Luis Roncayolo

Esta capa, Flosi, fue tu regalo a Hoskuld [tu yerno], y ahora te la devuelvo. Él fue asesinado en ella. En el nombre de Dios y de todos los hombres buenos te encargo, por todos los poderes de tu Cristo y por tu coraje y hombría, que vengues todas las heridas que recibió al morir – de otra forma conviértete en objeto de desprecio para todos los hombres.

La Saga de Nyal

“¡Thóril! ¡Sal de la casa! ¡Vine a matarte!”

Adentro, en la penumbra del hogar, las mujeres lloraban. La esposa aferrada al brazo de su marido, Thóril el Blanco, lloraba desconsoladamente porque creía que se acercaban las Valkirias al hombre que desde que tenía dieciséis años le había marcado la vida, al que había dado cuatro hijas y tres hijos (de los cuales sólo uno había sobrevivido el primer invierno), al que había visto sobre la Piedra de la Ley cuando fue juez y legislador, al que había extrañado tres inviernos cuando zarpó en una prolongada incursión a Irlanda de la que trajo una fortuna en botín. Thóril el Blanco, la mirada perdida en algún punto del fuego, recordaba que ya había predicho aquél acontecimiento.

“¡Thóril! ¡Thóril el Blanco! ¡Sal de la casa! ¡Vine a matarte!”

Su hija menor, Yingvild, la más sobria y también las más hermosa (porque había salido idéntica a la madre), se acercó al patriarca con la lanza en la mano y se la adelantó, y con solemnidad él la agarró. Su yerno, el marido de su hija mayor, se acercó con hacha en mano y le dijo: “Si quieres, padre, te acompaño”.

“No me acompañes”, respondió Thóril. “Esto es algo que debo asumir sólo. El honor de la familia lo demanda”.

Thóril el Blanco era hijo de Byörn el Cuervo –de quien se decía que una bandada de aves negras se lo llevó en medio de una batalla en Inglaterra– y de Unn, la hija predilecta de Hoskuld, el que había derrotado al hijo del rey de Dinamarca en combate de honor, y que por ello se vio obligado a exiliarse; navegando con su hija de tres años alcanzó las islas Feroes, donde se enteró del descubrimiento de Islandia por parte de Naddoðr, y acompañó a Halfdan (el hijo de Naddoðr) a colonizar aquella tierra nueva y vacía, de donde se decía que sólo vivían santos irlandeses, sin familia, sin riquezas, y que al morir sus cuerpos ascendían al cielo. Finalmente todos los santos se elevaron y la isla quedó despoblada, abierta para los valientes que estaban dispuestos a cruzar el mar y alejarse de Noruega. Así llegó Hoskuld a Islandia, así casó a su hija Unn con Byörn el granjero. Byörn cargó a su hijo Thóril en brazos un mes antes de partir a Inglaterra, donde se lo llevaron los cuervos.

“¡Thóril! ¡Sal de la casa! ¡Vine a matarte!”

“¡Te lo suplico, Thóril!” exclamaba Thorgerd, su esposa, la hija de Osvif, goði del distrito del río Ranga, una mujer que en su juventud había sido admirada por su perturbadora hermosura (todavía se intuía esa belleza detrás de sus arrugados ojos). Su padre, que era tenido por sabio, tuvo el tino de casarla con otro que también tenía fama de sabio, pues el goði, hijo de Ragnar el Púrpura, tenía que honrar la tradición de pertenecer a una de las primeras familias de Islandia. Ragnar el Púrpura había sido hijo de Ragnar el Fiero, de quien se había dicho que había visitado Constantinopla y conocido al César, de quien recibió grandes honores por haberlo ayudado a luchar contra sus enemigos los sarracenos, y que había llegado soltero a Islandia mucho después. “¡Thóril, acepta que nuestro yerno salga contigo! ¡No enfrentes a ese canalla tú solo! ¡Estás viejo! ¡No vas a aguantar su primer embate!”

Sobremuriendo

“¡Silencio mujer!” gritó Thóril golpeando con vigor la lanza contra el suelo. “Yo ya había visto esto en un sueño. El destino ha decidido que esto concluya de esta manera, y no hay nada que los hombres puedan hacer para revocar sus decretos”.

