Por Luis Roncayolo

Para un hombre que busca el poder, los más menesterosos son los más adecuados, dado que no tienen afecto a lo suyo, ya que, claro, nada tienen, y todo lo que conlleve ganancia les parece honorable.

Salustio

Tito Tacio marchaba por la planicie con el sudor recorriéndole de la frente al mentón; caían las gotas al suelo arenoso ante las pisadas de sus pies. No iba solo. Marchaban junto a él seiscientos legionarios que conformaban la cohorte de hombres nuevos alistada por el cónsul. Y en medio del agotamiento que ocasionaba en sus miembros su primera experiencia militar, se daba fuerza recordando las sórdidas palabras del cónsul: ¡Desprecian mi falta de nobleza, me echan en cara mi nacimiento, se burlan de que no he perdido mi tiempo aprendiendo griego! ¡Pero yo os digo, quirites, la calidad es una y la misma en todos! ¡El más valiente, ese es el verdaderamente noble!

Había nacido en el Aventino, de una liberta que le había puesto el nombre del antiguo rey que compartió el trono con Rómulo porque a la mujer le gustaba mucho aquella historia. Desde niño le dijeron que su abuelo había sido un esclavo traído de Iliria, tras haber sido sometida por Emilio Paulo. Si se trataba de su abuelo paterno o materno, nunca lo supo, porque su madre murió cuando su mente apenas empezaba a recolectar recuerdos, y su padre había huido mucho antes de Roma, escapando de una deuda con la gens Claudia que le hubiera costado la libertad. Conmovido por la tierna edad del huérfano, un sacerdote de Líber acogió a Tito Tacio en su templo; lo vistió, lo alimentó, lo educó (le enseñó que Júpiter habita el éter y Juno el aire) con la idea de algún día integrarlo en el colegio de adivinos que se reunían en medio del Aventino, apretados entre callejuelas sucias y edificios demacrados donde familias plebeyas compartían espacios miserables entre ratas y perros. Pero el carácter fogoso del joven traicionó las esperanzas del sacerdote, y Tito Tacio huyó antes de haber cumplido los catorce años.

Fue aprendiz de herrero y carpintero, jornalero en las haciendas de la gens Fabia, cardador y hasta ratero, pero nunca el tiempo suficiente para perfeccionar ningún oficio. Con un amigo caminó Italia; cargó sacos de trigo en Ostia, aprendió algo de la lengua de los etruscos, en Capua se enamoró de una prostituta griega mucho mayor que él, en Tarento oyó de la existencia de una secta de magos llamados pitagóricos, visitó la pradera donde los locales le dijeron que el monstruo Aníbal había masacrado a setenta mil romanos; pero por más lugares que visitó y vio, de regreso en Roma lo que más curiosidad le causaba era contemplar desde el foro los palacios patricios sobre el Palatino, y se preguntaba qué tanto podían resguardar adentro.

El peso de las estacas para la construcción de la empalizada ya causaba dolor sobre su clavícula derecha, pero Marco Lentulio, un compañero veterano y signifer del manípulo, le había dicho que no se las cambiara de hombro a cada rato porque no aguantaría el cansancio hasta el campamento, y como el centurión al mando era severo en el castigo a los indolentes… Tito Tacio se mantenía concentrado en las gotas de sudor que caían de su mentón sobre el suelo arenoso. Las únicas sombras que daban reposo eran las de los efímeros buitres que acompañaban a la legión. Entonces recordaba el discurso enardecido del cónsul tras su victoria en los comicios consulares. Son otros los que cometen un error al contar con la ayuda de su rancia nobleza, las gestas de sus antepasados, las riquezas de parientes y allegados, numerosas clientelas, todas esas cosas; ¡yo en cambio deposito mis esperanzas en mí mismo! Recordaba la multitud enardecida, agolpados en el foro para ver al hombre del pueblo.

