Por Enrique Mendoza Ruiz

Santiago Yolomécalt es un lugar que todo mochilero tiene que visitar para conocer en carne propia la belleza de un mundo que se niega a seguir el acelerado ritmo de las grandes ciudades.

El camino empieza a hacerse más reconocible en la medida en que dejo el caluroso paisaje de Puebla. Casi llego. Sierra arriba, los miles de cactus que caracterizan al Valle de Tehuacán poco a poco van dejando lugar a una vegetación más abundante y templada. Una capillita azul perdida entre las serpenteantes montañas es última imagen de aquel soberbio paisaje. Ahora, cientos de encinos y enebros empiezan a rodear la carretera con sus ramas cubiertas de heno, a la vez que siento como casitas de tejas rojas y paredes blancas se van haciendo más recurrentes a mis costados. Estoy a dos horas de mi destino.

Llegué después de cruzar San Pedro Tamazulapam y Teposcolula. Aún no es mediodía. Como cada domingo el mercado municipal de Santiago Yolomécalt (o simplemente Yolomécalt) se extiende sobre las calles con puestos que ofrecen desde barbacoa de res, pulque natural que se puede comprar por $25 pesos el litro, hasta macita, una especie de pozole acompañado con carne de borrego; platillo que por supuesto pedí después de un café de olla y un atole de trigo. Como todos los años, espero que en el transcurso del día lleguen más visitantes al pueblo.

Hacía un clima bastante fresco, luego de meses y meses de vivir en la ciudad sentía la imperiosa necesidad de respirar aire limpio en medio de los árboles por lo que, después de desayunar e instalarme en el Hotel Real del Sur, le pedí a los mototaxistas que me llevaran al Río Grande. Este río, fácil de reconocer por la hilera de gigantescos sabinos que bordean su orilla, está a sólo treinta minutos de mi hotel. Así que, una vez que acordé con los conductores que volvieran por mí a la hora de la comida, tendría mucho tiempo para tomar algunas fotografías y descansar antes de acudir a la fiesta patronal que se celebra en este lugar año con año.

Cada 25 de julio la fiesta patronal de Santiago Apóstol reúne a cientos de familias en el pueblo de Yolomécalt, una ciudad que se encuentra en la montañosa Mixteca Alta. Según la tradición, esta celebración inicia una semana antes con ofrecimientos de ceras (velas de cebo) y flores por parte de los jóvenes, trabajadores y autoridades municipales al santo que, según la religión católica, fue el único apóstol que viajó a España para evangelizar a los primeros hispanos tras la muerte de Jesucristo.

Aquí, aún en medio del campo rodeado de enebros, magueyes y gavilanes, se escucha el repicar de las campanas anunciando la hora de la misa y la quema de los toros de cuetes. Yo desde lo alto de una colina tomo una última foto antes de retirarme de este lugar lleno aves y piedras blancas. Ya en la ciudad, me detuve en una de las calles para comer un pozole con puerco acompañado de una cerveza bien fría y un mezcal que al final decidí comprar completo porque costaba tan sólo $50 pesos el litro (y no, no me quedé ciego).

A mí alrededor la gente se detenía al lado de los juegos mecánicos para ver a sus hijos o buscaban un buen lugar delante del Ayuntamiento para ver el último partido de basquetbol del día, mientras que los cohetones, despegando velozmente del suelo, estallaban cada cierto tiempo contra el cielo. Sobre todos caía la noche, y ¿qué necesidad había de pensar en otros lugares si la música se apoderaba de la ciudad y las personas se compartían unas a otras vasos repletos de aguardiente amargo? Tras el último replicar de las campanas, de un extremo del atrio aparecieron dos hileras de toros de cuetes acompañados de decenas de personas que bailaban al compás de una estridente banda de viento.

Un toro de cuetes no es más que un bovino de cartón con fuegos artificiales encima, pero manipularlos tiene su chiste. Ponerte el toro encendido sobre los hombros sin correr podría quemarte. Hecho que afortunadamente la mayoría de las personas conoce en este lugar, sean visitantes o no. Con el primer toro encendido la música resonó con más fuerza por todo el atrio al tiempo que varios niños y hombres empezaron a correr atrás del animal de cartón que profería explosiones en vez de mugidos y bañaba los cuerpos y rostros de la gente con radiantes luces fosforescentes. Con el último toro apagándose sobre el húmedo pasto la gente se apresuró para mirar, casi estupefacta, cómo el castillo armado varias horas antes se consumía como si cobrara vida propia.

Enclavado en el corazón de la Mixteca oaxaqueña, Santiago Yolomécalt es uno de los cientos de pueblos de Oaxaca en los que aún persisten tradiciones que han sobrevivido orgullosamente a los estragos de la migración y las brechas generacionales. Ubicada a menos de dos horas de la capital oaxaqueña, este pueblo, cuyo nombre en náhualt significa: “Lugar de los corazones”, es un lugar que todo mochilero tiene que visitar para conocer en carne propia la belleza de un mundo que se niega a seguir el acelerado ritmo de las grandes ciudades, y cuya gente amablemente invita a todo viajero a participar en sus fiestas.

Ubicada a seis horas de la Ciudad de México, Yolomécalt también es un excelente punto de partida para conocer los lugares más emblemáticos de la Mixteca Alta debido a que es un pueblo cercano de centros turísticos como San Pedro y San Pablo Teposcolula, lugar donde se encuentra la capilla abierta más grande de América Latina; Tlaxiaco, una ciudad de origen mixteco apodada durante el Porfiriato como el “París chiquito”, o las cascadas de Santiago Yosondúa, una serie de cataratas ubicadas dentro de un parque natural que lleva su mismo nombre. Otras ciudades relativamente cercanas de este pueblo son Huajuapan de León (a hora y media de camino) y la capital de Oaxaca (a dos horas de camino).

Si quieres conocer Santiago Yolomécalt, puedes consultar el siguiente mapa para visitarlo desde la Ciudad de México.

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