“¡Thóril! ¡Sal de la casa! ¡Vine a matarte!”

Thóril el Blanco se levantó de su asiento y la madera rechinó bajo sus pasos. Una a una se despidió de sus hijas con un fuerte abrazo y con un beso en la boca. Su esposa se aferró a sus hombros, “te lo suplico, no vayas Thóril…”

“Tengo que ir, Thorgerd. La vida de nuestro hijo depende de ello”.

Los esposos se abrazaron y se besaron envueltos en fragilidad y tristeza. La madre del padre de Thorgerd (es decir, su abuela), Hrafnhild, había llegado a Islandia con su padre, Halfdan, el hijo de Naddoðr, también conocido como el Bardo. Era de las primeras familias –y de las más respetadas– de la isla. Del lado de Thóril, el padre de Byörn el Cuervo era hijo de Ottar, el hijo de Byörn el Oriental, hijo de Ketil Nariz Plana, todos poderosos guerreros del Laxardal. La alianza entre las dos familias había consolidado un clan próspero y amado por los vecinos del distrito del río Ranga.

Thóril apartó a su esposa y se acercó a su yerno, Stein Thorsteinsson, y le dio un apretón de mano y un último abrazo. Luego se acercó a sus esclavos que arrodillados lloraban y le imploraban que no saliera. Eran todos irlandeses, salvo uno que era inglés. Todos habían abandonado la fe en Cristo para aceptar los ritos paganos de su amo.

“¡Thóril! ¡Thóril el Blanco! ¡Sal de la casa!”

Thóril se amarró un hacha al cinturón, descolgó de la pared el escudo de madera pintado de blanco y azul, empuñó con fuerza su lanza, echó un último vistazo a su familia y al interior de su casa… y salió al brillo intenso del día…

Las colinas enlutaban un otoño temprano, un rebaño de ovejas correteaba ante la presión de un perro pastor, las siluetas sombrías de los pastores inmóviles sobre la cima de un cerro a la derecha observando con atención hacia la casa. De los cobertizos a la izquierda irradiaban los ruidos de cerdos y gallinas. Al final del huerto, la puerta de madera encajada en el muro de piedra estaba abierta. Y justo en la entrada a la propiedad la figura alta, maciza, temible, de Gunnar Cabellos Largos, la barba castaña anudada en dos trenzas, el escudo en el piso apoyado del muro de piedra, del cinturón el mango enorme de la espada envainada. El enemigo venía vestido con túnica roja, pantalones vino tinto, capa de un color oscuro e indefinido: había escogido su mejor ropa. En cambio Thóril, que iba con una camisa blanca y unos pantalones grises, parecía más bien un asceta desamparado que un guerrero de frente a la muerte.

“¡Largo camino has transitado sin duda, Gunnar Valgardsson!” dijo Thóril el Blanco.

“¿Dónde está tu hijo, Thóril?”, preguntó Gunnar violentamente.

“Este pleito es entre tú y yo, Gunnar. Sigvat no tiene nada que ver”.

“¿No tiene nada que ver? No volveré a insistir, Thóril. ¿Dónde está tu hijo? ¿Dónde está Sigvat? Si es valiente, ¡que salga! ¡Que salga ahora a asumir la consecuencia de haber matado a mi hijo!”

“Yo asumiré la responsabilidad. Yo pagaré por su delito. Soy su padre y puedo compensarte con lo que quieras. Pon tú el precio de la compensación. ¿Cuánto quieres? ¿Mil monedas de plata? ¿Dos mil? Te doy lo que quieras y damos este pleito por saldado ante el Althing cuando llegue el verano”.

“¡No quiero monedas de plata ni de oro! ¡No hay fortuna sobre la tierra ni debajo de los mares que pueda pagar la muerte de mi hijo! ¡Vine a matarte a ti y a tu hijo, en cobro por lo que me han hecho! ¡No hay deuda que justifique lo que Sigvat hizo!”

“Sí la hubo,” dijo Thóril. “El honor de mi hija que tu hijo mancilló”.

