¿Quién trabajaría hoy horas y horas haciendo un altar para no recibir ni siquiera un “like”?

Por Carlos Delgadillo

El Día de Muertos culmina en una ceremonia estática cuyo símbolo es el altar. El valor estético reside en la elaboración minuciosa del pequeño monumento temporal, las flores, la comida, el papel picado, las veladoras, las calaveritas, el pan de muerto. Hacerlo requiere mucho tiempo, habilidades, paciencia, concentración y trabajo. Se trata de preservar la memoria del difunto, colocando elementos de su agrado en vida. Su fin es crear un ámbito íntimo para la convivencia familiar.

Ese Día de Muertos no concuerda con la época. Ya no muchos saben cocinar ni tendrían la disposición para elaborar todos los adornos. Además, su labor quedaría anónima, no saldrían en la foto. En relación al espectador, se necesitaría que se detuviera un momento a contemplar la obra, en todos sus detalles. Una capacidad que se ha ido perdiendo en favor de la fugacidad.

El Día de Muertos se ha vuelto un carnaval, ha salido de interiores para mostrarse, es algo visible y dinámico. El adorno recae sobre la propia persona, que desfila, se muestra, se hace retratar. Ya no hay solemnidad sino velocidad, con carrera de catrinas incluida. La labor colectiva y diligente del altar ha sido reemplazada por una búsqueda de reconocimiento individual en el disfraz. Y nadie se acuerda ya de ningún difunto. El muerto al pozo y el vivo al gozo.

¿Quién trabajaría hoy horas y horas para no recibir ni siquiera un “like”? No, lo que se busca ahora es el aplauso rápido, el momento de fama, la celebridad virtual obtenida fácil e inmediatamente. El individualismo y el mercado transformaron el Día de Muertos, lo hicieron una vía más para la satisfacción del narcisismo y la vanidad en la era de las redes sociales. Y lo moldearon a gusto del turista, con los clichés mostrados en películas de Hollywood. Todo es rápido, desechable, momentáneo, se puede pasar de una a otra cosa como las ventanas del teléfono con el pulgar.

Al mercado le convenía tomar el Día de Muertos, adaptarlo y difundirlo no sólo en todo México sino también en el extranjero.Estrictamente hablando, siempre ha sido una tradición fuerte sólo en algunos estados del centro y el sur del país. Si se tomaba como algo nacional, era sólo por el centralismo educativo, que lo imponía como fecha en todo el territorio. En occidente o el norte recientemente ha tenido un fortalecimiento, porque ya incluye desfiles, disfraces y cierta aura cultural o intelectual que atrae también a la clase media.

El Día de Muertos se ha convertido en un vector que potencia la venta de bienes y servicios, favorece sobre todo al mercado, con el movimiento infinidad de artículos. A esto se le puede ver con buenos ojos, pero ¿no implica todo esto uniformar las conductas en pautas de consumo?

El liberal se escandaliza cuando una ideología o un gobierno intentan anular la “individualidad” o la pluralidad. Pero eso mismo exige el mercado para el consumo simultáneo de masas. Ahí no ve atentados contra la libertad, sino un éxito económico. Le indigna toda señal de que el Estado, un partido o una ideología pretendan imponer comportamientos. Y no le preocupa que los imperativos del mercado necesiten lo mismo para activar el consumo.

El dominio político de una ideología en el Estado es externo. A pesar del adoctrinamiento, siempre queda un resto importante de disidencia, por lo menos en el nivel de la conciencia. La represión es real, sobre el cuerpo, con la censura, el encarcelamiento, el aislamiento o la muerte. Pero no logra nunca eliminar la objeción interna.

En cambio, en las sociedades de masas capitalistas se uniforma la conducta de los individuos de acuerdo con los requerimientos del mercado. Ven los mismos espectáculos deportivos, anhelan los mismos productos y los consumen en las mismas fechas y a un mismo ritmo. Hay un calendario en el que se espera un consumo generalizado. Como en la Navidad o el “Buen Fin” puede prepararse y preverse la conducta de millones.

Y (esto es lo diferente) no existe una objeción interna o de conciencia. Al contrario, el individuo lo hace con gusto, incluso llegaría a frustrarse si no puede participar en el consumo, por lo que llega a endeudarse o a cometer actos delictivos. Trabaja y vive para ello. No ver en eso una forma más desarrollada de dominio sería miope, una negación favorable a un sistema que penetra tan profundo en el oprimido que lo moldea desde dentro según sus imperativos.

El capitalista defenderá hasta la muerte la libertad de consumir. Y atacará con fiereza todo proceso de liberación que amenace su sistema. Lo tachará de “autoritario”, de enemigo de la libertad, de ideología perniciosa que aniquila la individualidad, ésa misma que él necesita diluida en la masa consumista. En suma, el Día de Muertos está muerto, lo mató la posmodernidad.

Foto de portada: IzquierdaMx