Texto y fotos: Celia Guerrero / Pie de Página

Xochimilco, un símbolo de folclor mexicano en el mundo, declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco, fue una de las zonas de la Ciudad de México más afectadas por el terremoto del pasado 19 de septiembre. Pero el desastre en esta delegación semi rural, marginada y de pueblos originarios, operó muy distinto a la zona urbana de la capital. Allí, los daños del desastre natural se añadieron a la precariedad cotidiana y, a casi dos semanas del terremoto, la mayor parte de la población sobrevive aún entre ruinas.

“Todo saltó”, dicen quienes vivieron en Xochimilco el terremoto del 19 de septiembre de 2017. La onda sísmica, con epicentro a 120 kilómetros al sur de la Ciudad de México, golpeó a esta delegación sureña donde los habitantes han ganado espacio a los cuerpos de agua para edificar casas y chinampas (terrenos de siembra) a las orillas y sobre lagos y canales. Un video grabado por turistas que paseaban en trajinera, en donde se visualiza el agua y la tierra meciéndose abruptamente, fue la primera muestra de la magnitud con la que el sismo azotó esta zona semi rural.

En la delegación Xochimilco la realidad cotidiana: falta y deficiencia de servicios básicos aumentó exponencialmente los efectos del desastre natural. Además, el posterremoto se ha vivido distinto a como sucedió en las colonias de clase media del sur y centro de la ciudad. Influyó que las comunidades más afectadas son pueblos originarios, es decir, comunidades —la mayoría de origen prehispánico— fundadas por grupos indígenas, absorbidas por el crecimiento de la ciudad. Sus pobladores denuncian no solo la falta de operativos de rescate, sino destrucción del patrimonio, y fugas de agua potable y cortes de luz que comenzaron a atenderse con una semana de retraso y de manera desorganizada.

Una de las calles principales de Xochimilco, avenida Nuevo León —que conecta Santa María Nativitas, Santa Cruz Acalpixtla y San Gregorio Atlapulco, tres de las varias localidades xochimilcas afectadas por el terremoto—, es un camino de terracería y lodo, y la única ruta actual por la que hay acceso debido a una grieta en la carretera Xochimilco-Tulyehualco.

En San Gregorio, pueblo originario de Xochimilco, el sismo fue tan fuerte que Marta Alquicira Morales, de 71 años de edad, no pudo caminar para salir de su casa. Las paredes de su sala se derrumbaron y un mueble le cayó encima. Al lograr incorporarse, en la calle la gente gritaba que había fuga de gas y corría hacia la zona de chinampas, una área que era también riesgosa por ser suelo inestable.

Xochimilco y Milpa Alta son las demarcaciones con los indicadores de desarrollo humano(agua entubada, drenaje y electricidad) más bajos de la Ciudad de México. La gran mayoría de la población de Xochimilco es catalogada en un grado de marginación “muy alto”. En la localidad más afectada por el sismo, San Gregorio, los asentamientos irregulares sobre el área de chinampas y la alta marginación derivaron en el caos que se ha extendido por más de una semana.

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A nueve días del temblor, Marta y su hija Miriam Alquicira cuentan que el futuro del patrimonio de muchos en su pueblo se mantiene en el aire. La familia Alquicira ha recibido diferentes opiniones de ingenieros de Protección Civil y voluntarios sobre la posibilidad de reconstruir su hogar: unos dicen que es rescatable, otros que deben evacuar y derrumbar la casa. Sin embargo, madre e hija no tienen seguridad de qué sucederá y hacen guardia en el lugar, hasta que alguna autoridad se presente a entregar un dictamen oficial.

Lo mismo sucede con la casa de Laura Jiménez, que está prácticamente destruida, pero permanece erguido el arco de la puerta en donde está inscrito el nombre de su familia y el año de construcción: 1936. La propiedad, heredada a través de tres generaciones, está al final de un callejón estrecho, pero personal de Protección Civil le indicó a Laura que debían llevar maquinaria para removerla totalmente y recoger el escombro. Si intentaban hacerlo a mano, corrían el riego de colapsar lo que aún está en pie. Es por eso que su familia sacó sus pertenencias y ahora esperan a la delegación y sus máquinas.