“Yo ya pagué esa deuda cuyo precio pusiste tú mismo. Yo ya di trescientas monedas de plata para absolver a mi hijo de la deshonra que causó a tu familia”, respondió Gunnar conteniendo la ira.

“El pago me habrá complacido a mí, pero no satisfizo a Sigvat. Sigvat no quería aceptar ninguna compensación por la violación de Yingvild. Ya había dicho frente a todos en el Althing que nuestro honor sólo podía limpiarse con la sangre de tu hijo Byörn. Todos le aconsejamos lo contrario, pero él hizo la objeción ante la corte. ¡Tú estuviste ahí! ¡Lo viste! ¡Sabías que esto iba a pasar y no te dio la gana de aplacar su furia! Además piensa en lo que la venganza traerá a nuestras familias, pues como dice el proverbio, es breve el placer de la mano en el golpe”.

Y Thóril pensaba, no sin cierto dolor, que el cariño que su hijo Sigvat sentía por su hermana Yingvild sobrepasaba los límites de lo aceptable. E incluso había habido historias que se habían quedado secretamente en la casa, historias de un romance de cobertizos, entre animales, en medio de la noche que oculta los actos ilegales. Ese amor perturbaba el espíritu de Thorgerd, la madre, quien sentía pavor de que Frigg, la protectora del matrimonio y esposa de Odín, desencadenara la desgracia sobre la familia por semejante delito. Pero aún los secretos más secretos de familia no permanecen ocultos por mucho tiempo a los cuervos espías de los dioses, aunque fuera para los hombres una verdad oculta; sólo los sirvientes más cercanos tenían noción de los combates de miradas y reproches de doble sentido a las horas de comida. La madre –que cuántos sacrificios no ofreció a la diosa para aplacar su rencor– tan sólo le bastó oír la voz tronadora de Gunnar Valgardsson reclamando la presencia de su marido para que concluyera trágicamente que aquello no podía sino ser un castigo concebido desde lo alto –y quizá, para su mayor tristeza, con justicia.

¿Y los charquitos? (díptico)

“La única furia que ha de ser aplacada es la mía, y el único honor que ha de ser compensado es el mío”, amenazó Gunnar llevando la zurda al mango de la espada, la diestra aferrada a la funda. El padre de Gunnar, Valgard el Rojo, había llegado a Islandia expulsado de Noruega por haber dedicado su vida a ser vikingo, a asaltar muchos pueblos y a matar mucha gente. La madre de Gunnar había sido hermana del rey de Noruega, a quien Valgard el Rojo había secuestrado en un ataque a las islas Brännö, y a quien había desposado por la fuerza, una mujer de apariencia hermosa –cuenta la historia– y que había muerto en el parto cuando dio a luz a Gunnar en pleno viaje por el mar rumbo a Islandia, cuando fueron perseguidos por la flota del rey que iracundo deseaba rescatar a su hermana. Valgard el Rojo, a su vez, había sido hijo de Ketil el sueco, quien por vikingo también había sido exiliado de Gotland, en el mar Egeo, y de quien se cuenta que colaboró con un antiguo clan de gigantes para derrocar al rey de los Gautar, tras lo cual hubo una masacre y una destrucción que no se conoció por generaciones en toda Suecia. La sangre que corría por las venas de Gunnar era, desde antiguo, sangre de canallas. “A tu padre se lo habrán llevado los cuervos del campo de batalla”, dijo Gunnar, “pero tú no compartirás esa suerte. Ahora dime, por última vez. ¿Dónde está tu hijo Sigvat?”

Sigvat, hijo mío, ya debes estar en los bosques, o más allá del río Blanco. Si llegas hoy mismo a la Tierra de Islas, podrás alcanzar un barco noruego o danés, y huir a un refugio lejos de la fuerza de esta bestia. ¡Cabalga! ¡Más rápido! ¡Cabalga!

Gunnar dio un paso al frente; Einar, el yerno de Thóril, salió de la casa armado con arco y flecha prensada, apuntando al pecho del invasor. “Estás poniendo pie en tierra que no te pertenece, Gunnar”, dijo Einar.

