiores permiten comprender la realidad y amarla con sus monstruosidades.