Aunque los habitantes de San Gregorio ya no confían en las promesas de las autoridades y lo dicen abiertamente. Al delegado del partido Movimiento Regeneración Nacional (Morena), Avelino Méndez, lo corrieron en un zafarrancho que se armó cuando intentó caminar por las calles del pueblo días después del terremoto, el jueves 21 de septiembre.

Jaime Pérez Benancio, de 74 años, recolectó desde 1980 documentación y objetos prehispánicos que dan cuenta de la historia del pueblo originario de San Gregorio. En el mismo lugar donde era su casa, mantenía una biblioteca museo. Con el terremoto su propiedad se cayó, estando él y su esposa dentro. Fueron sus vecinos quienes los rescataron y desde entonces no ha querido apartarse de ahí porque teme alguna autoridad llegue a sacar el escombro y con ello el contenido del museo.

Jaime, a quien sus vecinos llaman maestro, pidió a la delegación vigilancia para resguardar los vestigios. Dos policías llegaron con nueve días de retraso, estuvieron un momento y después se volvieron a ir. Es por eso que ahora volvió al derrumbe y se postra, acompañado de su nieto, junto a la pila de ladrillos y vestigios.

“La delegación marcaba que no había de qué preocuparse porque lo que se había caído eran bardas viejas. No se ha puesto a pensar que lo que quieren demoler es patrimonio cultural de nuestro pueblo”, dice Miriam Alquicira.

El 26 de septiembre, la delegación dio a conocer algunas cifras que dan idea de la magnitud del desastre en Xochimilco: mil 718 inmuebles dañados y 60 fugas de agua reportadas.

En avenida México, una de las calles principales del pueblo originario de San Gregorio Atlapulco, varias pipas del ejército surten de agua a los pobladores que hacen fila con garrafones y cubetas. Han pasado nueve días del terremoto y personal de la Comisión Nacional de Agua (Conagua) cava hoyos para reparar fugas. Camiones con grúas de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) están estacionados para hacer reparaciones. Los comerciantes del mercado, que resultó dañado durante el temblor, salen a vender por primera vez después del desastre y construyen puestos improvisados. Todo sucede sobre el mismo camino.

A pesar del caos y las pocas ventas, los locatarios del mercado piensan que es bueno reactivar la economía y, añaden, la única manera de presionar a las autoridades para que los reubiquen, es plantándose en la calle.

La población en San Gregorio tiene básicamente tres actividades económicas que fueron afectadas con el sismo: los campesinos y comerciantes que perdieron sus cosechas porque las chinampas se inundaron o no tienen en dónde vender sus productos porque el mercado público local fue desalojado. Están también quienes trabajan en Galerías Coapa, un centro comercial cercano, pero aún no saben si podrán volver a laborar ahí dado que este inmueble también está semi colapsado. Y habría que agregar a los canoeros y guías turísticos, quienes han tenido semanas totalmente improductivas y creen que la gente no ha vuelto a Xochimilco por el video viralizado del terremoto en una trajinera.

—He vendido 30 pesos en todo el día —dice Alejandra Cueto, quien viene desde Milpa Alta y vende verduras en el mercado público— apenas me va a alcanzar para el pasaje.

Otra persona se queja de que toda la ayuda ha sido para los pobladores y a los comerciantes no les han dado ni informes: no saben si el mercado dañado será demolido o reconstruido. Cada uno de los 153 locatarios pagan a la tesorería de la delegación una cuota anual que va de los mil a los mil 600 pesos, dependiendo del giro del local, afirman. Pero el inmueble, inaugurado en 1986, más allá del terremoto que tiró la barda perimetral, ya estaba en malas condiciones.

En este momento, una de las necesidades más apremiantes es el agua. Los baños del mercado permanecen abiertos, pero los tinacos se cayeron y no hay agua para las descargas o para su aseo.

—Todas las pipas que llegan se reparten entre la población, nadie piensa en los comerciantes —arremete uno.