El invasor aparentó no inmutarse ante la amenaza, pero el brillo de la punta de acero afilada en su dirección le conmocionó el pecho y el corazón. Dio dos pasos hacia atrás, agarró su escudo, desenvainó la espada –de un tamaño tan colosal que cualquier otro hombre tendría que blandirla con las dos manos–, se alejó del muro y dijo: “Thóril, aquí estoy. Tienes a todos ellos de testigos. Sal de tu refugio y enfrenta mi venganza”.

“No lo hagas, padre”, dijo Einar a Thóril con el arco todavía prensado.

Einar era hijo de Osvif, que era el hijo único de Ottar el gordo, a quien le decían gordo porque pesaba lo mismo que un toro, y que de joven había llegado a Islandia de Halogaland, en Noruega, de donde había tenido que huir del yarl por una traición de la cual los detalles nunca se supieron, pero que involucraban la promesa de matar a un trol que había atacado y matado a unas doncellas parientas de yarl a orillas de un río. Ottar se había comprometido a cazar y matar a la bestia, pero cuando llegó el momento, intentó engañar al yarl trayéndole la cabeza de otra criatura, y como el yarl no se diera cuenta, Ottar pensó que cobraría la recompensa sin problema, lo cual sucedió… Pero luego, la noche del mismo día, la esposa de yarl, que era una practicante de magia muy temida, reconoció que aquella no era la cabeza real del monstruo, y ante la amenaza de caer preso, e incluso la muerte, Ottar huyó… Así fue como llegó a Islandia, se casó con Thordgerd la alta, y tuvieron a Osvif, que luchó en la batalla por expulsar a las salamandras de fuego que emergieron del volcán veintiséis años después de la primera llegada de los noruegos a la isla, por lo que Osvif ganó gran fama, fama que le pasó a su hijo Einar, el que se casó con la hija mayor de Thóril, quien le respondió al joven Einar: “Si no salgo a combatir a este hombre, no sólo mi familia, y por defecto la tuya, quedará manchada de deshonra, pero no podré impedir que este hombre monte en su caballo y cabalgue hasta dar con Sigvat y le dé muerte. Esto acaba aquí”.

Thóril avanzó hasta la entrada del muro al ritmo de los que van dispuestos a alcanzar Valjala a menos de cien pasos. Gunnar se echó para atrás en dirección a su caballo, que suelto pastaba ignorante de la violencia que estaba a punto de desatarse. “Thóril, si me dices dónde está tu hijo, tú no tienes que morir”, dijo Gunnar. “Sabes que si te mato, entraré a tu casa a buscarlo. Si lo tienes escondido, lo sacaré a los ojos del sol y lo mataré aquí, enfrente de todos, enfrente de su madre, quien habrá perdido a su esposo y a su primogénito. Sálvate tú, al menos”.

“Creí que habías venido a matarme”, dijo Thóril. “¿Decías la verdad, o te has acobardado?”

“Cuida tus palabras, anciano”, dijo Gunnar. “No interpretes mi clemencia con un sentimiento que no te conviene despertar en mi alma. Y dile a tu yerno que baje el arco, que si quiere venir a pelear que lo haga con espada en mano”.

Al escucharlo, Einar bajó el arco. Podían oírse los llantos de pavor de Thorgerd y sus hijas detrás de las ventanas. Yingvild, la menor, la única que no lloraba. A la velocidad del aleteo del cuervo, Thóril levanta la lanza y la avienta con toda su fuerza hacia el enemigo. Gunnar alzó su defensa y recibió la lanza, que atravesó el escudo por completo y se clavó en el suelo a sus espaldas. Con un grito de oso feroz, Gunnar corre contra Thóril, espada levantada sedienta de guerra. Thóril agarró el hacha de su cinturón y recibió la espada enemiga sobre el escudo. El espadazo había sido tan enérgico que el escudo se partió en dos. La madera vuela más allá del muro de la granja, hacia los pies de Einar. Thóril tiró el escudo a un lado y agarró el hacha con las dos manos. Gunnar lanza un espadazo en horizontal que estuvo a un pelo de abrir el pecho del viejo. Luego otro y otro, pero no hería a Thóril, que brincando hacia atrás evadía a la muerte. Gunnar da un paso largo para golpear al viejo con su propio broquel, lo intenta tumbar, pero Thóril esquiva el golpe y levanta su hacha, pero el hacha se traba en el borde del broquel de Gunnar. Gunnar gira el escudo con violencia y el hacha de Thóril cae al suelo…

