Los catalanes tienen que ser ahora más precavidos y buscar una manera más operativa e infrapolítica de operar ante esta maquinaría que poco a poco les ha ido ganado terreno.

Por Héctor Fabian García

Mariano Rajoy ha hablado y ha dejado muy clara sus posturas e intenciones políticas; las cuales son enarbolar y acrecentar la ira del pueblo catalán, su discurso es provocativo para Catalunya y atenuante para el gobierno de turno en España. Lo que él busca con sus recientes declaraciones al Referedum, es precisamente hacer legitimo el uso de la violencia desmedida, utilizando como escudo y arma de doble filo el estado de derecho, para hacer visible que quienes están en contra de la democracia por ende están en contra de la ley, y quienes están en contra de la ley son los promotores de la violencia ilegitima, porque la violencia que viene del Estado busca (según Rajoy) contener el conflicto, como el peligro que se avecina contra las instituciones, la constitución y el orden democrático.

En otras palabras, la estrategia de Rajoy es recurrir a las emociones y sentimientos de identidad y diferencia (muy al estilo Bush y Trump) pues sabe que esos sentimientos separatistas muestran el esguince de quienes en forma (in)consciente y marrana han ocultado su franquismo de closet. Las imágenes de la violencia desmedida por parte del Estado, han sensibilizado a muchas personas en gran parte del mundo, creando un sentimiento de descontento que abraza la consigna de Catalunya. Sin embargo, ese apoyo ideológico que viene de fuera, ha hecho que el coraje del pueblo catalán cobre fuerza y pierda la “mesura” (término que de forma muy acertada ha intentado introducir Pablo Iglesias en sus recientes declaraciones).

Pese a lo que se piense de que Mariano Rajoy ha cometido un grave error al establecer el uso de la violencia contra los catalanes, es más bien todo lo contrario, ha logrado desplazar de forma inteligente lo político de lo inconstitucional, para centrar así el debate en el terreno de lo “ilegal” y lo “ilegítimo” ofuscando y desenfocando de manera latente el problema de lo político y de la xenofobia nacionalista, que en el fondo es lo que más carcome al pueblo.

Por otro lado, Pablo Iglesias ha intentado de forma prudente hacer un llamado a la unificación de consignas para poder disolver esa fistula separatista, con la finalidad de fortalecer ese estado de inanición y así poder hacer emerger un sentimiento solidario con dicha indignación. Lamentablemente, la política de las pasiones y la dialéctica amigo-enemigo, han ganado hasta este momento el terreno de lo político, desplazando así el ejercicio de la mesura y phronesis política.

En suma, los catalanes tienen que ser ahora más precavidos y buscar una manera más operativa e infrapolítica de operar ante esta maquinaría que poco a poco les ha ido ganado terreno. La indignación internacional no es suficiente, la consigna debe buscar unificar un mismo discurso entre catalanes y españoles, abandonando de forma momentánea las diferencias e ir sumando eso que los identifica, para así volver a poner sobre la mesa un hecho contundente que es la violencia que hoy ejerce el Estado, que se escuda en una constitución que trasgrede la seguridad de sus ciudadanos, haciendo de esta constitución un “orden” legalmente ilegitimo; sólo así se puede permitir exigir mecanismo políticos de equidad que garanticen el bien político del pueblo y no el de la ley; en todo caso de ser necesario reformar la constitución (asuman el riesgo) y de ser posible atentar contra el imperio de la ley, entonces no estaría de más anarquizar la República.

Sismo México

Foto de portada: Carmen López