Por Mayra Rojo

La libertad del diablo el documental de Everardo González (2017) me recordó esa compasión ante las tragedias sociales que muchas veces queda en un gesto facial de compasión. Participar en la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad en 2011, me hizo ponerle nombre y cercanía a quienes por estar mediatizados, permanecen anónimos.

Seis testimonios son los que construyen la narrativa del filme: secuestro de una madre, dos hijos y dos hermanos “levantados”, una violación con tortura y las experiencias de dos jóvenes sicarios. En ese contraste de voces, bajo la homogeneidad de los “sin rostro”, no sabes qué te afecta más si el relato del sufrimiento o las voces que encarnan la naturalización del asesinato, tal vez de ahí la imagen del “diablo” que anda suelto. Un imaginario que nos cuestiona desde dónde estamos tomando posición e  interpretando los acontecimientos de violencia extrema que día con día nos afectan directa e indirectamente. Esa consideración, asumo, tiene consecuencias en nuestros actos ya que marca un trasfondo cultural polarizado del bien y mal, profundamente conservador, que nos aqueja como sociedad, donde el remordimiento es una pregunta moral pero no ética, es decir nos conmueve pero no es lo suficientemente fuerte para cuestionarnos sobre nuestros propios valores y responsabilidades que construyen y participan de este tejido social, político y cultural anómalo.

La idea e imagen del diablo nos lleva al contrario mundo angélico de donde fue arrojado ese ángel “malvado”. El bien y el mal de nuestro mundo imaginario que a veces damos por sentado, nos da esa sensación de que no tenemos la oportunidad de mirar en grises y comprender que cada acto está condicionado a consideraciones y situaciones todavía más complejas. Con ello no quiero decir que debamos justificar la violencia de la “guerra contra el Narco” como le denominó el expresidente Felipe Calderón, para establecer el falso argumento de que las miles de personas afectadas fueron “víctimas colaterales”. Lo que digo es que la reflexión sobre la actual situación de violencia, cinismo y ejercicio de poder y muerte no sólo de los grupos del narcotráfico, cómplices autorizados por los gobiernos de nuestro país, demanda una distancia crítica y procesos de organización social más allá de la polarización entre grupos humanos afectados por las desapariciones forzadas y otros que no lo son de manera directa, sumados a quienes deciden estar al margen de la situación y contentarse con mirar los acontecimientos por la pantalla de los medios de comunicación.

El recurso de las máscaras faciales para quemados que emplea González a lo largo del filme describe la sensación de misericordia de ese espectador, no siempre indiferente, pero sí mediado por la pantalla, que no es otra cosa que una distancia que a veces genera esta condición emocional, psíquica y muy católica. Una distancia de quien tiene compasión por los que sufren y ofrece su ayuda, la cual a veces queda sólo en la simpatía o en ese gesto de compasión facial sin que nos conduzca hacia la consciencia y modificación de nuestras vidas y actos. De ahí que después de seis años pienso que no sólo podemos estar dispuestos a llorar frente a la pantalla.

“Los niños son los que más duelen, porque ni siquiera saben qué pasa”. “A veces te pagan entre 40 y 50 mil pesos por matar a alguien”. “Le descargué todo el cartucho y me subí al carro con mucha euforia, ya no hay marcha atrás”. “Desenterraron los cuerpos y vi los tenis de mis hijos”. “Ella se fue con ellos, imagino que para que no nos hicieran nada a nosotras”. “Se bajaron de la patrulla tres mujeres y dos hombres, me golpearon y me violaron”. “Me hice pasar por drogadicto para ver si me llevaban con el jefe y poder preguntar por mis hermanos”. “Me pusieron la pistola en la cabeza y apretaron el gatillo…sólo sonó”. “Le reventaron la pistola en la cabeza…después nos dimos cuenta que era de municiones…que íbamos a saber”.