Luego de haber vivido prácticamente en todos los agujeros del Aventino –muchas veces compartiendo espacios con ladrones y rufianes (experiencia que le había enseñado a nunca caer en sueño profundo), y habiéndose ido a vivir con una novia alguna vez (de quien huyó al enterarse que estaba embarazada, insistiendo hasta el final que la criatura no era de él)– se asentó en una casucha de madera rentada, amancebado con una liberta cuyo acento a él se le hacía egipcio, juicio que ella no desmentía porque, habiendo sido llevada a Roma como esclava a muy temprana edad, no estaba muy segura de cuál era su país de origen, salvo el recuerdo de los ancianos de su aldea afirmando que eran una raza descendiente de los caballos. Lo que más le gustaba a Tito Tacio de la casucha de madera era el pequeño solar de maleza desde el que podía ver el Palatino, y no pocas veces descubrió figuras de blanca toga mirándolo de regreso desde los jardines y palacios, como contemplando, con admiración o asco, las apiladas casas sobre el Aventino.

Y si su desprecio hacia mí tiene alguna base, ¡que hagan lo mismo con sus antepasados, cuya nobleza, igual que la mía, tuvo su origen en el mérito! Las noches en campamento habían cambiado desde que se habían internado en el desierto. Entre las filas se rumoreaba que los númidas se escondían en las cuevas. Ya no se vivía el ambiente jovial y triunfalista de cuando acampaban en las ciudades y el cónsul repartía todo el botín entre la soldadesca, sin privilegiar a nobles, ni quedarse gran cosa para sí. Ahora una silenciosa quietud acompañaba las fogatas alrededor de las cuales se sentaban a cenar por centurias, y los veteranos contaban historias de las guerras en Hispania y Grecia. Tito Tacio contemplaba con fascinación una estatuilla de marfil purísimo que le había quedado en botín: una mujer de curvas exuberantes, dos ínfimos rubíes incrustados en los ojos, una media luna plateada en la cabeza como cuernos. “Es Juno Caelestis,” le dijo en confidencia Marco Lentulio, el signifer. “Es virgen y es guerrera. Los fenicios le sacrifican para que sus esposas queden preñadas de varones,” añadió mientras limpiaba con un trapo el astil de su estandarte de broncínea palma de mano en la cúspide. Tito Tacio miró a la diosa con aún más interés, sin estar consciente de que su nombre ya estaba cambiando, de que el nombre por el que fenicios y númidas la conocían era Tanit, pero que al momento de haber sido confeccionada su nombre era Astarte, y había llegado a África con el nombre de Ishtar, Ivanna en una época de ciudades olvidadas.

La seriedad del romance con la mujer de acento egipcio lo motivó a establecer un oficio fijo: la compra y venta de utensilios de latón. Pero como no tenía permiso de la ciudad para vender en el foro (nunca acumuló la suma necesaria para pagar el derecho), lo hacía de forma clandestina sobre un tapete que levantaba a la primera vista de los lictores del pretor urbano (oficio que compartía con el gremio de los vendedores ambulantes, organización plebeya que reunía dinero para pagar los sobornos). Tres veces le fue decomisada la mercancía por un edil honesto, y ajusticiado con diez o veinte azotes a la vista de todos. Por su parte, la mujer de acento egipcio había desarrollado devoción a la Venus Cloacina –quizá porque oyó que el culto había sido fundado por el rey Tito Tacio– tanto para que le diera a su hombre un hijo que nunca llegaría (cosa que ella desconocía porque al ser de niña tomada como esclava, había sido violada por trece legionarios), como para que protegiera a su hombre de la violencia de los magistrados cuando ejerciera su oficio de vendedor ambulante.

La primera vez que Tito Tacio oyó el nombre de Mario fue de uno de sus proveedores de ollas y sartenes, un plebeyo adinerado dueño de un taller de utensilios en las callejuelas entre el Viminal y el Quirinal. El hombre había luchado junto a Mario en el asedio de Numancia. Tito Tacio no cumplía con los criterios pecuniarios mínimos para servir en el ejército, así que oía las historias de los veteranos con admiración y sorpresa, como un perro callejero que oyera a las aves cantar desde lo alto de los árboles, deseando estar con ellas. El proveedor de utensilios insistió en que el tal Mario era un héroe, e incluso cuando Tito Tacio nunca había votado en los comicios, el proveedor de utensilios intentó convencerlo de participar aquella vez para que escogieran a Mario tribuno militar. Oyó aquel nombre en los días subsiguientes, en el foro y en las luchas de gladiadores (a las cuales era muy aficionado). ¿Pero y quién es ese Mario y por qué todo el mundo habla de él?

