Viajan a lo largo del país para venerar a la naturaleza y a un dios católico. Hombres y mujeres, viejos y jóvenes alimentan una tradición popular, antigua y exigente

Por Enrique Mendoza Ruiz

Bailan agitando brazos y piernas al ritmo de cascabeles y tambores de cuero sobre el atrio de la iglesia. Los hombres con el torso desnudo, las mujeres vistiendo como las doncellas aztecas que alguna vez pintó Diego Rivera. A medida que el sol sube en lo alto del cielo, el ritmo de la música se acelera y cada cuerpo pintado agita cada vez más sus extremidades cubiertas de plumas haciendo sonar frenéticamente los cascabeles atados a sus piernas y brazos, a la vez que la gente comienza a reunirse a su alrededor para registrar esta celebración con sus celulares.

Indiferentes al movimiento de la gente, cerca de una docena de personas pintadas y vestidas con pieles y plumas marchan en medio de la calle llenando sus alrededores de música, risas y humo de copal e incienso. Como visitantes de otra época, los danzantes acaparan miradas durante su recorrido a la iglesia del pueblo, el ex convento de San Guillermo. Este día también es importante para ellos.

De acuerdo con Ezdras “Teochóllolt” Villanueva, el grupo de danzantes del cual es vocero ha venido a venerar al “Cristo aparecido”, pero también a pedirle que la tierra siga siendo fértil porque “la naturaleza puede vivir sin nosotros pero nosotros no podemos vivir sin la naturaleza”. Entre agradecimiento y petición, continúa Ezdras, además de celebrar una de las fechas más importantes de la religión católica, veneramos a la naturaleza de acuerdo con un ciclo solar, pues la tierra  produce alimentos por distintos periodos y necesita descanso.“Es por voluntad. Nadie nos paga nada”. Algunos vienen de lugares como Cieneguilla, Guanajuato; Xochimilco y Amecameca. Ezdras es de Totolapan, quien aprovechando el descanso, comenta: “Para que ellos [los danzantes] vengan a este lugar yo tengo que ir a sus fiestas cuando ellos lo necesitan. Hoy me tocó a mí requerirlos y ellos acudieron”. Contrario a lo que muchos pudieran pensar, los danzantes se financian ellos mismos:

“Es por voluntad. Nadie nos paga nada ni nos obliga. Es pura voluntad, puro corazón. Porque podemos, porque nos gusta y porque traemos el seguimiento de nuestros padres, nuestros abuelos y nuestros antepasados que nos dejaron entre nuestras herencias estas tradiciones. Traemos las formas antiguas desde antes de la Conquista, como erróneamente se le llama. Hoy la danza es una mezcla de esas formas tanto antiguas como modernas. Son ritos igualmente sagrados a los que hay dentro de una Iglesia. Nosotros ponemos los sahumadores, ponemos nuestro altar. Nosotros danzamos y rezamos con los pies”, explica Ezdras.

Después de bailar, el grupo tendrá que velar la cruz toda la noche antes de retirarse, no sin antes realizar un recorrido con ella por los alrededores del pueblo, cuyas calles ya fueron tapizadas con los colores representativos de la pasión de Cristo. Uno de los mayordomos de la Iglesia les permitirá quedarse en su casa. Mientras la mayoría de los danzantes sigue bailando, un par de jóvenes pintados completamente de azul se retira del atrio de la Iglesia para buscar algo de comer. Atrás de mí una mujer me pide que no deje de tomarle fotos a su esposo, quien baila tranquilamente entre de sus colegas: “Yo no quería dormir en camas separadas, pero él insistió…”, informaba señalando al hombre con su dedo índice.De pronto una pausa: la música que había cobrado fuerza se detuvo de golpe junto con los danzantes que habían formado un círculo alrededor de una especie de altar humeante ante una cruz de madera acostada. Sentados bajo la sombra de un árbol, algunos danzantes escuchan sin atención la música grupera que proviene de una esquina del atrio. Los que están de pie, sin moverse de su lugar, se miran unos a otros echando un discreto vistazo al público que se dirige al interior de la iglesia; aprovechan el descanso para acomodarse sus tocados o toman agua de una botella que hace circular una joven ataviada a la manera mexica.

A nuestro alrededor, el llamado a misa reunía a decenas de personas que lentamente ingresaban al interior del ex convento de San Guillermo. Los músicos sin pena ni gloria se retiraban del atrio a la vez que una voz emergió de la profundidad de la iglesia recitando un sermón casi ininteligible. Los danzantes en cambio se quedarán unas horas más afuera haciendo su propia misa, alabando a Dios con su cuerpo, orando con sus pies.