Voces y cuerpos nos hablan como extranjeros misericordiosos que se dan el tiempo de escuchar y ver una “tierra extraña” donde nos enfrentamos al terror de lo ininteligible, de lo que no puede ser entendido bajo una mirada moral porque sólo nos sitúa en la comprensión de que los narcos son sujetos fuera del pacto social, enemigos malvados que ahora disfrutan de la libertad de todo límite de la ley, fuera de la vigilancia recíproca.

“Si pudiera pediría perdón a quienes he hecho daño, a sus familias”. “Ni perdón ni Olvido”. “Si los tuviera enfrente de mí me gustaría hacerles sentir que tengo el poder de sus vidas, que sientan el miedo que nosotras sentimos”.

Friedrich Nietzsche en Genealogía de la Moral habla de los usos de un falso agradecimiento sobre la idea del bien y el mal, de esa “vigilancia recíproca” inventada por una estructura disfuncional del poder del gobierno: “monstruos que retozan, los cuales dejan acaso tras de sí una serie abominable de asesinatos, incendios, violaciones y torturas con igual petulancia y con igual tranquilidad de espíritu como si lo único hecho por ellos fuera una travesura estudiantil (…)” Es en esa consideración que “los malos”, “los bárbaros” se construyen en nuestro día a día sin pensar que el sistema de “los buenos” es el mismo que los crea.

Al terminar de ver el documental, por unos segundos apareció la sensación que tuve antes de partir con la Caravana: a nadie conozco. Mujeres, hombres, niños, niñas, ancianos y ancianas de los que sólo he leído o visto por las noticias. Tan mediatizados y al mismo tiempo con el peso del anonimato.

Fue tan repentino darme cuenta que esos relatos ya no eran de personas distantes o anónimas sino personas cercanas. Personas que se quedaron en mi vida con nombre e historias que se han ido reconfigurando a lo largo del tiempo, personas que igual fueron asesinadas después de caminar juntos. Historias y cuerpos que no pueden seguir siendo clasificados como “víctimas colaterales” porque fueron, quienes ya no están como Don Nepo (Nepomuceno Moreno Núñez, asesinado el 28 de noviembre de 2011) y decidieron ser luchadores sociales como Doña Mary, “El Vaquero” y Olga Reyes Salazar. Cada uno de ellos con historias desgarradoras que exponen lo absurdo de nuestro sistema de Justicia y gobierno.

Como bien lo decía Don Nepo estamos aquí vamos [caminando] “para encontrar la solidaridad y el consuelo que no hemos encontrado.” Don Nepo buscaba a su hijo desaparecido desde el 1 de julio de 2010, recuerdo que fue la primera conversación de testimonios que tuve durante la Caravana. Su historia tenía lo inverosímil y exótico de las muertes en torno al imaginario narco y los paramilitares: persecución, balacera, solicitud de 30,000 mil pesos como rescate, después una cadena de desapariciones y asesinatos de otros amigos de Jorge Mario Moreno (el hijo de Don Nepo), tortura, acosos policiales y desaparición de restos humanos como un secreto a voces. “No importa que me quede en el camino…” dijo Don Nepo acompañando su testimonio de la última frase que escuchó de Jorge “Ahí vienen por mi”…con el poema de Bertolt Brecht:

Primero se llevaron a los judíos, pero como yo no era judío, no me importó.

Después se llevaron a los comunistas, pero como yo no era comunista, tampoco me importó.

Luego se llevaron a los obreros, pero como yo no era obrero tampoco me importó.

Más tarde se llevaron a los intelectuales, pero como yo no era intelectual, tampoco me importó.

Después siguieron con los curas, pero como yo no era cura, tampoco me importó.

Ahora vienen a por mí, pero ya es demasiado tarde. (grabación que hizo el equipo de Emergencia MX durante la Caravana).

La sensación de miedo e indignación ya penetraba nuestras cabezas y emociones desde antes de emprender el viaje, un viaje que paralizó el cuerpo pero al mismo tiempo  impulsó a exponerse junto a las lágrimas, la desesperación y el enojo que nos encontramos por cada lugar que pasamos.

Foto de portada: FICG, Festival Internacional de Cine en Guadalajara