Jugaba dados con unos amigos en la plazoleta detrás del hipódromo cuando se les acercó un grupo de hombres que amistosamente entablaron conversación con ellos, y se pusieron a hablar de política. Tito Tacio dudó de las intenciones de los extraños, y en medio de la plática lo saludó por su praenomen y nomen un sujeto vestido de blanco y rostro rocoso. El hombre le habló de la guerra en Macedonia. También expresó su indignación por la falta de empedrado de los callejones del Aventino, los cuales “se embarran en la época de lluvia y por eso ha habido deslaves y han muerto familias,” afirmó con rencor. “Por eso los plebeyos necesitan a un nuevo tribuno militar. Necesitan a Mario,” declaró.

“¿Por qué todos hablan de Mario?” se quejó Tito Tacio. “Hasta hace unos meses nadie hablaba de ese tal Mario, y ahora hasta el vendedor de pollos de la esquina de mi casa, por cierto en el Aventino, habla del tal Mario.”

El hombre vestido de blanco lo miró confundido.

“Así es. Yo nunca he ido a la guerra, no califico porque no tengo los denarios, así que no conozco al tal Mario.”

El hombre vestido de blanco levantó las manos y dijo: “Yo soy Mario.”

Tito Tacio no pudo aguantar la carcajada de vergüenza.

Dicen que soy basto y de costumbres groseras porque no tengo arte en preparar banquetes. ¡A mí eso me da gusto confesarlo, romanos, pues de mi padre aprendí que las delicadezas son para las mujeres! ¡Nuestro ornato son las armas! ¡No los muebles! Seis días marcharon por el desierto, y al sexto, también durante la noche. Al amanecer, el cónsul dio la orden de bajar las montañas y caer sobre una ciudad de murallas temibles en medio de un yermo. Tito Tacio corría entre maleza cuando vio los estandartes de la legión levantarse fulminantes sobre las puertas. Así de súbito fue el ataque. El cónsul dio la orden de prender en fuego la ciudad y de pasar la población a espada. Marco Lentulio consoló a Tito Tacio en un callejón mugriento a donde había ido a vomitar. “Yo estuve en el asedio de Numancia con Escipión, querido amigo. Así es la guerra. Sacrifica un perro a Quirino para que te aleje de una muerte violenta.” Los gritos de pavor de las madres de quienes eran arrancados sus hijos sonaron más tarde en sus sueños como zorras rojas devoradas boca arriba por águilas feroces a las órdenes de Marte.

Cuando días después asaltaran victoriosos una fortaleza sobre un peñasco, la ejecución de miles le causaría menos turbación, pero también menos miedo. Avanzaba debajo de los escudos sombríos en formación de tortuga cuando una jabalina furtiva atravesó por el cuello al centurión prior, y como el centurión posterior no aparecía por ningún lado en medio de la refriega, Marco Lentulio asumió el mando temporal, pero una flecha le perforó el pecho. El manípulo estuvo a punto de ser contagiado por la fuga; fue cuando Tito Tacio entendió que era valiente: levantó el estandarte, convocó a los suyos a asaltar la muralla, cargaron apretados en medio de sudor y sangre, aparecieron enemigos de cabelleras enredadas, y muerte. Tomada la fortaleza, Tito Tacio fue nombrado signifier del manípulo, el primer ascenso recibido en su vida para cualquier oficio. Soy experto en aquellas cosas que son mucho más útiles a la república: ¡Herir al enemigo! ¡Hacer guardia! ¡No temer a nada salvo al deshonor! ¡Tolerar por igual el invierno y el verano, dormir en el suelo, aguantar la falta de comida, la fatiga y el sueño! El foro reventaba de euforia.

