Por Teolinca Velázquez

“Déjenme decirles, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor.” Che Guevara

Hay amores que no podemos expresar, que se quedan escondidos en el correr de nuestras venas: son secretos y son eternos. Es el amor que sentimos cuando un hermano o un extraño padece y nos hacemos partícipes de su padecimiento; sentimos en carne viva el deseo de pertenecer, de acompañarnos los unos a los otros en la alegría, la tristeza, la victoria y el fracaso.

La humanidad aprecia a los héroes tanto ficticios como reales, o reales que se convierten en ficticios; los aprecia porque de cierta forma se necesitan figuras míticas que personifiquen la idea del amor, que nos enseñen cómo luce alguien que dé la vida por sus amigos. Hay una fascinación por estos personajes que encarnan una cualidad perdida en el ser humano: la capacidad de amar incondicionalmente sin esperar nada a cambio.

¿Qué significa amar para un héroe? ¿Nos hemos preguntado por los sacrificios que han tenido que hacer estos personajes para alcanzar un objetivo que muchas veces no fue conseguido?  Que ser un héroe o una heroína significa muchas veces dejar la zona de confort, dejar la vida como nosotros la llevamos para ir en pos de un camino que no es plano y cuyo final se ve muy lejano.

¿Cómo amaría un héroe?, recuerdo a un personaje que puede caracterizar la respuesta a esta pregunta: “Cuanto más padecía, más apasionada era su melodía porque cantó al amor encumbrado por la muerte, al amor que no concluye en la tumba”, son palabras de Wilde para describir los últimos instantes de vida del Ruiseñor, quien cantando al amor que no concluye en la tumba, dio su vida por una causa.

Eso es lo que ha hecho suspirar a las generaciones, ¿quién en su sano juicio es capaz de dar la vida por una causa? o peor, ¿quién en su sano juicio moriría para que otro, un extraño, fuera feliz? Son ilusiones del pasado, historias que pertenecen a una era que no existe ya. Personajes que al volverse mito, han dejado su carnalidad en nosotros para convertirse en la deidad del amor, valentía y audacia que a nosotros nos faltan. En ellos vemos reflejados lo contrario al egoísmo generalizado de nuestra época, al presente suspirando al pasado mientras que este último se eleva al cielo con una aureola que nos alumbra.

¿Seríamos capaces de amar sin esperar nada a cambio? ¿de entregar la vida sin ver la ganancia? ¿de romper con esta ola de violencia para amar al otro simplemente por ser otro ser humano? ¿de dejar de ver al extraño como enemigo para comenzarlo a ver como amigo? ¿Qué diferencia antropomórfica hay entre los personajes históricos y nosotros? ¿Qué nos impide a nosotros seguir sus pasos y atrevernos a amar sin interés?

En Cuba: las palabras que se quedan

El amor se vive, se siente, duele y recorre nuestro cuerpo desde los pies a la cabeza. En esta época que todo lo quiere traducir a un significado mercantil, el amor heroico se manifiesta en los corazones que aman sin esperar nada a cambio, que indiscriminadamente se entrega a sus hermanos, aunque muchas veces esto signifique ir en contra de lo que es considerado normal, o ser calificado de estúpido por una sociedad que confunde la inteligencia con insensibilidad: “Porque regala su vida, ellos le quieren dar muerte”, cantaba Víctor Jara. Quizá sea por lo mismo que los héroes son convertidos en mitos inalcanzables; al adquirir la cualidad de dioses, quedan lejos de nosotros los mortales y por ello nos es imposible acercarnos a ellos, seguir sus pasos, así que no existirá la posibilidad de que haya quien se enfrente a esta forma de vida banal.

Dicen que para llegar a sentir este amor por la humanidad es necesario primero ser un humano, ser carne y hueso, porque los héroes y las heroínas no son seres de otros mundos; son hombres y mujeres con las mismas características antropomórficas que cualquier otra persona, eso es lo maravilloso del amor heroico: que siendo humanos, manifestamos nuestra humanidad a través del amor, la comprensión y la semejanza. No somos extraños, somos iguales.

Y ser iguales significa sentir en lo más profundo del corazón lo que duele a los demás, lo que gozan las personas, los que les enoja, absolutamente todo somos capaces de sentir empáticamente y de esta manera hacernos uno con la colectividad. El héroe no se eleva sobre nosotros, se hace uno con nosotros.

Y así, nos muestra entonces el camino para seguir sus pasos: “…Todos los días hay que luchar porque ese amor a la humanidad viviente se transforme en hechos concretos, en actos que sirvan de ejemplo de movilización”.

Foto de portada: El Sol Web