Por Enrique Mendoza Ruiz

Los voluntarios apostados en el camión de redilas miraban con impaciencia la Calzada Acoxpa atestada de coches. Apenas avanzaban. El “guía” del camión, un hombre de nariz aguileña que se decía oriundo de Milpa Alta, gritaba en voz alta una orden que repetían uno a uno todos los tripulantes del vehículo para cerciorarse de que su conductor no se desviara: “Aquí es”, “Dóblate más adelante”, “Aguas con las ramonas”, gritaban uno tras otro. A bordo había desde cascos, palas, motosierras y sogas, hasta paquetes con agua embotellada obsequiados por las personas que aprovechaban cada pausa del tráfico para acercarse a los vehículos que se dirigían al Colegio Enrique Rébsamen, ubicado al sur de la Ciudad de México.

El terremoto nos agarró a todos poco después de la una de la tarde. Hace poco más de una semana, el pasado 7 de septiembre, un temblor con una magnitud de 8.2 grados en escala Richter cimbró el sur del país dejando cerca de 98 muertos en los estados de Oaxaca, Chiapas y Tabasco. Quién iba a pensar que tras semejantes acontecimientos casi quince días después medio México tendría que salir otra vez corriendo de sus casas.

Hasta la tarde del pasado miércoles 19 de setiembre había 230 personas fallecidas por los estragos causados por el temblor de acuerdo con Coordinador Nacional de Protección Civil de la Secretaría de Gobernación, Luis Felipe Puente. Un fallecido en Oaxaca, 4 en Guerrero, 13 en el Estado de México, 43 en Puebla, 69 en Morelos y 100 en la Ciudad de México. En esta ocasión las pérdidas humanas se concentraron en el centro del país, pero ninguno de los afectados tendría una idea más clara de las dimensiones de este desastre sino hasta después de varias horas debido a que la señal de los teléfonos celulares había caído, junto con el servicio de datos, que en el mejor de los casos era intermitente y lento.

Sobre la avenida 1ra Norte de la colonia Isidro Fabela la gente miraba nerviosa a su alrededor temiendo el derrumbe de sus casas o alguna réplica del temblor que registró esa tarde la magnitud de 7.1 grados Richter. El ambiente era desconcertante, y lo poco que averiguábamos a través de la televisión o la radio que sonaban desde los negocios de la avenida si no nos decía mucho parecía una mala broma: Se hablaba fugas de gas en la zona Roma-Condesa y una escuela caída en algún punto de Coapa. Enfrente de mí una mujer llorando extendía desesperadamente su mano para pedir un taxi, a la vez que los niños empezaban a salir de sus escuelas acompañados por sus padres. La luz y el agua también se habían ido en algunas calles.

La ayuda empezó a llegar casi inmediatamente a las zonas más afectadas de la ciudad, pero el tráfico apenas dos horas después del temblor era abominable. Los taxis iban llenos y los camiones no hacían los recorridos que usualmente hacían o no querían hacerlos, mientras que las personas que deseaban llegar a sus casas lo más antes posible tenían que moverse apresuradamente a pie sobre las congestionadas banquetas y andadores con grandísima impotencia. Calzada de Tlalpan estaba cerrada a la altura del Estadio Azteca, y las ambulancias y camiones de volteo cargados de voluntarios tenían que pedirle a los motociclistas que se adelantaran entre el tráfico para pedirle a los automovilistas que les abrieran el paso. Pasando Plaza Acoxpa llegamos al punto donde empezaba la calle Rancho Tamboreo, lugar donde nos recibió una multitud tan grande como diversa.

De acuerdo con la periodista Celia Guerrero de Pie de Página, para las dos de la tarde eran cientos de personas las que se encontraban removiendo los escombros del Colegio Enrique Rébsamen, una escuela privada donde se impartían clases a niños de kínder, primaria y secundaria, pero el arribo de la Marina a la zona de desastre hizo que la gente, muchos de ellos vecinos de la colonia Nueva Oriental Coapa, tuvieran que retirarse de las inmediaciones del Colegio donde otros tres edificios resultaron seriamente dañados tras por el terremoto. Sin embargo, esto no detuvo a los voluntarios.

Hombres y mujeres parados sobre División del Norte sostenían pancartas en las que habían escrito los nombres de los niños que ya habían sido rescatados de los escombros y llevados a los hospitales más cercanos. De voz en voz escuchaban lo que necesitaban los rescatistas para después escribirlo en cartulinas que eventualmente mostraban a los automovilistas y transeúntes que pasaban cerca del lugar, como también avisaban a los voluntarios atrás de ellos la llegada de materiales o vehículos a la zona de desastre. La organización del rescate, de esta manera, quedó de la siguiente forma:

No se podía acceder al Colegio Rébsamen, pero la gente sí podía acercar los víveres, medicamentos y material que los rescatistas dentro de la zona acordonada solicitaran. Así, mientras la mayoría de los voluntarios hacía cadenas humanas para pasarse hielos, refrescos, medicamentos, polines y demás materiales, al centro de las cadenas decenas de personas corrían de un extremo al otro de la calle con carritos de supermercados para llevar con más velocidad mensajes, materiales, medicamentos o víveres. Motociclistas vestidos con chaquetas de mezclilla aceleraban este trance llevando sobre sus vehículos todo lo que las voces al otro lado de la calle les pidieran, mientras que religiosos vestidos completamente de negro cargaban en sus sotanas la medicina que no alcanzó a ser subida en los carritos y motos que velozmente se abrían paso sobre la calle. “Se necesita insulina”, “Ya no quieren agua”, “Dejen pasar a la doctora”, gritaban cada tanto las voces de un extremo al otro de la calle.

Era tal el número de víveres donados por los automovilistas y vecinos de Coapa que insumos como el agua embotellada tuvo que ser enviada a otros puntos del sur de la ciudad como el Tecnológico de Monterrey, donde, a pesar de los daños en sus instalaciones y la muerte de cuatro personas por el colapso de un puente al interior de su campus, aún recibían víveres para los afectados. La ayuda, mientras tanto, continuaba en el Colegio Rébsamen de manera casi ininterrumpida.

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