También en la universidad más distinguida de América Latina, hay desaparecidos. Este es el relato de la búsqueda implacable de unos padres por su hijo

“…estoy seguro que lloró todas las lágrimas que ante mí contuvo. Estoy seguro porque me siento anclado, igual que una pequeña embarcación, a un río de llanto”.

Andrés Henestrosa

Por Fernando Alonso

Por fin, vacaciones. Israel tomó dos libros, los echó a su mochila y salió al viaje para olvidarse un rato de la Facultad de Filosofía, pues aunque era su segunda casa, quería reconfortarse con la naturaleza, los bosques, los pastizales y hasta con los irreverentes caminos empedrados que dejan una huella de reconciliación inexplicable. Al otro día de emprender el viaje, Israel llegó a Monte Albán, Oaxaca. Días después marcó de Puerto Escondido, el 6 y el 7 de julio. El 8 llegó a Chacahua, era el año 2011. Después de eso, nada; nunca más lo volvieron a ver.

Los papás de Jesús Israel Moreno buscaron en todo Oaxaca, preguntando, pegando fotos y carteles. Hicieron viaje tras viaje, pero nunca más de placer. Pese a sus constantes paradas, su mente nunca se detiene: “¿dónde está mi hijo?”.  Bordearon cerros picando con una varilla el piso que después huelen para saber si hay un ápice de hedor, si es así, quizá los cuerpos estén cerca. Probablemente ahí yace el llanto, el miedo y la mirada absoluta de la tragedia.

Son ciudadanos cualquiera que se han convertido en un cuerpo de acción y de mensaje. Mensajeros de su propia condición, les muestran a los otros sus privilegios; ellos  duermen, comen, ven crecer a su familia día con día. Pero al mirarlos, su figura estoica refleja una entereza que hace dudar que están y estarán toda la vida con un despojo irreparable: “La vida que teníamos juntos se ha vuelto toda un cúmulo de añoranzas”.

Todo bien

El papá de Israel empezó a anotar todo: nombres, calles, lugares, referencias. Su libreta de cuadro chico se convirtió en su única bitácora. Su cuerpo dejó de tener identidad propia y se convirtió en servicio. “Cualquier información, alguna señal de vida, aunque sea especulación, se les agradecerá”, ¿Cómo puede ser posible?, se preguntan sus padres, ellos “estudian, no matan. Estudian, no secuestran. Estudian, no violan”.

Como diría el actual ex presidiario José Manuel Mireles en una de sus cartas: “¿Qué es una desaparición? En principio esta pregunta quizá esté mal formulada, puesto que lo que nos interesa no es una identidad sino su reconocimiento, es una ausencia no sólo física sino de cualquier tipo. La lucha debe estar ubicada desde ese franco, desde el reconocimiento de un cuerpo y la libertad que éste tenga sobre sí, que sé de garantía de su identidad y que se respete”.

Para dar seguimiento a éste y otros casos surgió el colectivo Nos Hacen Falta a inicios del año 2015, a partir de una iniciativa en conjunto entre estudiantes y académicos de distintas facultades de la UNAM. Es un colectivo que exige la presentación con vida de alumnos de esta universidad. Combaten el juvenicidio, y como él, proceden de manera indistinta sin detenerse por corrientes ideológicas u ocupaciones entre sus miembros. Reconstruyen la memoria y las vidas de los compañeros ausentes, recuerdan que la justicia no ha sido bien servida. Al respecto, interpelan de manera incesante, ¿qué hace la UNAM? ¿Qué están haciendo las instituciones? ¿Están mudas, tibias o amordazadas?

Nos Hacen Falta apuesta por un análisis y un diagnóstico colectivo de todos los niveles políticos, que la mayoría de las veces maquilla y oculta la verdad. Trabajan en la UNAM  después de las aulas, como lo hacían los estudiantes de Ayotzinapa, que después de las clases tenían que trabajar el campo. El saber no es sólo un privilegio, también una grandísima responsabilidad con la comunidad.

Sólo en la ausencia nos damos cuenta de lo interrelacionados que estamos. En la ausencia, los cuerpos ya no disponen del tiempo, más bien la temporalidad empieza a jugar con los cuerpos.

Coyote contra colibrí

Hay palabras que quizá por repetitivas nos parecen un rasgo más de la identidad de alguien, pero en la añoranza son palabras que atesoraremos hasta el final con nosotros, al igual que un deseo implacable: volverte a ver.

Foto de portada: Miguel Dimayuga, Proceso.