—Yo creo que la delegación no nos resuelve porque está también el comercio informal, del que reciben dinero. Si apoyan a los locatarios, se ponen en contra del negocio ambulante —dice otro.

—Ahorita lo que solicitamos es un baño público, de menos, porque esto es antihigiénico —interrumpe una señora.

—¡Que nos dispensen el impuesto predial! —grita otra— ¡Qué tiren el mercado y hagan uno nuevo!

—¡Que no se puede! Aquí es chinampería y el suelo es muy frágil —contesta el otro.

Todos discuten y sus quejas se acumulan. La realidad es que la mayoría de ellos perdió el 80 por ciento de sus mercancías con el temblor y están desesperados por volver a vender. Por ahora, lo que les quedó lo ofrecen en la calle, sobre la banqueta frente al edificio del mercado en ruinas. Cuando finalmente una pipa del ejército les lleva agua para abastecer los baños del mercado, no hay un lugar en dónde depositarla.

En el camino que atraviesa el Ejido de San Gregorio, junto a la laguna, una grieta se formó el día del terremoto. Allí, días después, bajo la lluvia, una pareja de jóvenes intenta rescatar su camioneta de hundirse en el agua. Avanzaron demasiado sobre el suelo agrietado y cuando intentaron dar la vuelta, el carril se venció un poco más y una de las llantas traseras quedó flotando en el aire.

Los caminos del ejido no suelen estar abiertos, pero, desde que la carretera se colapsó, los ejidatarios permiten el paso para agilizar el paso de voluntarios y maquinaria. Finalmente, con ayuda de varios, la pareja de jóvenes logra sacar su camioneta del camino y salir del ejido.

En este lugar se encuentra uno de los humedales de la cuenca sobreviviente a la urbanización, declarado Área Natural Protegida en 1992. También pertenece a Xochimilco, considerado desde 1989 patrimonio de la humanidad, natural y cultural, por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

A principios del año 2017, una grieta se abrió en el embarcadero Santa María Zacapa, en Xochimilco. Ahora, Francisco Prado, canoero del embarcadero de Caltongo, sospecha que se volvieron a formar grietas en los canales porque el nivel del agua bajó alrededor de un metro después del sismo del 19 de septiembre.

—Parece chistoso, pero lo que quedó, lo que sobrevivió al terremoto, fue su historia— dice Edgar Espinosa a Quintín Hernández Gómez, un joven estudiante de arqueología, habitante de Santa Cruz Acalpixcla, Xochimilco.

Habla sobre el mural que se encontraba pintando en la escuela primaria Cuahilama, cuando el terremoto de 7.1 grados azotó la Ciudad de México y otros estados del sur de la República.

Edgar lleva al menos cinco años trabajando en el mural “Códice Acalpixca”, que cuenta la historia de Santa Cruz desde el primer asentamiento humano en el lago sur de la cuenca, hasta lo que es actualmente: un pueblo productor de dulces cristalizados.

El día del temblor, Edgar trabajaba en el mural cuando parte de la barda de la primaria que aún no pintaba se cayó. La otra parte que ya luce el mural logró sostenerse un poco pandeada, pero personal de Protección Civil determinaron derribarla. Para evitarlo, Edgar ha creado una petición en change.org para solicitar el apoyo de la población y pedir a las autoridades que rescaten y conserven el mural.

Durante los primeros días después del sismo del 19 de septiembre, cuenta Edgar, era prácticamente imposible llegar hasta Santa Cruz; menos a San Gregorio, que se encuentra poco más adelante. Mucha gente se enteró en redes sociales que la ayuda no estaba llegando hasta Xochimilco y quizo venir a apoyar, pero las vías de comunicación se infartaron y el propio delegado publicó un comunicado en donde pedía a la ciudadanía evitar dirigirse a San Gregorio. A pesar de ello, muchos voluntarios llegaron.

Hoy en la avenida México los muros de San Gregorio muestran cartulinas con agradecimiento a los voluntarios. “Gracias a todos los brigadistas. Su apoyo es muy valioso”, está escrito en manta que cubre la fachada de una casa.