Y sigue siendo un instante

Entonces Gunnar le da una patada a Thóril en el estómago y el viejo se desploma en el suelo. El pavor de las mujeres alcanza un clímax. Thóril se arrastra, intenta alejarse de su enemigo. En Einar estalla la tentación de meterse en el combate para salvar al suegro. Thóril se arrastra… Gunnar a paso lento lo sigue… “No mates a mi hijo”, suplicó el viejo. “Con mi muerte te basta, es una venganza justa, honorable. Por favor no mates a mi hijo”.

“Yo decidiré hasta dónde llega mi venganza”, dijo Gunnar soltándole una patada al viejo en el pecho.

Thóril quedó boca arriba, su mirada miraba al cielo, las nubes grises se movían y le daban la impresión de estarse la tierra moviendo, como en un barco, navegando en la frialdad del viento. Buscaba sin saberlo un arcoíris, buscaba la sombra de los caballos voladores de las Valquirias, deseaba deslumbrarse con el oro de los dientes de Jaimdal, sentarse a la mesa en los hercúleos salones de Valjala, beber hasta el final de los tiempos en compañía de los Ainjeryars. Pero no hubo arcoíris, no hubo cabalgata. Sólo el brillo instantáneo sobre la espada inmensa de su enemigo.

Un recuerdo acudió a su memoria, un recuerdo oculto en la oscuridad de su bota derecha. A la velocidad con la que un cuervo muerde, Thóril mete la mano en la bota y saca un cuchillo opaco y oxidado, lo blande y antes de que cayera contra su cuello el filo de la inmensa espada, lo clava en el muslo de Gunnar. Un chorro de sangre brotó de la herida, un chorro emergente de la femoral. El grito de Gunnar ahuyentó a las ovejas como si de un lobo se tratara. Thóril se levantó, blandió el cuchillo y cortó una herida en el brazo izquierdo que sostenía la espada. La espada cae al suelo. La exclamación de las mujeres ante el giro repentino. Gunnar tiró el escudo, recogió la espada con su diestra, corrió tras Thóril. El viejo agarra el hacha, se da la vuelta, pero no le alcanza el tiempo cuando la espada inmensa de Gunnar ya cortaba el viento, cortaba la tela de su manga izquierda, cortaba la carne, los nervios, cortaba el hueso húmero de su brazo y se enterraba en su costado a la altura de las costillas. Thóril, bañado en un manantial de sangre, cae al suelo; su mano derecha no podía detener el líquido que se desangraba por lo que le quedaba del brazo izquierdo. Einar se había unido al coro de dolor de las mujeres.

Gunnar levantó la espada con el filo hacia abajo, el mango agarrado con las dos manos, el rostro cargado de furia, y un silbido de flecha emergió desde las colinas, un silbido que en línea recta viajó por el aire y se enterró en la axila de Gunnar. Del horizonte emergió un joven a trote con un arco en la mano, una flecha en la otra. Tensó el arco, apuntó la flecha contra el enorme de cabellos largos, la soltó. La segunda flecha se enterró en el estómago y privó a Gunnar de la fuerza para sostener la espada. El joven se acercó aún más, a diez pasos acaso, desnudó otra fecha, la tensó en el arco y la soltó. La tercera punta atravesó el pecho y se enterró en el corazón de la bestia. Gunnar cayó de rodillas, vio por última vez a su asaltante, el que le acababa de arrebatar su venganza y le pagaba con la muerte. El cuerpo del gigante cayó flácido con la mirada perdida del que ya ha sido recogido por las hijas del dios.

El joven corrió, agarró a Thóril entre los brazos, y le dijo: “Aquí estoy papá. Aquí estoy”.

“Hijo, has vuelto”, dijo Thóril.

Einar, Thorgerd, las hermanas, los esclavos, salieron de la granja en una tormenta de alegría y conmoción. Salieron a abrazar a Sigvat. Yingvild, la menor, fue la única que no salió.

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