Cuando Mario llegó a Roma desde África, llegó denunciando al cónsul Quinto Cecilio Metelo por incompetencia en la guerra contra el rey de Numidia. Las familias senatoriales lo vituperaron por calumniar a un ciudadano de tan alta cuna, le recriminaron su osadía completamente en desatino con su origen social bajo, se burlaron de su vana pretensión de optar al consulado. Cuando antes, por la gracia de Escipión, había sido recibido en casas patricias con tantos honores como humillaciones encubiertas, ahora hallaba cerradas las altas puertas de las mansiones del Palatino.

Entonces Tito Tacio se había hecho ferviente seguidor de Mario; se unió a las bandas de plebeyos de andar violento que rodeaban al héroe cuando caminaba por el foro, en el circo, o a las afueras de los templos convenciendo a los ciudadanos uno a uno para que votaran por él en los comicios. El ambiente era de cambio, de trato irrespetuoso hacia los nobles, de irreverente felicidad. Y cuando, al empezar los comicios, quedaba claro que las tribus terminarían escogiendo a Mario, Tito Tacio –el cual no tenía la condición económica como para votar entre los primeros– se unió al coro de miles de plebeyos vitoreando al ganador con la consigna ¡Viva Mario! ¡Muera el Senado! ¡Viva Mario! ¡Muera el Senado! Dos días después, cuando el nuevo cónsul (hombre del pueblo) cambió la ley para permitir que los ciudadanos sin propiedades pudieran ingresar al ejército siendo pagados del tesoro público, Tito Tacio estuvo entre los primeros en hacer fila en el foro para asentar su nombre (el cual no sabía escribir bien, y cuya ortografía había mutado con los años) en las listas de los voluntarios. Al pasar una semana, partieron a África a guerrear contra Jugurta, rey de los númidas. Tito Tacio no tenía ni la menor idea de dónde quedaba ese país.

Vine a matarte

Atestados de botín luego de tantas victorias, marchaban por terreno escabroso rumbo a los cuarteles de invierno en las ciudades costeras, cuando cerca de la noche aparecieron los moros y los getulos desde las montañas en desordenada cabalgata. Tomados por sorpresa, la legión no se pudo organizar. Tito Tacio siguió al nuevo centurión prior cargando el estandarte en la mano izquierda y la espada en la derecha, la piel de lobo dándole calor en el cuello. Subieron una pendiente en medio de un torrencial de jabalinas; las primeras víctimas de sus espadas se hallaron detrás de unos arbustos espinosos; en medio de una nube densa aparecieron jinetes que combatían agarrados de las crines; apareció también un elefante de guerra arrollando a amigos y enemigos por igual: su barrito se confundía con las trompetas atronadoras; Juno Caelestis desvió de un soplido una lanza que hubiera podido matar a Tito Tacio en ese momento. Sentía sobre la piel humedad de sudor y sangre mezclada con el polvo. Aniquilaba de varias estocadas a un enemigo en el piso, cuando al levantar la mirada vio el estandarte de la legión, el águila dorada abrazando al mundo, y a un lado el cónsul a rango de tiro del enemigo. Llovían saetas, una hirió al caballo del cónsul, el animal se fue al piso, Tito Tacio corrió a socorrerlo, y en su lugar, recibió una flecha en la espalda que en pocos días le quitaría la vida.

Tito Tacio salvó a Mario de una muerte inminente. Es imposible calcular si, de no haberlo hecho, se hubieran evitado guerras civiles, injusticia y tiranías; si, como en Homero, un dios actuó a través de él para salvar al héroe quitando la vida al plebeyo anónimo; si los hados habían tejido desde el principio de los tiempos las desgracias que por obra de Mario habrían de eternizarse en la imaginación de los milenios, telar que Tito Tacio debía salvaguardar con su muerte. Lo que puedo decir es que nadie sabe hoy, por la ingratitud de los historiadores aristocratistas, que habiendo Mario estado a un dedo del Orco en el primero de los siete consulados que el destino le tenía deparado, fue salvado por un legionario vulgar llamado Tito Tacio.

¡El más valiente, ese es el verdaderamente noble! En medio del ruido y la furia del foro romano, Tito Tacio vertía su alma en gritos de ovación.

Foto de portada: Regmurcia